Día: 23 octubre, 2015

Ventana abierta

Morir a veces es muy fácil, demasiado. Hay quién se muere sin motivo aparente, de golpe y casi sin enterarse, fulminado. Eso, siempre que no sea demasiado prematuro,  casi que es una suerte. Lo digo porque ahora que, muy a mi pesar, estoy contemplando el proceso del morir del don Margarito me doy cuenta de lo trabajoso, pesado y cansado  que puede llegar a ser marcharse de este mundo.

Es como si al hombre le hubieran dividido en dos, una parte de él quiere irse ya pero otra, muy peleona, quiere quedarse. En este caso ya se sabe quíén va a ganar y puesto que eso ya se sabe no entiendo porque no le pegan un empujoncito para que salte de una vez y la parte indecisa deje de hacer fuerzas innecesarias. ¿No ayudan a nacer a los niños y aceleran el proceso si detectan sufrimiento? Pues esto es lo mismo pero al revés.

La doña Marga también es partidaria del empujón y le ha pedido a la enfermera que le suba la dosis de morfina para acelerar el tránsito, pero la enfermera dice que ella no puede hacer eso sin el consentimiento del médico, que tiene que esperar a que venga, que ella es una mandada. La doña Repolluda, que viene todos los días, dice que será cuando tenga que ser, cuando le llegue el momento y cuando Dios quiera.

La doña Marga dice que Dios, caso de que exista, ni quiere ni deja de querer. Eso me parece a mí tambien porque si tuviera que ir por todas las camas donde se está muriendo gente decidiendo tú ahora sí, tú todavía no, espera que vienen muchos de golpe y no tengo sitio, ya hay vía libre, puedes pasar, pues sería más un controlador aéreo que un dios en toda regla.

El caso es que ya entro al cuarto sin que me dé miedo, ya me he acostumbrado a su respiración  dificultosa que era lo que más me impresionaba pero, por lo demás, no parece que se entere de nada, a lo mejor está soñando y solo espero que sus últimos sueños sean bonitos porque sería horrible que tuviera pesadillas y no lo supiéramos.

La doña Marga dice cosas raras, señala la bolsa transparente donde está metida la medicación que le ponen y que se conecta a su brazo con un tubo largo y dice que le parece que ahí está refugiada el alma a la espera de ser liberada. Yo no le llevo la contraria porque tampoco es  el momento de contradecirla. Además, ella sabe más de la muerte que yo, sabe más de todo que yo aunque también se inventa muchas cosas, las adorna, como si dijéramos.

Ella cree que el don Margarito morirá un amanecer de estos, dice que es una costumbre familiar, marcharse justo cuando empieza el nuevo día, con esa luz que apenas existe todavía y que un pájaro se lo llevará en su pico. Igual por eso tiene siempre entreabierta la ventana de esa habitación, para que el pájaro pueda entrar.

Hoy la enfermera ha querido cerrarla porque decía que se estaba quedando helada pero le hemos dado una manta y la ventana ha seguido abierta. Ahora, de repente, me parece muy importante que nadie cierre la ventana.