Día: 22 octubre, 2015

El Jacobín cumple tres años

Ayer fue el cumpleaños del Jacobín y para festejar que ya lleva tres años en este mundo, su madre, con ayuda de la Poncho, le preparó una fiesta de no te menees.

Se ve que compiten entre las madres a ver quién hace la fiesta de más impacto, con la mejor decoración infantil, el motivo temático más original, las viandas más suculentas y las animaciones más originales. Digo yo que con juntar a unos cuantos niños y colocar en medio unas patatas, unas palomitas y una tarta con sus velas al final ya es suficiente, pero se ve que no estoy puesta en jolgorios infantiles.

La Patricia, supongo que por fomentar la sociabilidad del muchacho, invitó a toda la clase. Mucho antes de que llegaran los niños ya estaba el Jacobín sentado en mitad de la mesa, muy serio, como se pone él en los momentos críticos de su existencia y mirando en dirección a la puerta. No sé en qué estaría pensando pero a mí esa mirada me tenía un poco mosca.

Me hubiera gustado hablar con él para sonsacarle lo que me parecieron aviesas intenciones, pero no me dejaban parar trayendo y llevando bandejas y colgando globos, banderines, guirnaldas y abalorios diversos por todas partes. También tuve que poner una mesa llena de aperitivos y delicias para las madres que quisieran quedarse. La Poncho, agazapada en la cocina, se comió unos cuantos canapés prematuramente. Yo hubiera hecho lo mismo pero tenía las manos ocupadas.

En cuanto llegó el primer niño descubrí lo que había estado urdiendo elde los tres años: abandonó su posición en la mesa y se tiró al suelo a cuatro patas para hacer el dinosaurio. Y de ese papel no hubo quién lo sacara en toda la fiesta. Niño que entraba, niño al que rugía desafiante. Solo paró algún rato para descansar y para soplar las velas con otro rugido bastante estremecedor.

Pues mira por dónde tuvo éxito, muchos otros niños se tiraron también por los suelos y empezaron a dar zarpazos y a bramar o lo que quieran que hicieran esos bichos extinguidos. Los que no hacían el dinosaurio corrían sudorosos y enloquecidos por el pasillo, tres se hicieron pis encima y hubo muchas risas histéricas y lloros aterrorizados. Lo normal entre infantes.

A todo esto la Poncho aprovechaba el lío para ofrecer sus servicios a las madres. Se ofreció como doula, como pintora de retratos, como instructora de la danza del vientre y como asesora respiratoria. Qué tía y todo eso sin dejar de zamparse las delicattesen.

La Patricia no tenía muy buena cara, una madre experta se había sentado a su lado y le estaba narrando con todo lujo de detalles gore sus dos partos. Pobre, esas cosas no se le cuentan a una gestante avanzada.

Hoy el Jacobín está afónico, la Patricia lleva toda la mañana en la cama con dolor de cabeza y contracciones y yo no hago más que limpiar y recoger los destrozos de la onomástica. La Poncho ha puesto su música hindú y anda por aquí y por allí tan fresca moviendo brazos y caderas y devorando los restos. Las hay que se lo montan pero qué muy bien.

Y sin que tenga nada que ver con todo lo anterior, el don Margarito sigue muriéndose. Lo que le está costando, se ve que no es un hombre de muerte fácil.