Día: 8 agosto, 2015

Dos orillas

El niño pidió una colchoneta inflable y la tuvo. Su padre se subió con él y se bambolearon felices sobre las olas entre el azul del cielo y el azul del mar. De vez en cuando se tiraban al agua para nadar, jugar y refrescarse.
El niño pidió un helado y tuvo un helado, dos bolas enormes sobre un cucurucho de barquillo que se comió de postre con un pie apoyado en la baranda del paseo marítimo mirando las olas. Para mañana había pedido subir a una barquita de motor, su padre había dicho ya veremos y su madre había sonreído observándose complacida los brazos desnudos y bronceados.

En la orilla de enfrente el niño no había pedido nada, ni barquita ni colchoneta ni inmersión acuática pero igual le subieron a toda prisa en una barca, de noche, apretujado entre otros muchos cuerpos aterrorizados. Pidió agua porque tenía sed pero solo le dieron un pequeño sorbo porque quedaba poca. La vomitó al rato.

Cuando pisó tierra tiritando y con las piernas temblorosas, le envolvieron en una manta brillante y lo llevaron en brazos lejos de ese mar amenazador. Sus padres iban detrás, felices de haber llegado vivos, pero no se reían ni miraban nada con complacencia. Nada era suyo en ese lado.

En las dos orillas era verano, el mismo verano de días largos y ardientes, de mar en calma, cielos azules de día, lluvia de estrellas en las noches.

(Cuaderno de doña Marga)