Mes: julio 2015

El sueño de una madre de verano

El sueño de una madre de verano no es visitar las cataratas del Niagara ni el Taj Majal, ese sueño ya lo tuvo anteriormente cuando no era madre y que se cumpliera o no es otra cuestión que no interesa a esta historia.

 El sueño de una madre de verano tampoco es ir a la playa con sus seres queridos a lucir su cuerpo de madre de verano mientras pasea por la orilla y las olas remojan sus pies. Ese sí que lo ha cumplido año tras año y os puede decir que, como casi todos los sueños cumplidos, no es para tanto. Ni un crucero por el Báltico ni conocer las pirámides egipcias ni hacerse el Camino de Santiago. Ninguno de esos sueños tiene la madre de verano.

 El sueño de una madre vaga de verano es tener el pasillo para ella sola y recorrerlo de arriba a abajo y de abajo arriba, enseguida se llega al final,y empezar de nuevo hasta que se canse. Y cansarse y cuando eso suceda tumbarse en el sofá, un sofá para ella sola, con todo el calor para ella sola también, el ventilador en los pies y el aire solo a ratos, sale caro. Sobre la mesa un montoncito de libros para ir picoteando: ahora tú, ahora tú y ahora ninguno porque la madre de verano sueña con mirar largamente al techo. Ahí, donde está el desconchón que habría que haber pintado pero se fue dejando pasar y ya será otro año. Larga vida al desconchón.

El sueño de una egoista madre de verano es contemplar la boca de sorpresa de la lavadora y no tener que alimentarla, mirar la placa de la cocina lisa y desnuda sin ningún cacharro encima, solo una leve capa de polvo cubriéndola con delicadeza. Comer poco, comer frío, comer, por fin, cualquier cosa puesta en una bandeja sobre las rodillas desnudas, porque es verano y esto es un sueño donde la alimentación no tiene importancia y no existen las visitas aceleradas a los súper ni a los híper.

Y bailar y saltar sin que nadie le diga estás ridícula ni tener que oir de fondo de sus días el juego del Lol ni la música heavy ni ninguna otra música salvo la que ella quiera poner,  que a lo mejor no quiere poner ninguna. Tener mucho silencio a su disposición, tanto que la llegue a inquietar y la incomode por falta de costumbre. Ser muy ordenada o todo lo contrario, levantarse muy temprano o todo lo contrario, no saber qué hacer con todo un largo de día de verano por delante, desperdiciarlo un poco, aburrirse a ratos, arrepentirse de su deserción a ratos, alegrarse a ratos también.

Por tonto y por simple es un sueño muy difícil de cumplir, así que se ha puesto a hacer el equipaje     pensando en él pero no puede recrearse demasiado porque incansables voces interrumpen sus simples, vagas y egoístas fantasías de madre de verano para preguntar: dónde está esto, dónde has puesto lo otro. Y de un zarpazo ella lo encuentra y sigue soñando.

(Cuaderno de doña Marga) , dedicado a Esmeralda y otras madres vagas , simples y egoístas de verano.

Vacíos

Me gustan los espacios en blanco entre palabra y palabra, los huecos del interior de las letras, el resquicio que separa una letra de otra, necesario para que respiren y no se ahogen sepultadas entre la de delante y la de detrás.

Me gustan esas nadas dentro del texto, la separación entre líneas, la más grande entre párrafos, el margen de la derecha y el de la izquierda, la cabecera y el pie de página. Su silencio, su calma blanca para descansar y seguir luego leyendo. Su capacidad para dar sentido a todo sin ser nada, para dar forma no teniéndola, para ordenar y estructurar sin actuar.

El vacío, el no ser, la anti materia,  todo eso me gusta por contraposición a mí. O porque me recuerda algo que tal vez fui y seguro seré cuando ya no sea. Algo útil en su aparente inutilidad.

( Cuaderno de doña Marga)

El Pelágico

Hoy me ha tocado ponerme con las maletas en casa de mi jefa, con la suya, con la del Pelayo y con la del niño. La Patricia se altera mucho con todo lo que sean traslaciones o movimientos, de tierras o de cualquier otra cosa, y pierde toda la calma del aquí y el ahora que tanto ha estado practicando. Como no tiene a la Darling que la guíe con las respiraciones profundas y las concentraciones máximas pues pierde el rumbo. Si a eso le añades que está embarazada, con las molestias que ese estado acarrea , pues ya tienes la tormenta perfecta.

Total, que cuando ya íbamos por la segunda maleta, la del Pelayo, ella con una lista en la mano de la que iba tachando lo que metíamos, es muy organizada, y el Jacobín sacando lo que acabábamos de guardar con gran contentamiento, es muy caótico, la Patri ha estallado en llanto. Se dice así a lo que ha pasado porque no es que se haya puesto a llorar o a soltar unas lagrimillas nerviosas, no, es que ha sido un estallido como cuando después de un día pesado y bochornso se presenta una tormenta con toda su parafernalia de truenos, rayos y granizos como pedruscos.

 Huy, madre, no sabía yo cómo consolarla y sujetar a la vez al niño en plena euforia destroza equipajes. Ha sido un momento de máxima tensión. Al Jacobín le he puesto sus dibujos-droga para ensimismarle y a la madre del mismo le he sacado un tema de conversación al azar con el fin de distraerla. Como he visto que en una de las camisas del Pelayo llevaba sus inciales bordadas, digo, P de Pelayo, claro y Pelayo, ¿de dónde procede ese nombre, de don Pelayo el rey Astur? Pensaba que iba a recibir una lección de historia pero no, de historia no ha sido.

Pelayo, se pone ella sonándose los mocos, viene del griego pelagius, quiere decir marino, el que fluye como el mar, el poderoso como las olas, el tempestuoso.

Para tempestades las tuyas, he pensado yo, que al Pelayo lo veo más bien templado, claro que tampoco lo conozco tanto por no decir que no lo conozco nada. A lo mejor estos días que vamos a convivir más ya  puedo ir calando su personalidad y su idiosincrasia.

Por eso a la niña le vamos a llamar Morgana, comparte significado semántico, quiere decir nacida del mar, me ha explicado después refrotándose los ojos, ya más serena.

Pues qué bien, qué pelágico todo, he dicho yo por decir algo mientras volvía a guardar las camisas de iniciales y los polos marineros (pelágicos también) en la maleta. Entonces ella ha soltado una carcajada desconcertante, se ha recogido su larga melena rubia en una coleta y tras sonarse de nuevo los mocos, ha regresado a su estado meditativo obnubilado habitual concentrándose en el punto medio de la maleta.

Me he puesto yo también a mirar a ese punto por si hubiera algo allí de especial interés que se me estaba escapando, pero lo único que he visto es el logotipo de esa marca de ropa en la que sale un caballo y alguien montado encima con un palo, no me acuerdo del nombre, cómo se llamaba esa marca, cómo se llamaba, estaba intentando averiguar con mucho estrujamiento neuronal.

Espabila, Eva, me ha dicho la tempestuosa madre de la futura Morgana, te estás quedando dormida de pie, y es lo único que me faltaba.

Pero si  estaba meditando como tú, iba a defenderme, pero me he callado, creo que a tiempo.

Aquí no se queda ni el Apus

Se va Vicente, el frutero, a la Sierra de Cazorla, me lo dijo ayer mientras me vendía los melocotones. Se va Adelina, la panadera, a Lisboa y alrededores, se va Eva a una isla ignota, con su jefa y a trabajar, pero el caso es que se va. Se van mis hermanas con sus niños y mi padre al apartamento de la playa (esto no me da tanta envidia), se va mi vecina Mariu a hacerse un circuito por los castillos del Loira, fastídiate. Aquí no se queda nadie, un quiosco desolado en mitad del páramo con una mujer dentro. Esa mujer soy yo, qué desgraciaíta me siento,  hasta el Apus se ha largado.

¿Que no sabes quién es ese? El vencejo, ese pájaro que no se posa nunca en el suelo y que llena de follón el cielo con sus griteríos desde abril hasta finales de julio, más o menos. Ya llevo días echándoles de menos. Me quedo muy sola aunque, mira tú por dónde, hay algunos que tampoco se van, querrán hacerme compañía. Mis hijos, por ejemplo. Ahí los he dejado, dormidos. Cuando eran pequeños decía dormiditos, ahora digo dormidos con sequedad. Con la de botellones playeros disfrazados de festivales que hay por toda la costa española y, nada, que a estos dos les ha dado por apalancarse en casa con sus horarios a contrapelo, su desorden permanente y sus músicas estridentes a destiempo.

Ya sé que no está bien desear un botellón a tus propios hijos ni mucho menos proponérselo, pero, qué quieres, la necesidad de paz es lo que tiene, no es politicamente correcta. Anda, mira, otra que tampoco se ha ido, la Angelina Jolines, por ahí se me acerca con la vista puesta en la banqueta. Mierda, ya no me da tiempo a esconderla ni a colgar el cartel de cerrado por vacaciones o por defunción o por lo que sea.

 Jolines, Esmeralda, qué calorías tenemos ya hoy, vengo derrengá, ¿me darías un refresquito? Creo que me ha dado el golpe de calor ese tan malo que anuncian por la tele. ¿Por dónde te iba contando? ah sí, la larga enfermedad y posterior defunción de mi Paco. Le detectaron el tumor maligno en febrero. Me acuerdo porque, jolines, hacía ese ventarrón helado típico del mes….

Pájaro sin pies, llévame contigo hasta África, élevame por los cielos Apus apus chillón, préstame tus potentes alas, no permitas que me pose sobre el suelo, he nacido para volar y hay días que no puedo con la vida a ras de tierra.

Mi respuesta es sí

Me ha dicho la Patri que si quiero irme con ellos a la playa unos días del mes de agosto, en avión porque vamos a una isla, y a un hotel de lujos.  Dicho así no suena mal, nunca me he subido a un avión, soy así de palurda y poco viajada, tampoco he estado nunca en un hotel con lujos, ¿cómo será eso? Lo único que voy a tener que hacer es cuidar del Jacobín mientras ellos, la Patricia y el Pelayo, se recrean, cada uno en su estilo.

Que le de la respuesta mañana que lo tiene que saber de urgencia máxima. Me estoy haciendo un poco la interesante como si tuviera que sopesar muchas alternativas pero en realidad solo tengo dos: o quedarme en el piso achicharrante de Madrid con la Noe que no tiene vacaciones porque entre los chinos no se estila el descanso o marcharme un mes entero al pueblo a casa de mis padres.

La Noe me presiona para que me quede con ella, dice que el trampantojo de mares tropicales que ha pintado en la pared de enfrente del sofá refresca bastante y que si te sitúas en el lugar correcto hasta puedes oír el mar. Se refiere a colocarse justo pegada a la bajante porque la cisterna del vecino, parece que no, pero cierto sonido marino sí que tiene. Ahora, refrescar no refresca nada, tienes la misma chicharrera si lo miras como si cierras los ojos. Lo he probado y no he dejado de sudar ni mirando ni sin mirar.

Mi madre también me presiona para que vaya al pueblo con ellos, dice que me voy a perder, además de las fiestas patronales con sus petardos y su verbena,  el crecimiento y evolución de mi sobrina Ariadne Manuela. Eso es verdad pero es que en el pueblo está el Toni y ese también aguarda una respuesta. Que yo sepa no me ha hecho ninguna pregunta pero, aún así, espera una decisión mía. No se me da bien decidir, cuantas más vueltas les doy a las cosas, más me lío y , al final, actúo por impulso y casi siempre en la dirección equivocada.

Total, que aunque no se me da bien decidir, he decidido, probablemente en la dirección equivocada, que me voy con la Patricia, así subo a un avión, veo el mar y además cobro. Son tres ventajas juntas, los inconvenientes ocultos ya los iré descubriendo por el camino. Mañana, cuando llegue a trabajar le diré con cara de circunstancias: Patricia, la respuesta es sí. Como si me hubiera pasado el día entero y parte de la noche reflexionado.

He ido a decírselo a la Esme para que no cuente conmigo en su nuevo emprendimiento como terapeutisa. Ni caso me ha hecho, dice que está harta de que la gente le hable de sus desplazamientos agosteños, que es un tema que le aburre de la muerte. Yo creo que está mosqueada porque de momento no se va y porque no consigue sacar del diván a la señora mayor ( ella dice vieja) que cazó el otro día. Se ve que a la mujer le ha gustado eso de estar sentada a la sombra narrando su vida a alguien que escucha o pone cara de que lo hace.

La infancia ya se la ha contado toda, la adolescencia también, va por la mediana edad. La Esme ya le ha advertido que eso es una consulta y que al final le tiene que pagar sus honorarios. Pero la Angelina, tal es su nombre, se ríe y se lleva una mano a la sien haciendo el gesto del tornillo dirigido a la Esme. Pagar por sentarme en una banqueta sin respaldo a pegar la hebra… Jolín, dónde se ha visto, a quién se le diga, qué afán recaudatorio, se pone ella.

La terapeutisa

No sé si la Patricia ha logrado su objetivo de desconectarse de lo virtual porque nada más llegar a Madrid se ha tirado como una loca a su ordenador sin deshacer las maletas ni nada. Claro, como las maletas se las deshago yo, puede entregarse al vicio sin cortapisas. A mí me ha costado un poco más y cuando por fin he podido sentarme un ratillo ante la entrada en blanco del blog digo, ¿y ahora de qué hablo? Ya no tengo ganas de hablar, no le veo el sentido, he perdido el hilo de mis propias peripecias, qué me importa si me leen o no. Echo de menos la piedra, el monte, el cielo, el río. Un síndrome de Estocolmo en toda regla.

Total, que para despejarme me he marchado a visitar a la Esme y lo que me encontrado allí, además de con la mencionada, me ha dado el tema del que carecía. Hallábase la Esmeralda ataviada con una bata blanca por encima de la ropa, se había subido a un taburete y estaba pegando con cello en la parte delantera del quiosco un cartel bastante cutre en el que se leía una frase que decía algo de éxito o aprendizaje.

Digo, pero, Esme, ¿qué haces?, te vas a caer, el taburete ese se menea que no veas.

Es que es de los chinos y no han invertido en estabilidad, pero me arriesgo. ¿Qué te parece mi consulta?, se me pone señalándome el quiosco de siempre.

Muy bien, le digo, ¿te queda algún cornete de chocolate? Tengo antojo. Pues se ha enfadado. Que si solo pienso en comer, que si ella está iniciando un nuevo emprendimiento y necesita apoyo de las amigas, que si no leo lo que ella ha escrito porque entonces sabría de qué me habla y un montón de reproches más. Entonces me ha explicado que se ha puesto de terapeutisa, que es una mezcla entre terapeuta y pitonisa, su profesión ancestral.

Te apoyo, Esmeralda, te apoyo, le he dicho chupeteando mi cornete aunque no entiendo muy bien en qué consiste. Pero entonces se ha acercado una mujer de esas que corren con mucha sofoquina y que dícense llamar runners y le ha pedido una botella de agua.

Dime, guapa, le salta la Esme aclarándose la garganta, ¿qué problema te aqueja que tienes la necesidad de correr con este calor? Mira que a las dificultades hay que mirarlas de frente y que huir hacia delante nunca ha sido, es ni será buena táctica. Me llamo Esmeralda y puedo ayudarte. Túmbate en este diván, le dice señalándole la banqueta coja de los chinos, y háblame de tu infancia.

¿Me estás vacilando?, se le pone la otra, porque no tengo el cuerpo para tonterías y ha salido corriendo en pos de otro quiosco con agua y  sin terapeutisa dentro.

Será gilipollas, ha mascullado Esmeralda, así se lesione. Bueno, ya vendrá otro, los comienzos siempre son difíciles, hay que perseverar, no soy de las que se dan por vencidas a la primera de cambio, ¿verdad que no, Eva? Si quieres te hago a ti la terapia y así voy perfeccionado mis técnicas sanadoras. Túmbate ahí, me ordena señalando de nuevo el  precario taburete.

Querras decir que me siente.

Claro, hija, no se puede ser tan realista. Te sientas pero te imaginas que estás tumbada y ahora háblame de lo primero que se te ocurra.

Pues mira, que la Patricia me ha tenido secuestrada y sometida a un régimen muy severo de ayuno y abstinencia digital. Tanto es así que a la vuelta no sabía de qué escribir y daba el blog por muerto. Pero luego ya, al verte, se me ha ido ocurriendo alguna que otra cosilla.

Quita, me aparta de un empujón, que viene una vieja. A esta la cazo pero bien cazada y se  ha puesto a sonreírle con una cara muy falsa hasta que ha conseguido tumbarla, es un decir, y hacerle hablar.

Pero qué terapeutisa está hecha.

Una simple cortina

Cuando Sofía está triste, los pajaritos de las cortinas de su cuarto bajan las alas, agachan la cabeza, esconden el pico entre la tela, se hacen bola sobre los pliegues y ya no parecen pajaritos. Son manchas feas y descoloridas. Las flores que los acompañan se mustian y deshojan. Sofía pisa con sus pies descalzos algún pétalo caído sobre el suelo y se agarra a la cortina de pájaros alicaídos y flores ajadas para mirar un trocito de calle que se estira fuera, cuesta arriba, desganada ella también. Una tira gris.

Cuando Sofia está contenta, los pajaritos de colores azules, rojizos, morados, amarillos y verdes, baten sus alas con fuerza, con tanta fuerza que logran mover la cortina como si ella misma fuera a volar, alzan los picos hacia el techo que para ellos es un cielo y cantan y trinan y se desplazan. Las flores se esponjan y abren y es tal su realismo de flor que los pequeños insectos que revoloteaban en torno a la luz de la lámpara se desplazan para libar su polen inexistente.

Cuando Sofía está neutra, la cortina es sólo una cortina, una cortina con un estampado de pájaros de colores y flores, una cortina de tela liviana que se abomba con la brisa al abrir la ventana y se queda quieta al cerrarla. Una cortina con un agujerito de quemado en una esquina, el que le hizo su hermano mayor el día que entró a fumar a escondidas. Una simple cortina en un cuarto de niña.

(Cuaderno de doña Marga)