Día: 8 junio, 2015

Sora abandonada en un parque

A primera hora de la mañana, plaf, Sora cayó sobre el estanque de los patos formando círculos concéntricos. Era grande, demasiado grande y olorosa para vivir en un piso pequeño. Aquí estarás bien, dijo la mujer que acababa de lanzarla sin demasiadas contemplaciones. Se dio media vuelta y se alejó trotando con sus zapatillas de trotar por el camino de los trotadores.

Los patos del estanque salieron de su letargo, deshicieron su postura de bola, estiraron los cuellos plegados, desentumecieron sus patas y se acercaron creyendo que un voluminoso desayuno había caído del cielo.

Pero, ¿qué porquería era esa?, mucho peor que las patatas sabor barbacoa que les tiraban los niños por las tardes. Dura, de un color gris poco apetecible y nada sabrosa. El supuesto desayuno sabía nadar y parecía contener algo dentro, algo pequeño que sobresalía de vez en cuando y volvía a esconderse luego. Lo hubieran investigado pero por detrás del puente vieron llegar a las viejas de los moños con su verdadero desayuno y se alejaron moviendo con alegría sus colas de plumas.

Sora aprovechó para salir de ese lugar tan poco seguro, mejor el amplio verde donde podría comer hierba, tomar el sol y llorar un ratito. Iba a soltar la primera lágrima cuando la, al parecer,  dueña de todo aquello bajó veloz de la punta de un chopo y graznó rabiosa, ¿quién se atrevía a pisotear su territorio?

Tres certeros picotazos hicieron retumbar su caparazón. Hubiera querido correr pero como no sabía tuvo que huír muy lentamente, acosada por delante y por detrás por la agresiva de los saltitos, hasta que alcanzó un camino de tierra. Desde lo alto del chopo la urraca se atusó la cola, satisfecha. Habrase visto la tiparraca esa…le dijo al mirlo. El otro trinó para no variar, de ahí no le sacabas.

Sora se escondió debajo de un banco dispuesta, allí sí, a llorar y llorar. Un malicioso gato la observaba con felina cautela desde el banco de enfrente. Tal vez podría afilarse las uñas con eso que tenía por encima o morderle el cogote o…o nada, siempre tenía que venir a alguien a fastidiar sus juegos, ese parque estaba lleno de gente inoportuna.

Una tortuga, gritó la niña, aplaudiendo y saltando a la vez, es preciosa, por favor, por favor, nos la llevamos,  nunca he tenido mascota, dijiste que podía, papi, lo dijiste, papito.

Te quiero, eres guapísima, dormirás en mi cama, te pondré un nombre, te daré helados, jugarás conmigo a la consola y si quieres hacer pis me avisas, oyó decir a la chiflada con coletas mientras viajaba  dando botes aterrorizados, secuestrada en el interior de una mochila rosa.

(Cuaderno de doña Marga)