Día: 23 septiembre, 2015

Resulta que soy cobarde

Ayer, después de leer un rato poemas bastante siniestros desde mi punto de vista y verdaderas maravillas desde el punto de vista de la doña Marga fuimos al hospital.

Nos llevó la doña Repolluda en su coche, iba todo el camino lanzando suspiros y soltando ay señor, señor, qué pena. Qué vida esta, por lo que tenemos que pasar…digo yo que podía haber puesto un poco de música de la radio para animar el trayecto porque, vamos, ni en un coche mortuorio.

La doña Marga no le hacía mucho caso, iba muy seria embutida en su disfraz de ancianita respetable y de vez en cuando me decía por lo bajo, qué pesadita es la pobre, y se encogía de hombros como queriendo expresar que no tenía remedio y que mejor era dejarla.

Me impresionó mucho ver al don Margarito, ha adelgazado tanto que apenas se lo reconoce, le asomaba por debajo de las sábanas una pierna como un palo, llevaba metidos por la nariz unos tubitos de goma para el oxígeno y pinchado en el brazo otro tubo muy largo conectado a una bolsa transparente. En ningún momento abrió los ojos. Creo que se está muriendo pero como no he visto morirse a nadie no estoy segura. Respiraba mal y eso dice la doña Repolluda que son los estertores.

No sé exactamente por qué, pero cuando dijo esa última palabra las piernas me empezaron a temblar y me tuve que sentar en un silla, también me entraron ganas de vomitar y me sentí igual de mal que cuando era pequeña y tenía gastroenteritis.

Resulta que soy una cobarde, nunca he visto morirse a nadie, ni siquiera he visto a nadie muerto, sólo a un perro que tuvimos antes que al Pancho. Le atropelló un coche. Tuvieron que darme una pastilla para dormir y me pasé una semana llorando. Pero entonces era una niña, se me podía disculpar.

Pensaba que iba a poder ayudar a la doña Marga a pasar el mal momento, pero más que una ayuda he sido un incordio. Casi que ha sido ella la que me ha apoyado a mí. Vete a casa tranquila, Eva, me ha dicho, a mí la muerte ya no me impresiona. Y se quedó tan serena cogiendo de la mano al don Margarito.

Ay señor, señor, qué cruces nos mandas, pero hágase tu voluntad, seguía la otra perorando cuando salí escopetada de ese cuarto. Me sentí muy rastrera al llegar a  la calle, muy esquirola y al mismo tiempo muy aliviada de ver el cielo azul y cada cosa en su sito, sin estertores.

Pero eso es porque soy una cobarde, ahora ya lo sé. Y algo tendré que hacer para remediarlo.