La inyección

Esmeralda, escucha lo que te voy a decir que es muy importante, se pone el padre de la Esme con su puro bien encajado entre los labios.

Pero ¿tú te crees que te puedo oír con el jaleo que tenemos aquí montado? Debe de ser la edad pero cada vez me molesta más el ruido, contesta la Esme.

Sí que había lío, sí, porque está montada la feria del libro en el parque y cada cinco minutos anuncian por megafonía el nombre de algún escritor. Además del gentío paseándose bajo el sol, patinadores, familias al completo,  ciclistas, payasos, titiriteros,músicos callejeros, los escritores cociéndose dentro de las casetas y los que no son escritores pero firman libros igual o más que si lo fueran porque son famosos de la tele, cociéndose también.

A mí no me molesta el ruido, como no lo oigo…qué pena estar sordo y ciego, dice el señor Juan succionando puro a modo de consuelo.

Bueeno. Bueeeno, ya salió la Helen Keller, que oyes mal y ves poco pero nada más, lo normal a tu edad.

Cuando seas vieja entenderás de lo que te hablo y pensarás, cuánta razón tenía mi padre, era un pozo de sabiduría pero yo nunca quise beber de él. Eso pensarás pero ahora escucha bien lo que tengo que decirte. Presta atención.

Ya verás, me dice la Esme dándome un codazo, ya verás como sale con lo de la inyección.

Que en cuanto veas que me pongo un poco tonto, que se me empiezan a olvidar cosas o si me pongo malo y ya no me puedo valer y soy una carga para ti y tus hermanas, que me pongas la inyección esa que les ponen a los perros.  Te pasas por el veterinario y que te la dé, le cuentas que tienes en casa un perro viejo que está sufriendo y se te apiada. De los perros todos se apiadan, de los hombres ya no tanto, Les entra la mania de salvarte la vida que ya tienes perdida y  te meten gomas, tubos, te medican, te alimentan aunque no tengas hambre, te hidratan aunque no tengas sed y no te dejan espicharla en paz. De tus hermanas no me fío que son muy cagetas pero de ti sí. Me la pones. ¿Te has enterado bien?

Perfectamente, suelta la Esme dándole meneos rabiosos al abanico. Que quieres que te mate. No hay problema. Me cruzo ahora mismo a la clínica veterinaria de enfrente y la compro ya. Que te pones muy pesado, te la pongo. Que sigues fumándote el puro dentro del quiosco aunque te he dicho mil veces que no lo hagas, te la pongo también.

Qué burra eres, hija mía, no es eso, quiero que me des una muerte digna cuando llegue el momento y nada de residencias, al Adalvir ese que anuncian por la radio que vaya el padre del que lo fundó. ¿Has oído el anuncio del que hablo, Eva?, me pregunta mirando a la Esme de reojo y apagando el puro. Creo que le estaba entrando miedo.

Me suena, es uno de una residencia de ancianos.

Ese, ese, el de la señora que dice “ni contigo ni con tu hermano, me quedo en Adalvir”. Pa mear y no echar gota. Me pongo malo solo de oírlo.

¿Qué dices de que te has puesto malo?, salta la Esme deteniendo su abanico en seco.

Mayra Gómez Kemp firma su libro de memorias “Hasta aquí puedo leer” en la caseta 170, anuncia la voz megafónica.

Me voy a ver lo vieja que se ha puesto, anuncia la Esme y sale del quiosco penando por avanzar entre la marea humana.

Esmeralda, que todavía no, que me encuentro en mis cabales y de salud nada más que la tos de las mañanas pero estoy como un toro, se pone a gritar el Juan.

Tranquilo, señor Juan, si la Esme no ha ido a por la inyección, está ahí,  debajo de la Paulonia Tormentosa cogiendo fuerzas para llegar indemne a su destino.

Ah, calla, es verdad, ya la veo. Tardará un rato entre que va y vuelve, ¿verdad? Pues me voy a encender otra vez el puro. ¿Te he contado alguna vez que de pequeño, cuando la guerra, comimos pata de caballo con la pezuña y todo? La metimos en un barreño par ablandarla y nos pusimos toda la chiquillería a darle masajes para hacer cecina. ¿Te gusta la cecina?

De comer me gusta casi todo, señor Juan.

Eres de las buenas. Oye, te veo valiente, y ¿si te encargo a ti  lo de la inyección? Te pasas por el veterinario, le dices que tienes un perro viejo que está sufriendo y…

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23 comentarios en “La inyección

    1. Jajaja, también hay algún escritor pero predomina el “ser firmante”. Me ha gustado la definición. En cuanto al apocalipsis a veces me parece que ha llegado ya.

  1. yo opino como Juan, en cuanto no me pueda valer inyección al canto. De hecho ya tengo firmado el testimonio vital en el que NO autorizas a que te alarguen la vida cuando no exista ninguna posibilidad de tener algo de calidad.

  2. La verdad es que se debería tener derecho a un “buen morir”. A veces pienso que mantener a alguien con vida a toda costa no es tanto por piedad sino por egoísmo. No queremos dejar partir a un ser querido para no sufrir nosotros, y ahí lo mantenemos.
    El Señor Juan me ha recordado un poco a mi tío. Cada vez que pregunto “¿qué tal?” me responde “viejo y jodido”. Jajajaja. Es un personaje.

    Besotes!!!

  3. Entrañable, Eva, yo estoy del lado de él aunque no quiero ni oír hablar de eso de la inyección ni de nada parecido.
    Feliz noche

  4. Jaaaaaa….Ahora si que me mataste, mi Eva. ¡Qué señor tan gracioso! Bueno, la graciosa eres tu, como lo cuentas. Vamos a ver a quien le encarga por fin la inyección…

  5. Estas situaciones que recreas son maravillosas. El análisis de la realidad desde el absurdo y la sátira; si me permites hasta te comparo con Miguel Mihura, un maestro de la crítica social a través del humor en ocasiones agrio.
    ¡Olé por el señor Juan!

    1. Muchas gracias, Natalia. Me agrada mucho la comparación. No estoy muy puesta en Mihura pero todo lo que sea humor y absurdo me atrae mucho así que tendré que leerlo. Me sumo a tus oles por el señor Juan.

  6. Jajaja, pues no te faltaba a ti otra cosa! Lo bueno de leer tus post de 5 en 5 (semana complicada) es que con unos lloro pero con otros me parto de risa. Mil besicos!

  7. Los defensores de la vida, así en general, se muestran más comprensivos cuando se trata de los perros. Los pro vida consideran la vida humana sagrada, excepto en las guerras, claro.

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