Me gusta, no me gusta

Nos sentamos fuera, en la mesa que eligió ella, justo al borde de la acera. No me gustan esas mesas tan al borde pero no dije nada para no empezar sacando pegas, hacía mucho que no nos veíamos. Pensé: me da igual estar tan al borde. Eso pensé pero cuando pasó el primer autobús casi rozándonos me di cuenta de que de igual, nada. Aún así, me callé y di un trago a la cerveza.

Ella no se calló. Dijo: odio el té. Y el orégano. Las dos cosas. Las odio.

Lo dijo con el mismo tono con el que uno diría odio las guerras y la desigualdad, pero sustituyendo guerras y desigualdad por té y orégano. No supe qué contestar y al principio no contesté nada pero por no parecer descortés dije al rato: yo a veces me preparo para cenar tomate y queso con un poco de orégano por encima, nada, una pizca.

No, nunca. Lo odio. Qué asco. Nada de orégano. Lo aborrezco. Nada de té. Y se encendió un cigarro con rabia. Como si yo hubiera sido la inventora del orégano, la introductora del té en la civilización occidental, como si la hubiera obligado a tomar muchas tazas de té espolvoreadas de orégano. Y no, yo no había dicho nada, mucho menos hecho, ella había inicado  esa conversación o esa declaración de principios o ese lo que fuera.

Me sentí incómoda y para aumentar la incomodidad, justo en ese momento, pasó un segundo autobús y los vasos se movieron. Por fastidiar dije con mucha suavidad, haciendo que las palabras se deslizaran maliciosas: algunas tardes tomo té con limón y dos de azúcar.

Ella lanzó el humo hacia arriba, hacia el toldo, y luego me miró con cara de enfado pero no mencionó el té. A cambio, atacando por otro frente, dijo: odio el invierno, el frío, la falta de luz. Tú no, a ti te gusta.

Pues no, contesté defendiéndome aunque no sabía exactamente de qué tenía que defenderme, que no me guste el calor no quiere decir que me guste el frio.

Entonces no te gusta nada. Aplastó el cigarro contra el cenicero restregándolo hacia los lados y me miró triunfal, riéndose. Había decidido dividir el mundo en preferencias buenas y malas y ella se había colocado en el bando de los justos, de los acertados, empujándome a mí hacia el otro.

Le pongo orégano al té, me hago tés de orégano todos los días, le grité provocadora. Se lo grité para que me oyera porque vi que se acercaba el tercer autobús. Me parece que dijo buah o puede que puaj, no estoy segura, y se encendió otro cigarro mientras yo, como una tonta, sujetaba los vasos.

(Cuaderno de doña Marga)

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19 comentarios en “Me gusta, no me gusta

  1. Yo creo que unas cuantas infusiones de té y varias pizzas con mucho, mucho orégano, le iban a mejorar bastante el carácter.
    Vaya paciencia la de Doña Marga!!!
    Besetes de lunes, Eva…

  2. ¡Qué bárbaro!, prefiero el autobús como animal de compañía. En fin, conmigo no tienes ese problema porque, me gusta, me gusta, me gusta (el post, que el te con orégano aún no lo probé, a ver si tal)

  3. Cruel ejemplo, Eva … muy real y en B/N. Siempre imagino así estas historias, sin color. Probaré el te con orégano … si puedo.
    Feliz noche sufrida, valiente y paciente, empleada doméstica.

  4. Las cervezas mejor compartirlas con alguien a quien le sea indiferente lo que te guste o no te guste.
    Qué mas da orégano, albahaca…té, café….con lo bonitas que son las sonrisas carentes de juicios!!

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