Mes: agosto 2015

Tres frases

Bellaespíritu, desde su blog del mismo nombre, me ha lanzado el reto de las tres frases. No he podido negarme viniendo de un blog tan interesante y bien escrito como el suyo donde siempre se aprende algo.

Por variar un poco la estructura he concentrado las tres frases en una sola entrada en lugar de hacerlo en tres días consecutivos y he dejado que las otras autoras de este blog, la doña Marga y la Esme, escriban su propia frase representativa.

Primero la mía, que por algo soy la redactora-jefa. Justo la he leído hoy mientras hacía la maleta de la Patricia, porque ya volvemos, y guardaba sus lecturas veraniegas. El libro se llama, El oficio de vivir, es de Cesare Pavese y la frase que me ha gustado dice : ” Es bonito escribir porque reúne dos alegrías, hablar solo y hablarle a una multitud”.

Esta es la que me ha mandado la Esme por guasap: “Un hombre con una idea es un loco hasta que ésta triunfa”, es de otro escritor, Mark Twain. Dice la Esme que se identifica muchísimo y que cuando triunfe nos vamos a a enterar de quién es ella. Bueno, hija, que tampoco hace falta amenazar a nadie, frase mediante, le he dicho porque ya se estaba poniendo farruca.

La tercera se la he escogido yo a la doña Marga de su autora preferida, la poeta polaca,  Wislawa Szymborska. Es un poco larga pero sé que a ella le gusta mucho porque me ha hecho leérsela muchas veces.

Es: “En esta escuela del mundo ni siendo malos alumnos repetiremos un año, un invierno, un verano. No es el mismo ningún día, no hay dos noches parecidas, igual mirada en los ojos, dos besos que se repitan”.

Como muchos habéis participado ya en este juego, que se apunte libremente el que aún no lo haya hecho y tenga ganas de compartir sus frases.

Anuncios

De la fobia a la filia

Si ya os decía yo que cuando el Jacobín saludaba al mar desde su cohete de monedas estábamos a un paso del baño. Y cuando ayer remojamos los pies en la orilla, a menos de un paso. Lo que no sabía era que nos acercábamos tanto a la inmersión total y continuada. Porque una vez superada la fobia nos hemos metido de lleno en la filia. Dicho claramente: el niño ya no quiere salir del agua. Somos dos pelágicos de marca mayor.

Nada más abrir el ojo, el infante clama: ¡a bañar!

Querrás decir a desayunar, le corrijo con la mente puesta en las delicias del bufet.

No, yunar, no, bañar.

Tiene las ideas claras pero por ahí sí que no paso, lo primero es la nutrición que con el estómago vacío te puede pillar una ola a contrapelo y hacerte naufragar.

Pues mientras intentaba tomar tranquilamente mi colación matutina y peleaba por darle la suya al inapetente Jacobín, otra vez la Esme ha vuelto a la carga.

Qué, ¿has pensado ya en las tarifas?, ¿qué te parece a cinco euros los diez minutos para empezar? Mira, he estado ensayando con mis hermanas y es muy fácil. Sólo tienes que mover la cabeza de vez en cuando en señal de asentimiento, soltar algún que otro ajá, ajá, abrir mucho los ojos y decir “te comprendo, te comprendo, es increíble, lo que no te pase a tí”, cosas así. Ya iremos enriqueciendo el repertorio. ¿Me estás escuchando? Pues mal empezamos.

Es que tengo la boca llena de un bollo muy rico, Esme, le explico con dificultad. Es de esos que llevan por dentro como una crema de chocolate y por encima un hojaldre. No veas cómo se ponen los alemanes, qué platos, hasta arriba, ahora comprendo el tamaño que tienen

Qué raro, tú comiendo o hablando de comer, me suelta con un deje tirando a borde y muy poquito escuchante.

Y no es que haya querido vengarme del poco caso que me ha hecho, es que el Jacobín armado de manguitos y con un flotador que simula la aleta de un tiburón, tironeaba de mi brazo con la firme intención de arrancármelo si no le conducía a su ahora amado mar.

Eres muy grosera, te faltan muchas tablas para convertirte en escuchanta, le he oído decir justo antes de colgar.

¿Será verdad que no sé escuchar?, he pensado saltando la primera ola. A la segunda ya no me acordaba porque tenía que concentrar todas mis fuerzas en retener cerca de la orilla al niño que se volvió pez y nunca más quiso volver a pisar la tierra.

De profesión, escuchanta

La Esme me ha llamado desde el apartamento playero donde pasa unos días de vacaciones en compañía de sus hermanas, sus sobrinos, su padre, el Hipólito, las niñas del Hipólito y el Cristo que lo fundó, según sus propias y muy literales palabras.

Dice ella que si eso son vacaciones que baje Dios y lo vea.

Digo, Esme, te noto muy católica, apostólica y romana.

Nótame como quieras, se me pone ella, pero no te llamo para quejarme de mi mierda asueto, aunque podría. Te llamo para que sepas que le he dado un giro a la profesión de terapeutisa que me había inventado. Ya no voy a ser eso porque de eso ya hay, voy a ser otra cosa que creo que no existe. Abriendo mercados, guapa, en mi línea imparable de i+d.

Resulta que se va a poner de lo que ella llama Escuchanta. Consiste esa nueva profesión nada más que en prestar atención a lo que cada uno quiera contarle poniendo cara de sumo interés. Dice ella que tiene muchísimo futuro y que va a empezar septiembre petándolo, dado que es un mes en el que la gente tiene mucha necesidad de hablar.

Los que se lo han pasado mal en vacaciones y vuelven frustrados, las parejas que se dan cuenta de que no se aguantan después de la intensa convivencia, los padres que no pueden más de los hijos, los hijos que no soportan a sus padres, los que temen la vuelta a sus rutinas, los que tienen que pasar esas revisiones médicas pospuestas para después del verano, los del síndrome de la vuelta al trabajo, los del síndrome del parado de larga duración, los que se deprimen por el acortamiento de los días y los que se angustian ante anuncios de fascículos coleccionables. Es muy duro contemplar sin alterarse esas entregas de abanicos, casitas de muñecas o tanques de la primera guerra mundial, que lo comprenda.

En fin, que ya se ve largas colas en el quiosco de gente ansiosa de los servicios de una escuchanta profesional. Y que qué cómo lo veo, que si me animo a ponerme con ella. Que me vaya pensando tarifas, que ella había pensado empezar tirando precios para atraer clientela y uns vez fidelizado el personal irse subiendo a la parra y que se fastidien. El que quiera dar la chapa que lo pague, leches, ha manifestado.

No le he dicho ni que sí ni que no sino todo lo contrario. Vamos, que no sé, que soy más de presentes que de futuros y mi presente ahora es que he conseguido un logro muy grande: nos hemos mojado los pies en la orilla del mar.

Un par dispar

La Patricia no es la única que hace cosas en inglés, el Pelágico también le da a las actividades anglosajónicas, pero en otro estilo. Mientras que todo lo que hace ella es de no hacer o de aparentar que no hace, de quietud, de ensimismamiento, de interiorismos y búsquedas espirituales, él, todo lo contrario.

El Pelayo sale a primera hora de la mañana, recién amanecido, y se tira al running por los caminos, luego se mete con el surfing y remata con el snorkel, que es el buceo con gafas y tubo de toda la vida pero en finústico. Los raros ratos en los que se está quieto se le mueve, supongo que involuntariamente,  un músculo de la mandíbula como si rumiara, ¿ahora qué hago, ahora qué hago? Pues paddle, por ejemplo, y se encamina muy bronceado y apolíneo hacia las pistas lanzando sonrisas a babor y estribor porque, además de pelágico, es sumamente sonreídor.

Mientras, su wife, el hada Patricia, se acaricia la tripa donde mora la Morgana en formación, respira hondo, respira menos hondo, mira al horizonte, lee un rato, descansa de leer, mira al mar, nos mira (de lejos) al Jacobín y a mí para comprobar que todo está en orden y como todo lo está o eso se cree ella, cierra los ojos, los entreabre, los entrecierra y de ahí (leáse hamaca) no la sacas.

Vamos, que no pegan ni con cola, a menos que se trate de un claro caso de atracción de opuestos y que cada uno busque en el otro aquello de lo que carece. Si es así, van por buen camino. Si no es así…dejémoslo en suspensión como los puntos.

A todo esto, el Jacobín y yo seguimos paseando por la calle de las tiendas evitando el elemento acuático y sudando. El Jacobín se monta en todos los cacharritos de moneda que encuentra a su paso como elefantes, trenecitos, avioncitos, cohetes y otras máquinas de estimular la fantasía de los niños y sacar el dinero a los padres.

Ya consiente en mirar el mar desde lo alto de sus cacharros móviles y le dice adiós con la mano haciéndose el chulito. Vamos mejorando, me parece a mí. Si esto sigue progresando adecuadamente es posible que hasta llegemos a mojarnos los pies cualquier día de estos y de ahí al, por mí ansiado baño, solo hay un paso. O por lo menos eso me digo para animarme contemplando el azul y pensando en el futuro de los pares dispares en general. Conozco a varios.

Dos orillas

El niño pidió una colchoneta inflable y la tuvo. Su padre se subió con él y se bambolearon felices sobre las olas entre el azul del cielo y el azul del mar. De vez en cuando se tiraban al agua para nadar, jugar y refrescarse.
El niño pidió un helado y tuvo un helado, dos bolas enormes sobre un cucurucho de barquillo que se comió de postre con un pie apoyado en la baranda del paseo marítimo mirando las olas. Para mañana había pedido subir a una barquita de motor, su padre había dicho ya veremos y su madre había sonreído observándose complacida los brazos desnudos y bronceados.

En la orilla de enfrente el niño no había pedido nada, ni barquita ni colchoneta ni inmersión acuática pero igual le subieron a toda prisa en una barca, de noche, apretujado entre otros muchos cuerpos aterrorizados. Pidió agua porque tenía sed pero solo le dieron un pequeño sorbo porque quedaba poca. La vomitó al rato.

Cuando pisó tierra tiritando y con las piernas temblorosas, le envolvieron en una manta brillante y lo llevaron en brazos lejos de ese mar amenazador. Sus padres iban detrás, felices de haber llegado vivos, pero no se reían ni miraban nada con complacencia. Nada era suyo en ese lado.

En las dos orillas era verano, el mismo verano de días largos y ardientes, de mar en calma, cielos azules de día, lluvia de estrellas en las noches.

(Cuaderno de doña Marga)

Legendario mar

El hotel de los lujos es, como su mismo nombre indica, lujoso. Tiene su spa acristalado para mirar el mar mientras las burbujas cosquillean y masajean tu cuerpo (el de otros). Tiene sus tumbonas para mirar el mar en horizontal no te vayas a cansar de estar sentado. Tiene una piscina para refrescarte mirando el mar, una playa privada con más tumbonas y sombrillas de paja para descansar del previo descanso. Tiene jardines con rododendros. Supongo que son rododendros porque a un hotel de lujos le pega tenerlos.

Tiene salas y salones y terrazas y terracitas y terracillas y todo ello mirando al mar, siempre mirando al mar, con el mar ahí donde quiera que poses la vista como en una obsesión pelágica.

Y ese es el problema, que el Jacobín tiene miedo del mar, no quiere mirarlo, oírlo, olerlo ni mucho menos bañarse en él. La Patricia dice que a la edad de tres años aparecen los miedos irracionales en paralelo al desarrollo de la imaginación, que esa masa de agua inmensa cuyo fin no se atisba, que se mueve y hace ruido, es lógico que aterrorice a un niñito de tierra adentro. Paciencia, me sugiere desapareciendo con su libro en pos de las hamacas, de las burbujas o de lo que sea.

Quita el mar, quita mar de ahí, se ha pasado la mitad de la noche el niño, desde el interior de la habitación que compartimos con,sí, ella también,vistas al mar.

No puedo, rico, es muy grande y está fijo, he intentado explicarle.

Mar,no. Mar,no, no, no. Insistía él lloroso.

He tenido que dormir con la ventana cerrada renunciado a mi sueño de que me acunaran las olas.

Quita mar, me ha vuelto a exigir esta mañana Jacobín el terrestre.

¿Y ahora qué hacemos?, si está por todas partes.

¡A calle!, ha señalado él con su dedo dominante.

Y hemos paseado por una larga calle llena de tiendas de chancletas, gorros, colchonetas naúticas, gafas de sol y cremas para o contra el mismo y de establecimientos de comidas y bebidas.

Sangría legendaria, se anunciaba en un cartel colgado a la entrada de uno de esos bares,junto a la foto de un alemán con cara de loco abrazado a una jarra de la bebida. En siete versionen, añadía luego. Qué cosas.

Mar, no,no,no, ha zapateado el Jacobín oteando un pedazo de azul entre la pizzería Vistamar y el Cormorán café.

Pues hijo, no sé qué tienes en contra del océano, si es de lo más legendario y se nos ofrece en mucho más de siete versionen.

Pero el chiquillo, poseído por la fobia marina de los tres años, no atiende a razones.

Mantenimiento

La chicharras se encargan de mantener encendido el verano. Cuando ven que desfallece, que no puede más de su propio calor y que está a punto de languidecer, la chicharra jefe manda encender motores, se ponen todas a la faena y le pegan un buen empujón.

Vibran desde su oculto rincón, es el sonido de su instrumental empuja-veranos, sostiene-soles, apaga-brisas, despeja-cielos, mantiene-luces, refuerza-ardores.

De vez en cuando le dan al off para que no se recaliente el delicado aparato, un breve descanso, y vuelta a empezar.

Cuando todos duermen la siesta, ellas están ahí, en su sala de máquinas, dándole duro. Ya descansarán en temporada baja, ahora toca cantar con sus voces rasposas, ya saben ellas que lo importante no es la belleza del canto sino la utilidad del mismo.

(Cuaderno de doña Marga)