Día: 9 junio, 2015

Meditar y otras hazañas

Como ya he contado varias veces en este blog sin miedo a repetirme o con miedo pero repitiéndome igual, quiero ser una persona culta a la manera de mi jefa, una persona fina y educada, con costumbres bonitas que me pulan y me eleven. A veces me resulta muy fácil, es como si a mí me saliera de natural lo que a ella le cuesta trabajo, pero otras, las circunstancias, esas señoras tan desagradables, se me ponen en contra.

Para centrar el tema, pongamos que hablo de meditación, a la que tan aficionada es mi jefa. Ayer, sin necesidad de retroceder más en el tiempo, andaba yo eslomándome con el aspirosaurio rex cuando visualizo a la Patricia encima de unos mullidos almohadones y en la posición del loto. Digo, huy perdona, si quieres dejo la aspiradora para luego y así no hago ruido. Tenía yo la esperanza de que me dijera que sí pero me dijo que no y con una explicación y todo. No, no, se me pone, si es que estoy haciendo la meditación del silencio. Pues por eso mismo, le digo yo. No, me explica ella muy didáctica, es que es un tipo de meditación que consiste en que haya ruidos alrededor, concentrarse en ellos y dejarlos pasar, que no nos molesten ni alteren.

Pues si eso es lo que hago yo todas las mañanas cuando abro la ventana para ventilar y hacer la cama. Lo mismito. Hoy, por ejemplo, me llega, vía aérea, nada más abrir, el ruido de un taladro destructor, la canción qué cara más bonita tiene esa niña, que cara más bonita y a mí me va, que te levantes ya o te crujo, Pablo, gritado con esa violencia de la que sólo las madres son capaces y el llanto inconsable de un bebé sometido al método Estivill. He meditado en profundidad sin alterarme lo más mínimo, aunque sin posición de loto de por medio por falta de tiempo y de flexibilidad. ¿Supero o no supero a mi jefa en artes meditativas?, para mí que sí.

Lo de la cultura literaria ya es otro cantar pero es que no siempre las señoras circunstancias me son propicias. No es fácil concentrase en la lectura cuando tienes a tu compañera de piso, la Noemi para más señas, dando unos saltos muy raros encima de un armatoste y agitando los brazos como si se ahogara en medio del mar.

¿Eso te va a sentar bien, Noe?

Sube tú también que estoy haciendo step, cabemos las dos, te dejo un hueco.

Me acerco, no para saltar sino para ver el espectáculo desde  primera línea de sofá, cuando compruebo que el tochaco que se ha agenciado como escalón y sobre el que sube y baja plena de energía es un libro de la Patricia, el que trato de leerme con mucho esfuerzo, nada menos que la Montaña Mágica de Thomas Mann.

Bájate ahora mismo de ese libro, le digo, que es un ochomil de la literatura. Vas a aplastar al pobre Hans Castorp y bastante tiene él con pillar la tuberculosis aunque si pisas un poco al Settembrini tampoco me importaría mucho. Es uno que no calla en todo el libro.

Pues mejor me lo pones, me contesta ella plantando la huella de sus zapatillas sobre la portada, montañas más altas he subido. Y uno y dos y sube la cadera, brazos arriba, rodilla palante y tres y cuatro. Vámonos, y sube y baja y arriba y venga…

Lo que os digo, las circunstancias no me son siempre propicias.

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