Día: 16 junio, 2015

Qué ignominia, hijos míos

A mí tampoco me gusta el té, el orégano sí pero, vamos, que no entiendo ciertos relatos y mucho menos entiendo esa ideíta del club de fans. Hombre, si me queréis hacer uno y, de paso, financiar la publicación de mi novela escrita en una tarde, en la que está contenida el mundo entero, eso ya es otro cantar de los cantares.

Porque en la, por el momento llamada “novela de  Esme”, hay de todo. Le he metido amor, muerte, drogas, sexo, humor, poesía, prosa, fauna, flora ¿Qué más le he metido que ahora no me acuerdo? Ah, sí, calla, paso del tiempo, de eso hay en abundancia, y  también canciones y alguna receta de cocina.  Está pero que muy bien.

El Hipólito, que la ha leído porque si no la lee se arriesga a una muerte cruel y lenta, dice que es un poco engrudo y que se te queda como a medio esófago, pero qué sabrá él de novelas totales. Él sabe de calles de Madrid que para eso es taxista, de programación radiofónica que para eso tambien es taxista,  y de avistar aves los fines de semana que para eso es avistador de aves de fines de semana, pero de novelas y mucho menos totales, no tiene ni pajolera. Sólo me falta el título pero eso es lo de menos porque si la novela me la zanjé en una tarde, pues el título en cinco minutos lo despacho.

El caso es que no era de esto de lo que quería hablar pero antes de ponerme a escribir me he dado una vuelta por el blog este en el que tan generosamente colaboro, he visto lo de vuestro amor y pasión totalmente injustificado por los cuadernos y, o digo algo o rabio. ¿Envidiosa yo? Pues mira, sí, te lo voy a reconocer ya y acabamos antes. Mucho y desde siempre. Tengo ese pecado capital y algún otro, también. No soy como esas que cuando les preguntan, ¿cuál es tu mayor defecto? Contestan haciéndose las sinceras: soy demasiado generosa. Y se quedan tan anchas. A ver, tontarraca, que eso no es un defecto, di que eres mentirosa o ladrona o envidiosa, como yo. Eso ya sí.

La frase de la que quería hablar es esta: cierra la puerta. Está en imperativo y es la que continuamente oigo en mi casa de boca de mis Paquirrines. Explico el contexto para que se entienda mejor: en mi eterno deambular por el hogar recogiendo prendas del suelo, recolocando objetos descolocados, llevando y trayendo ropas y todo eso tan inútil como efímero, entro y salgo de los cuartos, no me queda más remedio, y allí es dónde están ellos cómodamente aposentados frente a sus ordenadores. Nada más intuir mi presencia porque verme no me ven y oírme tampoco a causa de los auriculares que taponan sus oídos -debe de ser que me huelen- una voz ventrílocua proveniente de sus, gracias a mí,  bien alimentados estómagos, ordena:  cierra la puerta. O bien, para ahorrarse una palabra: cierra. Pero, ¿cómo voy a cerrar si todavía estoy dentro?

Porque esto no te lo dicen cuando ya has salido de sus habitáculos si no cuando todavía te encuentras en su interior y no es porque quieran que te encierres con ellos,no, lo que quieren es que salgas cuanto antes y les dejes en paz. Os parecerá una tontería pero hay días en los que “cierra la puerta” o simplemente, cierra, es la única frase que me entregan a modo de dádiva.

Ah, pues mira, ¿y si titulo la novela total Cierra la puerta? No sé si es una mierda de título pero tiene su simbolismo y su sentido profundo, el de la incomunicación humana, el aislamiento, la soledad, el ostracismo, la ignominia. Esta última palabra es que me gusta y no encontraba el momento de usarla. Lo acabo de encontrar ahora, la vida siempre te ofrece oportunidades para hacer uso del lenguaje y hasta abuso. Otro día voy con oprobio que también me tienta pero hoy…

Qué ignominia, hijos míos, qué ignominia.

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