Día: 4 agosto, 2015

Única en su género

Me había hecho la idea de que mi primer vuelo iba a ser tal que el de la Meryl Streep a bordo de la avioneta en Memorias de África sobrevolando la sabana, poco más o menos. Si me hubieran quitado de encima al Jacobín y me hubieran puesto al lado a algún apuesto se hubiera parecido más, aunque creo que ni por esas.

La Meryl nada más llegar se sube al avión, primera diferencia, nada de largos y pesados trámites previos, colas, controles de seguridad, despojamiento de objetos personales en bandeja de plástico y otras alegrías de los aeropuertos.

Cuando ya por fin estaba dentro, bien recogidita en mi asiento porque tampoco el espacio da para muchos esparcimientos, casi que se me habían quitado las ganas de despegar. Aún así, todavía no había perdido del todo la ilusión de sentirme un poco como la Meryl. Me digo, ahora va a ser, respira hondo que nos vamos.

Pero no nos íbamos y ante tanta espera el Jacobín, que paciencia tiene poca, empezó a ponerse guerrero. Preguntaba por sus padres que se hallaban en la parte delantera del avión detrás de una cortinilla, preguntaba por su maleta, se ve que no le gusta separarse de sus posesiones, gritaba que el avión estaba roto y lo llamaba pesado con mucho enfado. Rabioso, quería bajarse. Yo también estaba empezando a querer.

Los otros pasajeros nos miraban aviesamente, especialmente el señor que leía el Libro del Desasosiego en el asiento de al lado, se ve que no le dejábamos desasosegarse a su antojo. Todo muy poco Memorias de África hasta que despegamos, ahí ya sí que ya, quitando lo del viento en la cara que no nos daba y algún que otro detalle más, sí que le vi cierto parecido. Con el ala derecha casi rozamos la luna o parecía que la íbamos a rozar,  sobrevolamos las cuatro torres maléficas que tanto odia el Toni y empezamos a dejar abajo, muy abajo, campos, casas, carreteras, nubes incluso. Subimos y subimos hasta alcanzar la velocidad de crucero, así nos lo informó un comandante muy apañao que hablaba con el mismo deje que el Pelayo, igual son del mismo pueblo.

Pero una vez que el paisaje desapareció, el Jacobín, aburrido, volvió con sus matracas, quería ir con sus padres saltándose la frontera cortinil que separa un mundo de otro dentro del microcosmos del avión. No podía ser. Quería su maleta otra vez, qué fijación, tampoco podía ser. Quería abrir la ventanilla, pues tampoco. Y como tanta frustración no hay cuerpo infantil que la resista, se agarró una rabieta del diez. Ya no sólo estaba desasosegado el lector de lado, unos cuantos más tambien empezaban a estarlo y sin haber catado a Pessoa ni por el forro, lo que tiene mucho más mérito.

Qué corto se me ha hecho el vuelo, se pone la Patricia ya en tierra ¿Te ha gustado la experiencia, Eva?, me pregunta  dadivosa ella. Huy sí, ha sido única en su género, igual que en Memorias de África, le he contestado sin mentir en lo primero y mintiendo un poco en lo segundo.