Día: 4 octubre, 2015

Sin saber ser nada más

Hay tardes de domingo que no saben ser más que tardes de domingo.
Envueltas en su piel dominical exhiben su cielo nublado y sus patios silenciosos, los periódicos del domingo desparramados sobre una mesa con las noticias echándose la siesta.

Y si se despega esa piel despacio para ver qué hay debajo lo que aparece es la piel exacta de otra tarde de domingo con su fútbol y su lavadora dando vueltas y la abuela tomando un poleo menta en la mecedora mientras las nubes pasan lentas, empachadas de domingo.

Hay tardes con incapacidad congénita para la variación y por mucho que se desempaqueten con ilusión esperando encontrar algo distinto debajo, a una capa sucede otra capa impregnada también del más tópico de los domingos.

Y sólo, a lo mejor, si se dice muchas veces su nombre o si se la observa muy de cerca, desmenuzándola, diviendo sus partes, puede que se anime a probar algo distinto, a dejar a un lado su soporífera esencia.

Pero es raro, porque esas tardes de domingo son muy obstinadas y vienen decididas a no salirse de sus marcos, firmes y bien delineadas sólo saben ser lo que son. No juegan, no se escurren, no se transforman. Tampoco hay que culparlas, es su naturaleza, no saben ni quieren ser nada más que tardes de domingo.

(Cuaderno de doña Marga)