Día: 29 noviembre, 2015

Sala de espera

La pared está pintada de un verde tan desvaído que parece gris, con una franja en medio que también parece gris porque lo es. No es una pared que anime a la salud y al buen humor pero la miramos. También la puerta donde hay un nombre escrito y un número, como si por clavar los ojos se fuese a abrir antes. Pero la puerta, de momento, no se abre.

Seguimos mirando a la pared verde gris y a la puerta y también nos miramos entre nosotros más por aburrimiento que por verdadero interés y tambien por desconfianza, alguien puede querer colarse y eso sí que no.

La mujer que se ha volcado encima todo el joyero mira de reojo a la que huele a ambientador de cine antiguo, la que huele a ambientador de cine antiguo observa al hombre de la cara de pena con una escayola en la pierna y el de la cara de pena escayolado mira a las dos que vienen juntas. Una le acaba de decir a la otra: desde que cumplí cincuenta me he vuelto más lenta, antes hacía todo en un pis pás. Ahora todos miramos a a que se ha vuelto lenta.

Puede que no sea competencia si se abre la puerta como tampoco el de la pierna escayolada, pero no hay que fiarse. La del joyero volcado encima no se fía, por eso se tensa en el asiento, se inclina un poco hacia delante, como si fuera a saltar  sobre una presa y se aferra al papel donde está escrita su hora de cita.

¿Han llamado ya?, pregunta con inquietud la que huele a cine. ¿Usted que hora tenía?, le contesta con otra pregunta la del joyero. No hay respuesta, no se da información al enemigo. El de la pena sigue mirando a la pared, está tan verde gris como ella. La puerta, pese a los ruidos de sillas arrastrándonse que anuncian una apertura inminente, permanece cerrada. La lenta narra una receta a su acompañante: le pongo ajito picado todo por encima, así, y hace el gesto de espolvorear muy despacio, es verdad que es lenta. Y pesada.

Yo no sé qué le estará contando, dice la del joyero volcado, lleva dentro ni se sabe, hay gente que no se da cuenta de lo que se tiene que dar. La del olor a cine asiente ceñuda pero no secunda el conato de rebelión porque de nuevo se oyen ruidos dentro, tal vez la puerta se abra y la aliada se convierta en enemiga.  Tensión en la sillas.

La puerta se abre, el hombre abusón se marcha, el médico se asoma y lee aburrido una ristra de nombres. El de de cara de pena entra arrastrando la escayola, triunfador sobre el resto. Nos quedamos de nuevo frente a  la pared verde que parece gris con su franja gris que es gris. Mirándonos de vez en cuando con recelo aunque menos que antes porque ya sabemos el turno de cada uno, deseosos de entrar para hablar de nosotros mismos,  de nuestros queridos cuerpos, sin los que no somos nada ni nadie, esos que se vuelven lentos, esos que, a veces, traicioneros, sin importarles nada todos nuestros desvelos para con ellos, van y se paran.