Mes: septiembre 2015

Páginas pegadas

Cuando era pequeña había en mi casa una colección de libros de saberes varios, como una especie de enciclopedia para niños que lo mismo te explicaba qué es la fusión que por qué mueve la nariz un conejo. Estaba dividido en secciones y en una de ellas hablaba de seres fantásticos. En esa sección estaba dibujado un vampiro dentro de su ataúd con la cara muy blanca y los colmillos con restos de sangre. Me daba pánico.

Me daba tanto miedo que pasaba esas hojas muy deprisa y sin mirar para no encontrarme con el vampiro. Mi madre pegó esa hoja a la siguiente con cello pensando que así solucionaba el asunto. Pero fue peor, ahora seguía estando ahí, pero oculto. Como no lo veía me imaginaba truculencias mucho mayores que las del dibujo y, además, podía escapar y salir en cualquier momento, rabioso porque había estado encerrado.

Pues eso más o menos es lo que me pasa ahora en casa de la doña Marga. Porque se han traído al don Margarito del hospital para que muera en su cuarto y en su cama y aunque yo no tengo que entrar en su habitación ya que tiene una enfermera, sé que está ahí, con sus estertores y su agonía y eso me impide estar tranquila. En cualquier momento se va a despegar el cello y voy a tener que mirar lo que me asusta. Seguramente no es tan horrible como lo que veo en mi imaginación.

A lo mejor la doña Marga lo sabe y por eso me ha mandado que le pregunte a la enfermera si quiere un café o un vaso de agua. Se lo he preguntado desde la puerta, mirando sólo de reojo a la cama, y lo más deprisa posible. Todavía no me atrevo a despegar del todo las páginas.

Guillermo, Camiseta y otros secretos

Ya le he contado a la Patri lo del Jacobín con la piedra. O con las piedras porque ahora ya son tres: Petus, Lon y Vuris. A mí me suena como a dioses vikingos pero no creo que el niño sepa mucho de mitología escandinava.

Pues va y se me pone que le parece normal y hasta sano y que no hay que preocuparse, que los niños que tienen amigos imaginarios desarrollan antes el lenguaje y de manera más rica así como la imaginación y el desempeño de roles. A saber con esto último a qué se referirá.

A todo esto, mientras me lo decía, la Poncho que andaba por ahí en una especie de camisón parecido a la túnica de un payaso, ha contenido un relincho y ha dicho que sí, que era bueno, que mirase lo creadora que Patricia es y lo literata y lo escritora y lo imaginativa.

O sea, que ella también hablaba con tres piedras, he pensado yo en primera instancia, como los juzgados, pero no era eso. Lo que era me lo ha contado la Poncho en la cocina, mientras yo le daba a la plancha, mi arma de pensamiento preferida. Es ver subir el vaporcillo y se me ocurren muchas ideas, no necesariamente buenas.

Y en eso estaba, intentando fabricar ideas, cuando se me acerca la Poncho payaso por detrás y me suelta, sin mediar pregunta por mi parte, que Patricia de pequeña, como no tenía hermanos, se inventó uno, le llamaba Guillermo y se pasaba todo el día hablando con él, se peleaban mucho, como los hermanos de verdad. Pregúntaselo si no te lo crees, me dice al ver mi cara de pasmo.

Pero mi cara de pasmo no era por eso si no porque la Poncho sea tan cotilla como para contarme lo secretos de su amiga, porque digo yo que lo de Guillermo será un secreto, y además sin que yo se lo haya preguntado. Y luego me ha contado más, que son amigas desde la infancia, desde el kinder garden, me ha dicho ella, se ve que las finas van ahí y no a la guardería, y que eran siempre tres, ellas dos y otra más.

Camiseta, salta luego en voz más baja. Pensaba que se refería a alguna prenda del montón de plancha y me he puesto a rebuscar para dársela pero ha soltado una risa relinchona de lo más aparatosa y retorciéndose los pelos me ha dicho que Camiseta era la tercera amiga inseparable.

Madre mía, Poncho, Camiseta, no quiero ni pensar cómo llamarían a mi jefa, ¿Braga?

Pues eso también me lo ha contado mientras abría la nevera y se tomaba un yogur griego con mermelada de fresa al fondo, tan panchamente.

A Patricia siempre le hemos llamado Pato, es que se le daban muy mal los deportes, no como a mí. Se falsificó un certificado médico para no hacer gimnasia, imagínate.

Sí, ya me estoy imaginando la gracia que le va a hacer a la Pato cuando sepa que me ha contado que es hija única, que hablaba con las paredes y que mentía para no saltar el potro.

Y Guillermo, ¿sigue vivo?, se me ha ocurrido preguntarle más por cortesía que porque me importe mucho.

Lo que ha relinchado con esta pregunta, se daba hasta palmadas en los muslos de la ilusión que se ve que le ha hecho. Pero no me la ha contestado, ha agarrado un paquete de galletas rellenas de chocolate y con su camisón cirquense se ha metido en su cuarto todavía riéndose.

Pues vaya, qué cosas, vapor viene, vapor va, he intentado pensar algo pero la verdad es que con tanta interrupción ya no se me ha ocurrido nada. Petus, Lon y Vuris, he dicho sin motivo, ¿qué estarán haciendo ahora esos tres? Mira que si la locura es contagiosa…

El pájaro del patio

El pájaro desgraciadito no sabe que hay luna llena. Una franja de su lechosa luz pinta la pared del patio y se derrama sobre la colada de Conchita, la del tercero.

El pájaro desgraciadito se encarama a la barra de su jaula y mira curioso con sus ojillos de alfiler el camisón y la bata enlunadas. Primero de un lado y luego del otro. Como se aburre picotea la media zanahoria colocada entre los barrotes. Canta un poco, desganado. Se duerme sin copa de árbol.

Justo antes de que amanezca, un trino involuntario se pone a competir con la primera radio encendida. Enseguida silban las cafeteras, zumban las calderas, una tos, un llanto infantil, un chirrido de oxidadas cuerdas. Conchita está recogiendo sus ropas. Las sacude como si tuvieran pegadas restos de sucia noche.

El desgraciadito la mira de perfil. Bonito, qué listo eres, le dice ella, despeinada, con una pinza en la boca. Él le dedica un sofisticado y largo canto esponjando sus plumas amarillas.

Nunca ha visto la luna, el muy desgraciadito. Tiene las alas atrofiadas pero cuando se columpia cree que vuela, que el cielo, a ciertas horas, huele a sofrito.

(Cuaderno de doña Marga)

Las enseñanzas de doña Juana

Dice la Esme que la próxima vez que tenga que ir a visitar moribundos que me calce  un lorazepam. Te lo calzas bien calzado y verás como no te entra la angustia ni la ansiedad ni la diarrea motora, se me pone.

Pero Esme, cómo me voy a tomar la pastilla esa que dices, porque supongo que a eso te refieres cuando hablas de calzamientos, si yo no estoy acostumbrada a tomar nada, puede sentarme mal y, además, que no tengo.

No hace falta que te tomes una entera, so panoli, empiezas por un cuarto y si no necesitas más, mejor, y si sí, subes la dosis. Y la pastilla te la regalo yo y es un favor especial que te hago , bastante me cuesta sacarle la receta a mi médica de familia. Tía más siesa, está empeñada en que todos mis males se curen con deporte. Ya le he dicho que sí, que me he apuntado al spinnig pero que mientras se queda una plaza libre con algo tendré que ir tirando.

Ah, pues qué bien lo del spinnig, sea lo que sea, ¿no Esme?, le digo ingenuamente.

Pero, ¿qué dices?, ¿a ti te parece que me voy a poner a pedalear como una posesa sin moverme del sitio mientras un sádico me azuza al ritmo de una música abominable?, tú estás tonta. Te lo crees todo como mi médica.
Mira, la vida a pelo no siempre se puede aguantar. ¿Para qué está la química? Pues para echarnos una mano en los momentos críticos. Tu hazme caso y sigue mis enseñanzas. Las de doña Juana, añade luego riéndose, ella sabrá de qué.

El caso es que me ha regalado una pastillita blanca muy pequeña. Dice que la lleve en la cartera y que pruebe, que ya veré qué bien enfrento las situaciones con la píldora del todo me importa un pito y qué relax más bueno me está entrando, según su personal prospecto.

No creo que me la tome, aunque llevarla en el bolso me da cierta seguridad por si tengo que contemplar más estertores y me entra el canguelo.

Con mi droga a cuestas he llegado a casa de la Patri donde me he encontrado, nada más entrar, a la Poncho meneando las caderas en mitad del pasillo al ritmo de una musiquita oriental. Clin, clin, clin, resonaban las moneditas del pañuelo- falda que llevaba.

¿Te apuntas a la danza del vientre?, se me pone haciendo un movimiento de molino con los brazos. Le iba a dar una clase a Patricia como método de preparación al parto placentero pero dice que le duele la cabeza.

Me encantaría lo que más, le he respondido muy diplomática, pero tengo que pasar la aspiradora. Oye, será pesada la Doula, por dónde iba yo aspirando, iba ella meneando el pandero y enredándose con el cable. Se ve que necesita público y a falta de algo mejor…

¿Te recuerdo a una diosa hindú? Mi preferida es Laksmhi, mira cómo hago el giro en la esquina, así, y ahora otro para el otro lado, mira, mira, parece fácil pero hay que coordinar cuerpo y mente.

Con tanto clin, clin, clin y tanto esquivar a la diosa Laksmhi de pacotilla  me estaban entrando ganas de seguir las enseñanzas de doña Juana.

Vamos, que a puntito he estado de tomarme la pastilla y no un cuarto, entera, pero no, me he contenido, que mañana tengo que volver al hospital y digo yo que allí me hará más falta. Y, además, me da miedo porque, como dice una de mi pueblo, los medicamentos tienen muchas contradicciones. Pues se parecen a los seres humanos, mira tú qué cosas.

Resulta que soy cobarde

Ayer, después de leer un rato poemas bastante siniestros desde mi punto de vista y verdaderas maravillas desde el punto de vista de la doña Marga fuimos al hospital.

Nos llevó la doña Repolluda en su coche, iba todo el camino lanzando suspiros y soltando ay señor, señor, qué pena. Qué vida esta, por lo que tenemos que pasar…digo yo que podía haber puesto un poco de música de la radio para animar el trayecto porque, vamos, ni en un coche mortuorio.

La doña Marga no le hacía mucho caso, iba muy seria embutida en su disfraz de ancianita respetable y de vez en cuando me decía por lo bajo, qué pesadita es la pobre, y se encogía de hombros como queriendo expresar que no tenía remedio y que mejor era dejarla.

Me impresionó mucho ver al don Margarito, ha adelgazado tanto que apenas se lo reconoce, le asomaba por debajo de las sábanas una pierna como un palo, llevaba metidos por la nariz unos tubitos de goma para el oxígeno y pinchado en el brazo otro tubo muy largo conectado a una bolsa transparente. En ningún momento abrió los ojos. Creo que se está muriendo pero como no he visto morirse a nadie no estoy segura. Respiraba mal y eso dice la doña Repolluda que son los estertores.

No sé exactamente por qué, pero cuando dijo esa última palabra las piernas me empezaron a temblar y me tuve que sentar en un silla, también me entraron ganas de vomitar y me sentí igual de mal que cuando era pequeña y tenía gastroenteritis.

Resulta que soy una cobarde, nunca he visto morirse a nadie, ni siquiera he visto a nadie muerto, sólo a un perro que tuvimos antes que al Pancho. Le atropelló un coche. Tuvieron que darme una pastilla para dormir y me pasé una semana llorando. Pero entonces era una niña, se me podía disculpar.

Pensaba que iba a poder ayudar a la doña Marga a pasar el mal momento, pero más que una ayuda he sido un incordio. Casi que ha sido ella la que me ha apoyado a mí. Vete a casa tranquila, Eva, me ha dicho, a mí la muerte ya no me impresiona. Y se quedó tan serena cogiendo de la mano al don Margarito.

Ay señor, señor, qué cruces nos mandas, pero hágase tu voluntad, seguía la otra perorando cuando salí escopetada de ese cuarto. Me sentí muy rastrera al llegar a  la calle, muy esquirola y al mismo tiempo muy aliviada de ver el cielo azul y cada cosa en su sito, sin estertores.

Pero eso es porque soy una cobarde, ahora ya lo sé. Y algo tendré que hacer para remediarlo.

Doña Marga descolorida

Pues si que estamos buenos, tía Paca, el Jacobín jugando con una piedra y la doña Marga vestida de señora mayor. Pero si casi ni la reconozco con ese vestido gris atado con un cinturón, ese collarcito de perlas discretas, las medias oscuras y unos zapatos de salón acharolados.

Digo, pero doña Marga, ¿todo eso que lleva son las compras que ha hecho este verano? No es que no vaya elegante, que lo va, y mucho, pero no parece usted, parece cualquiera de las señoras de este edificio.

No me fastidies que me parezco a Consuelito y a Carmencita, me dice nombrando a dos de sus vecinas más añejas, con lo mal que me caen, son más carcas…

Pues un aire sí que se da, me la veo apuntándose a la partidita de las tardes, no me parece mal si lo que quiere es integrarse en el grupo, (estoy un poco obsesionada con la integración y los grupos, lo reconozco), pero me gustaba más con sus ropas de colores y sus trenzas con lazo.

Esta vestimenta tan fea es cosa de mi sobrina, el pelo también, me ha mandado a un peluquero para que, según ella, me adecente. Dice que no puedo ir al hospital a ver a Cecilio con mis pintas habituales. Mira que pelo me ha puesto, si hasta cruje de toda la laca que llevo encima,  no me gusto así, me encuentro extraña pero he cedido para que dejara de marearme.

¿Pero es que don Margarito está el hospital?

Sí, guapa, otra neumonía. Vamos a ir a verlo luego, cuando venga mi sobrina a llevarme. Y ahora vamos a leer algo para distraer la mente de pensamientos funestos. Saca a Emily de la estantería y abre por dónde quieras a ver qué sale. La poesía me gusta leerla así, al azar.

Y esto es lo que ha salido:

“Presentimiento es esa larga sombra

que poco a poco avanza sobre el césped

cuando el sol sus imperios abandona.

Presentimiento es el susurro tenue

que corre entre la hierba temerosa

para decirle que la noche viene”.

Ella dice que es muy bonito y que viene muy al caso de cierta situación, pero a mí no me ha gustado nada, qué mal fario de poema.

 

Teoría de patios

El Jacobín ya tiene su primer amigo en el colegio, se llama Peto. Y ahora viene la mala noticia: Peto es una piedra. Le ha puesto él ese nombre no sé si influenciado por tener en casa a una mujer llamada Poncho o por su imaginación infantil. La lleva siempre en el bolsillo del pantalón y se dedica a jugar con ella, no sé muy bien a qué, cuando llega la hora del recreo. En un rincón del patio para acabarlo de fastidiar.

Él y la piedra, los dos solos en un rinconcito para que los otros niños, calificados de brutos por el que hasta ahora ostentaba ese título, no le empujen ni le peguen.

Todo esto me lo ha contado por el camino al colegio con una mano en la mía y la otra aferrada a Peto. Qué pena me ha entrado. Pero bueno, Jacobín, si tú has sido el terror de los parques y jardines, el número uno arrebatando palas y cubos, el destroza toboganes y arranca lazos de los pelos de las niñas para posteriormente comértelos, ¿qué transformación es esa?

Del son brutos no le sacas y de su hermanamiento con la piedra, tampoco. He tenido que ir a contárselo corriendo a la señora de las gafas, la Esme, mi asesora personal en todo tipo de disciplinas.

Esme, que el Jacobín se ha vuelto raro, está tímido y asustadizo, no hace amigos, se queda en un rincón todo el recreo y juega con una piedra llamada Peto.

Buenos días por la mañana, si no te importa, ¿qué tal estás, Esme, cómo has pasado el fin de semana?, digo yo, me dice ella.

Sí, bueno, Esme, date por saludada, es que tengo poco tiempo, ¿qué piensas tú de todo esto?

Pienso, aparte de que algunas están perdiendo la poquita educación que tenían, que te traigas al niño esta tarde al quiosco que le voy a inciar en los rudimentos de la teoría de patios.

Ah, pues muy bien. Y eso, ¿en qué consiste?

En primer lugar tiene que abandonar ese rincón del recreo desde donde pasa desapercibido y ocupar el centro. Una vez ahí, bien posicionado, que haga unos cuantos gestos amenazantes para dejar bien claro quién manda ahí.

Ya, claro, pero es que tiene miedo, objeto yo, por eso se queda en el rincón.

¿Y qué?,miedo tenemos todos, lo importante es que no se note. Que los gestos amenazantes no funcionan, se pasa directamente a la acción repartiendo caña y mandoblazos. No mucha pero sí la suficiente. ¿No me has dicho que lleva una piedra? Pues que escalabre al primero que le tosa.

No sé, Esme, me parece que eso más que teoría es práctica y creo que no te voy a traer al Jacobín para las clases esas que dices, no me parece a mí que la violencia sea la solución. La violencia engendra más violencia y todo eso. Es mejor la paz y la conciliación.

Déjate de tonterías y si quieres la paz, prepárate para la guerra, me suelta toda chulesca. Si sabré yo de patios, calles y callejones. Y ahora,largo, que me espantas a las clientas. Esta tarde a las cinco, que se traiga la piedra.

Antes de eso mejor se lo cuento a su madre a ver si encuentra la solución en uno de esos libros de educantas que está leyendo porque la teoría de patios de la Esme no termina de convencerme.

En el rinconcito y hablando con una piedra, pobre Jacobín, qué pena me da.