Día: 4 noviembre, 2015

Dos amigas y un tren

Milagros y Candela se conocieron asomándose al balcón y así, con las vías del tren debajo y los tendederos delante, se hicieron amigas. Entonces eran jóvenes y tenían hijos pequeños. Ahora ya son viejas y viven solas pero el tren sigue pasando por debajo, hanciendo temblar las figuritas de porcelana de la vitrina de Milagros y la cristalería regalo de boda de Candela.

Cada tarde, a las seis, se asoman para saludarse.

¿Qué tal la pierna, Candela?, le pregunta Milagros.

La otra saca su flaca extremidad por los barrotes, como en el cuento de Hansel y Gretel, y se la muestra.

Mira, le dice enseñádole la piel amoratada.

Huy, madre, qué mala pinta, se compadece Milagros aunque, en realidad, no ve nada.

¿Y tus dolores?, le corresponde después.

Como Milagros no puede exhibirlos a través de los barrotes del balcón, ya le gustaría, se conforma con encogerse de hombros. Ahí siguen, dice sacudiéndose el delantal donde lleva prendida una pinza,

Tú y tus pinzas, le dice su amiga, ¿para qué te la has puesto esta vez?

Era para acordarme de algo que tenía que hacer pero ahora no sé qué. Bueno, ahí se queda, ya me acordaré.

Ya viene, anuncia Candela.

Siempre lo ves antes que yo, es por tu balcón que hace esquina.

El morro del tren asoma, las dos retroceden un poco mientras lo observan pasar con su gentes pequeñitas dentro.

Qué lleno viene hoy, grita Milagros.

Vibran las figuritas de porcelana, estremecidas. Tintinean las copas regalo de boda que nunca se usan, contentas de tener algo que hacer: un poco de ruido, sacudirse el polvo.

Bueno, pues un día más, dice Candela mirando cómo el tren desaparece tragado por el túnel.

Y uno menos, le contesta invariablemente Milagros tocándose la pinza roja prendida del delantal.

(Cuaderno de doña Marga)