Sala de espera

La pared está pintada de un verde tan desvaído que parece gris, con una franja en medio que también parece gris porque lo es. No es una pared que anime a la salud y al buen humor pero la miramos. También la puerta donde hay un nombre escrito y un número, como si por clavar los ojos se fuese a abrir antes. Pero la puerta, de momento, no se abre.

Seguimos mirando a la pared verde gris y a la puerta y también nos miramos entre nosotros más por aburrimiento que por verdadero interés y tambien por desconfianza, alguien puede querer colarse y eso sí que no.

La mujer que se ha volcado encima todo el joyero mira de reojo a la que huele a ambientador de cine antiguo, la que huele a ambientador de cine antiguo observa al hombre de la cara de pena con una escayola en la pierna y el de la cara de pena escayolado mira a las dos que vienen juntas. Una le acaba de decir a la otra: desde que cumplí cincuenta me he vuelto más lenta, antes hacía todo en un pis pás. Ahora todos miramos a a que se ha vuelto lenta.

Puede que no sea competencia si se abre la puerta como tampoco el de la pierna escayolada, pero no hay que fiarse. La del joyero volcado encima no se fía, por eso se tensa en el asiento, se inclina un poco hacia delante, como si fuera a saltar  sobre una presa y se aferra al papel donde está escrita su hora de cita.

¿Han llamado ya?, pregunta con inquietud la que huele a cine. ¿Usted que hora tenía?, le contesta con otra pregunta la del joyero. No hay respuesta, no se da información al enemigo. El de la pena sigue mirando a la pared, está tan verde gris como ella. La puerta, pese a los ruidos de sillas arrastrándonse que anuncian una apertura inminente, permanece cerrada. La lenta narra una receta a su acompañante: le pongo ajito picado todo por encima, así, y hace el gesto de espolvorear muy despacio, es verdad que es lenta. Y pesada.

Yo no sé qué le estará contando, dice la del joyero volcado, lleva dentro ni se sabe, hay gente que no se da cuenta de lo que se tiene que dar. La del olor a cine asiente ceñuda pero no secunda el conato de rebelión porque de nuevo se oyen ruidos dentro, tal vez la puerta se abra y la aliada se convierta en enemiga.  Tensión en la sillas.

La puerta se abre, el hombre abusón se marcha, el médico se asoma y lee aburrido una ristra de nombres. El de de cara de pena entra arrastrando la escayola, triunfador sobre el resto. Nos quedamos de nuevo frente a  la pared verde que parece gris con su franja gris que es gris. Mirándonos de vez en cuando con recelo aunque menos que antes porque ya sabemos el turno de cada uno, deseosos de entrar para hablar de nosotros mismos,  de nuestros queridos cuerpos, sin los que no somos nada ni nadie, esos que se vuelven lentos, esos que, a veces, traicioneros, sin importarles nada todos nuestros desvelos para con ellos, van y se paran.

 

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42 comentarios en “Sala de espera

  1. En las salas de espera nos pasa una vida, conocemos a todos los ejemplos posibles de personas, vemos todo el pantone de gris en sus paredes, en las conversaciones y hasta en los silencios…
    Me ha encantado como lo cuentas. Yo también casi he podido aburrirme con la lenta narrando su receta, mareada por el olor a cine desubicado y cegada por el brillo de unas joyas seguramente falsas.

  2. Las salas de espera en el médico son una fuente inagotable de cosas que postear, tuitear y relatar. Me da pereza infinita ir al médico pero, cuando voy, activo todos los radares en la sala de espera. Un besote!!!

  3. Excelente texto, donde no pasa nada, pasa de todo
    Durante tres meses, espere tres veces por semana, en un consultorio doble de acupuntologo
    No mas de media hora y otra media adentro
    Una vez vino una loca
    Otra vez imagine romances
    Otra me acompaño mi marido
    Otra ,me charlo la secretaria
    Nunca me aburri, me gusta observar
    Vos sos una experta

  4. Tal cual lo has descrito, tal cual es. Lo peor de todo es que me he dejado llevar a la sala de espera, al aburrimiento, a la observación de las situaciones, al mirar fijo una y otra vez la misma pared… Tienes el maravilloso poder de llevarme a los sitios de una manera genial 🙂

  5. Eva, no deja de asombrarme tu forma de contar. Como Edda dice más arriba es un texto en el que “no pasa nada”, pero es que lo de verdad fascinante es que puede pasar todo.
    Es genial cómo con una simple pincelada, abres la puerta a la imaginación del lector: “se le volcó encima el joyero”; “huele a ambientador”; “cara de pena”… y uno, sin quererlo, “ve” las vidas que esbozas. ¡Nunca me cansaré de decirte que escribes de lujo!

  6. Solo hay algo más deprimente que una sala de espera, y es una sala de espera vacía, en la que no espera nadie.
    (Bueno, una sala de espera en la que solo hay una persona también es bastante deprimente).

  7. Maldición… ¡qué bien has definido esa sensación de las salas de espera! También se parece un poco a la sensación de ir en el metro, el vagón muy lleno, deseándo coger un asiento. Y claro, miras desafiante, a ver si alguien se atreve a quitárte el próximo que se quede libre. Ya te imaginas 😛

  8. Genial, aunque yo las últimas veces que he estado, me ha parecido que con el fenómeno del teléfono como elemento de entretenimiento, han perdido mucho encanto para el observador….

      1. además siempre quedan los mayores que no han sucumbido: la señora del joyero encima, y la lenta con la amiga, y la del olor a cine, siguen tan vigentes y auténticas como siempre.

      1. Sí, y la del olor a cine… Jajaja… Es que me las he imaginado, una como la puerca de Juan Bobo (La puerca de Juan Bobo es un personaje de un cuento de un famoso cuentista puertorriqueño, que era un campesino que cuando iba al pueblo agarraba a la puerca y le ponía muchos adornos, desde entonces en Puerto Rico se acuñó la frase de “andas como la puerca de Juan Bobo” cuando alguien se echa el joyero encima). Así es que me imaginé a tu personaje igualito a la dichosa puerca. Y la del olor a cine…es que me dio el olor a palomitas de maíz con mantequilla…Me matas, Eva.

  9. Hace muchos años iba con un compañero al dentista. Había días que cedíamos la vez a tanta gente que, al final, no entrábamos y nos íbamos a tomar una caña. Los dentistas de entonces acojonaban mucho.

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