Día: 10 septiembre, 2015

La memoria del señor Juan

Esta mañana, después de dejar al uniformado Jacobín en su colegio, me he pasado por el quiosco de la Esme. Quería rebatirle sus argumentos sobre el amor y sus destinatarios. Por el camino me iba preparando la conversación más o menos así: que sepas, Esme, que sí que puedo querer al Jacobín porque me han contado muchos lectores casos de amor de gente que les cuidaba de pequeños y de los que todavía se acuerdan. Que sepas, Esme, que querer siempre es bueno y que no hay que esperar nada a cambio y que sepas que las gafas nuevas no te dan sabiduria, más bien tontucia.

Luego he hecho otras versiones sobre el mismo tema poniendo lo de delante atrás y lo de atrás adelante. Me había quedado muy bien el discurso pero no he tenido ocasión de largarlo porque el que estaba hoy regentando el quiosco era el padre de Esmeralda pegadito a una radio. Él lo llama el transistor.

Hombreeee, se pone a grito pelao, a ti tenía yo ganas de verte, muchacha, ¿qué tal se ha pasao el verano? Otro verano que hemos sobrevivido aunque yo haya estado a punto de espicharla, ¿no te ha contado mi Esme lo del atraco? pero calla, calla, que estoy siguiendo muy de cerca todo esto de los refugiados sirios. Calla que van a dar el parte. Él llama así a las noticias.

Nos hemos callado los dos, yo no hacía falta porque ya lo estaba de antes, y hemos estado escuchando todo lo del peregrinaje de esas gentes que huyen de la guerra y un trozo del discurso de Juncker, el señor mandatario europeo con nombre de caldera, que ha dicho que menos muros y más valentía y que nos acordemos de nuestra historia.

Eso, se pone el señor Juan, dando un puñetazo a la nevera de los helados y sin despegarse la radio de la oreja, muy bien dicho, así se habla porque, ¿quieres que te cuente una cosa que igual no sabes?
Yo también fui refugiado de guerra. Yo también viajé apretujado en un tren que nos llevó a Francia, iba lleno de piojos y con sarna en las manos. Todavía me acuerdo que lo único que comimos en un día fue una lata de sardinas para cuatro. Estaban muy frías y se quedaba ese frío pegado en los dientes. Solo tenía cinco años pero no se me olvida ese detalle, hija, no se me olvida.

Pues, vaya, señor Juan, no sabía que lo hubiera pasado tan mal en su infancia.

Por eso hay que recordar, para comprender y ayudar en lo que se pueda. No seríamos humanos si no lo hiciéramos. Ahora que como coja a los que me atracaron los cuelgo de unos ganchos como al ganado vacuno. Ahí si que no me andaba yo con chiquitas.

Mira, por ahí viene la Esme, seguro que querías hablar con ella, otro día te cuento mi estancia en las colonias para niños de la guerra. Cuando veo esas caras en la televisión, esas familias, se me remueve todo por dentro, muchacha, pero que todo por dentro. Ay,ay, ay…

Que se me han quitado las ganas de hablar de mis tonterías de siempre y de escribirlas, también.