Mes: diciembre 2015

Salir, entrar o quedarse

¿Pero no os parece una tontería que se acabe hoy el año por decreto? ¿Y que nos pongamos muy contentos y expectantes como si algo distinto fuera a pasar o como si fuéramos a dejar atrás todo lo malo sólo por cruzar esa frontera artificial?

Nos gusta parcelar el tiempo, supongo que para que se nos haga más llevadero y para darnos la oportunidad de volver a empezar, de renovarnos, de hacer limpiezas, de hacer propósitos, de creer que la cosa, esa cosa que nos empuja y arrolla, puede mejorar.

No seré yo la aguafiestas que te diga hoy, precisamente hoy, que te relajes y no te hagas demasiadas ilusiones porque todo es uno y lo mismo da que se llame 2015 o 2016. Ponte si quieres el gorro de reno o el de árbol de Navidad, las gafas con el 2016 en purpurina, llénate de brillos y lentejuelas, cómete las doce uvas sin atrangatarte o súbete a la silla y salta. Que tanto si cumples con los ritos y los topicazos como si los ignoras tendrás días buenos, momentos gloriosos, ratos horribles, rachas espantosas, etapas de alegría y felicidad que tal vez no aprecies hasta que se acaben, instantes luminosos y lúgubres también. Y muchos días neutros, la mayoría.

O sí seré yo, Esmeralda, y te lo digo ya, antes de que se me llene la casa de familiares cansinos dispuestos a jorobarme las últimas horas del año viejo y las primeras del nuevo. Como alguno de ellos me suelte feliz salida y entrada, le agredo con el turrón duro que además es del año pasado. De dónde salimos y hacia dónde entramos me gustaría saber a mí. Tengo más bien la sensación de que nos quedamos en el mismo sitio pero igual sólo es una sensación y sí nos estamos moviendo.

Y con esta duda existencial me retiro pero antes cumplo el encargo de Eva que está en su pueblo de vacaciones, y quiere desearos a todos Feliz año nuevo. Pues si ella lo dice y como este es su blog, que así sea.

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El mundo sin Martina

El mundo va a ser igual sin Martina, que acaba de morirse justo ahora que acaba el año. Parece que hubiera dicho, otro año más, no, basta, he tenido suficiente, me voy antes de que empiece de nuevo el lío. Pero no lo creo. A Martina le gustaba vivir. Le gustaba su patio con el castaño en medio y los gorriones alborotadores anunciando el fin del día y el principio del otro.

Le gustaba su cocina, sus cazuelas viejas, el plato de duralex con las rebanadas de pan tostado, le gustaba su diminuta virgen del Carmen incrustada en la pared y cubierta con un cristalito. Y su cama hundida por el centro con las sábanas de puntillas y en las almohadas las iniciales bordadas: M y P. Le gustaba P y cómo la miraba con amor después de sesenta años.

Le gustaba barrer, tender en la cuerda con vistas al monte y que vinieran los nietos con las novias y los bisnietos y sacarles la caja de los mantecados y mirar las fotos antiguas. Sentarse en la silla de plástico, debajo del geranio, con las manos sobre el delantal. Pensando. Pensando en todo lo que había vivido, en todo lo que había visto y en lo que vería todavía.

Y con ese aliciente, el de todavía ver un poco más, se fue a la cama: la televisión encendida, un partido de fútbol sonando de fondo, los comentarios de P. en voz alta, su tos, la osa mayor en una esquina del cielo, la helada empezando a caer. Se tapó hasta arriba y dulcemente, murió.

El mundo, indiferente, sigue igual sin Martina, pelo de algodón, ojos azules de muñeca, sigue con sus afanes de mundo avanzando hacia otro año como si no se hubiera dejado por el camino a alguien muy puro y bueno que contribuía, de forma tan humilde y sencilla, a mejorarlo desde su pequeño patio.

(Cuaderno de DM)

El belén de Pepe

En el belén de Pepe, que no se llama Pepe, no hay portal ni Virgen ni San José ni niño Jesús ni Reyes Magos ni pastorcillos ni mula ni buey. Pero sí hay una estrella despuntada que tiró a la basura un vecino las navidades pasadas.

Está colocada en todo lo alto, coronando el belén de Pepe que tal vez se llama Mohamed o Rachid aunque eso nadie lo sabe con certeza porque desde hace mucho tiempo para todos es Pepe, el portero del 52.

En el belén de Pepe vive un pollito de peluche en un columpio y unos duendes verdes enredan dentro de una gruta hecha con piedras. Hay palmeras en las esquinas, musgo, río de papel de plata y casitas de colores.

De lejos parece un belén tradicional, rodeado de espumillón y con un fondo de papel azul estrellado, pero cuando los vecinos se acercan a mirar a la ventana de la portería, donde Pepe, que no se llama así, lo ha colocado, descubren con asombro la ausencia de los personajes principales.

Demasiado tarde: la cara sonriente del portero, con sus espesos bigotes negros, se asoma por detrás. Es tan simpático que hay que soltar la propina y los vecinos la sueltan. El Pepe guarda su botín navideño debajo de las faldas de su mesa camilla. Mientras en las casas celebran la Nochebuena, Pepe-Mohamed cuenta billetes en su portería. Más que el año anterior, Alá es grande.

(Cuaderno de DM)

Lo que ha dicho la abuela

Cuando les dan las vacaciones les mandan durante el día a casa de la abuela. A su hermano le da igual porque él siempre lleva una pelota entre los pies y su juego siempre es el mismo. A casa de la abuela no le dejan llevar el balón bueno pero se conforma con una pelota blanda. Se coloca en mitad del pasillo y hace pases, regates, se tira goles a sí mismo, los para cuando hace de portero y no los para cuando hace de otro jugador, grita gol, gol, gooool, suda, salta, corre y retransmite esos partidos iditoas suyos como si fuera un periodista deportivo. Está loco. Ágata pasa mucho de él.

La casa de la abuela es aburrida aunque tiene cosas que le gusta mirar y tocar. Tiene esas muñequitas que se meten una dentro de la otra, dentro de ls otra, dentro de la otra y luego se sacan y se ponen en fila. La pequeña es pequeñísima. Con eso pasa un rato, más bien corto. También tiene encima de la mesa una caja de bombones solo que luego la abres y dentro están las cosas de coser: los dedales, las agujas, los hilos de muchos colores, los botones, tiras de tela, alfileres. Le da rabia el dibujo de los bombones de la tapa si luego dentro no están y por eso hace agujeritos con las agujas, por eso y porque ya se está empezando aburrir.

Merodea por los cuartos, abre todos los cajones, mira la ropa de los armarios, se mete debajo de la cama y se queda muy quieta. Está jugando a estar muerta, es más aburrido todavía que estar viva en casa de la abuela. Le pide a la abuela que le saque los juguetes de cuando era pequeña. La abuela protesta porque se tiene que subir a una escalera y sacarlos de la parte alta del armario y dice que le duele la espalda y que no está ella para esos trotes. Ágata no se lo cree, la espalda no duele porque es dura, solo duelen las cosas blandas, como la tripa.

Juega un rato con los cacharritos viejos de la abuela, finge que hace la comida con un poco de arroz de la cocina. Otra vez se aburre. La abuela está haciendo la comida de verdad y su hermano sigue metiendo goles y parándolos. No grites tanto, le dice de vez en cuando la abuela asomándose al pasillo, me tienes la cabeza loca. Y tú, ¿qué enredas de aquí para allá? No te entretienes con nada. Vete a darle un beso al niño Jesús.

Pues sí que tiene la cabeza loca de verdad, ¿cómo le va a dar un beso a un muñeco y además tan feo?, lleva una corona que pincha y le falta un dedo. Del dedo que le falta le sale un hierro. Está encima de un cojín más feo todavía que él, con espumillón alrededor porque es Navidad.

No sabe qué ha pasado pero se ha caído al suelo solo, si ella casi no lo ha tocado, ahora le falta también un pie y media nariz. Coño con los niños, ha dicho la abuela. La leche que os han dado, a ver si vienen ya vuestros padres, joder, que una no tiene edad. Todo eso ha dicho la abuela y ella no ha sido y su hermano ha metido otro gol. Se vuelve a jugar con las muñecas que se meten una dentro de otra y de otra y de otra. Las va sacando, las pone en fila, la abuela ha dicho coño, leche y joder. Que no tiene edad, qué tontería, si es la persona más vieja que conoce.

(Cuaderno de DM)

Tres estrellas

Me pongo los zapatos monótonos, el monótono abrigo y salgo a pisar las calles de la ciudad monótona. No es necesario el paraguas, la lluvia se ausentó como se ausentó el viento que agita hojas, papeles, ideas. En la ciudad monótona siempre luce un turbio sol.

Espero en la parada del autobús. Tarda. Espero monótonamente a que llegue con su cargamento de viejos monótonos que circulan de un lado a otro con su pase gratuito. Dentro de ese útero caliente recorro yo también la ciudad de los abrigos monótonos, de los zapatos monótonos, del asfalto monótonamente sucio.

Y mientras me bamboleo, caliente, entre toses y voces, sueño con salir de aquí, sueño con vivir cerca de un parque que no apeste a orines, con abrir la ventana y que me llegue un aroma distinto al del aceite rancio. Encima de una farola un mirlo se desgañita, quiere imponer su voz a la del coro de coches que, muy monótonos, transitan día y noche la ciudad monótona.

La de las colas, la de los apretones, la de la gente que mira hacia abajo, hacia el refugio que le ofrecen sus pantallas, la de los bares siempre llenos con sus televisores encendidos, la de las bolsas de plástico, la de las basuras en las esquinas, la de las monótonas palomas batiendo con grisura el cielo opaco.

Por la noche tres estrellas borrosas llevan años luz lanzando un mensaje de esperanza. Sí, hay algo más allá, algo grande y hermoso, algo que no es monótono ni nunca lo será. Pero los que duermen, duermen y los que no, están demasiado borrachos.

(Cuaderno de DM)

Monólogo de la Esme

Antaño, pero que muy antaño, por estas fechas caía nieve de los cielos. Me acuerdo unas navidades en casa de mi abuela en el pueblo, todos los niños pegados a la ventana mirando alucinados la avalancha de copos giratorios que se iban haciendo más y más grandes. Parecía que estábamos metidos en una bola de cristal.

Ahora sólo veo nevar en las películas americanas de la sobremesa mientras me quedo dormida en el sofá y en esas mismas bolas en los estantes de un chino mientras el chino me vigila con mirada aviesa. No sabe que estoy padeciendo un ataque de nostalgia y que necesito aplacarlo aunque sea con un asqueroso sucedáneo de plástico malo. Que no me voy a llevar nada de su tienda, esaborío, tampoco sabe lo que significa esaborío y así no hay quién establezca comunicación.

Llevábamos bufandas y guantes y gorros. Bueno, yo gorro no que siempre me han molestado, cabeza loca no quiere de eso. Hacíamos muñecos de nieve, con unos cartones nos tirábamos por la cuesta porque los trineos eran de niños ricos y nosotros éramos bastante paupérrimos, pero nos divertíamos mucho. Mi primo Chema le tiró una bola a mi hermana Rubi que casi la descalabra. Juegos inocentes, chica. Ese mismo primo, después de la cena de Nochebuena, se cogió una cogorza a base de beberse los culines que los mayores habían dejado en las copas, todo un clásico popular. Vomitó a los pies del árbol. Ahora es un abstemio que odia la Navidad, natural.

Los villancicos, cantados por los del pueblo con sus panderetas y sus botellas de anís el mono rascadas con un tenedor, resonaban por las esquinas. Qué coñazo daban las criaturas,pero aún así lo prefiero a los que oigo enlatados en el supermercado donde hago la compra. Olía a hoguera, a leña quemada, a invierno. Ahora solo huelo a tubo de escape.

Antaño, pero que bastante antaño, podías ponerte melancólica mirando caer la lluvia por la ventana y las gotas arrastrándose, escucharla desde la cama, qué placer, oler a tierra mojada. Paraguas, había paraguas y capuchas y charcos. El paraguas es muy útil como arma disuasoria en el transporte público, ahora, o me lío a bolsazos o tiro de codos, todo muy básico y nada elegante. Dónde esté una certera hincada de paraguas… Incluso podías poner a la lluvia de excusa para no hacer determinadas cosas. Hoy no, que llueve. La lluvia es una gran eximidora de obligaciones. Y un fenómeno exótico, a este paso.

Pero no sé a qué viene este ataque de remembranzas meteorológicas, parezco la abuela cebolleta y eso sí que no, creo que son estas fechas tan propicias a los recuerdos del ayer y a los aromas del hogar, eso era de un anuncio de jabón también bastante atávico, pero, hablando de fechas, todavía no he decidido el voto.

A ver, a ver, me he traído al quiosco las fotos de los candidatos y un rotulador rojo para ir tachando. Este no, tú tampoco, te tacho, toma tachón también para ti y para ti y…Anda, leches, si los he tachado a todos. Vuelvo a empezar, segunda vuelta: tú no, eso seguro, tú, tampoco, tú, hummm, no sé, venga a este no lo retacho. El caso es que le he oído decir “todos y todas”, se merece un retachón solo por eso. Claro, que si me pongo así de exigente me quedo descompuesta y sin novio.

Antaño, pero que muy antaño, me quedaba siempre sin novio porque a todos les encontraba defectos. Ahora me conformo con menos, ya sé que la perfección no existe. Debe de ser esa la clave del voto como la clave del amor maduro: elige al menos malo, Esme, y tira millas.

Vidas anteriores

La Morganina y la doña Marga ya se conocen y puedo decir que se han hecho bastante íntimas  a base de dormir juntas la siesta del carnero. Ayer la llevé a su casa para presentársela y  en cuanto enfilamos los baches se durmió beatíficamente en su carrito. Me daba miedo que se despertara con una de sus llantinas al cesar el movimiento, que es lo que suele suceder, y, aunque sí se despertó nada más entrar al piso de doña Marga, no lloró, estuvo desconocidamente tranquila y apacible, como si supiera que ahí no tenía que dar la lata.

La doña Marga se puso contentísima, se la puse en brazos y no paraba de mirarla y de tocarla con las puntas de los dedos como con miedo a romper tan delicada joya. No sabe ella que es una niña tirando a heavy metal. Estaban las dos como en trance, tan en trance que se quedaron dormidas. Se ve que la una necesita dormir para enfrentarse al mundo nuevo que le espera y la otra para irlo abandonando. Ninguna de las dos cosas es fácil.

Cuando nos fuimos la Morganina sí lloró y mucho, creo que tenía hambre porque ni los baches de vuelta consiguieron calmarla. La Noe dice que ese llanto no ha sido por hambre si no porque tiene serias sospechas de que esa niña es la reencarnación del don Margarito.

Está claro  -dice- que ese hombre se aburría entre las zarzas donde le dejó el pájaro y como sabía que iba a nacer una niña en la casa de enfrente, se escondería en el portal y se metería…bueno, no sé cómo se hace eso técnicamente hablando, pero lo hizo, por eso están las dos tan emocionadas la una con la otra. Son madre e hija, como si dijéramos.

Y como no me lo he creído y le he dicho que a mí eso de la reencarnación me parece un cuento indio, me ha sacado a relucir una página de internet donde, después de hacer un test, te dicen quién fuiste en tu vida pasada. Hemos hecho el test, la Noe con muchos nervios como si eso fuera el predictor, y resulta que ella fue una reina muy adorada por sus súbditos y yo  nada menos que William Shakhespeare.

Yo sí que tengo recuerdos de mi antiguo reinado, se pone así con cara catatónica. ¿Y tú de cuando escribías lo que escribías?, me pregunta completamente en serio. No precisa porque no se sabe el título de ninguna obra de Shakhespeare, en el colegio no estudiaba y se copiaba todos los exámenes.

¿Recuerdos?, yo ninguno, maja, ¿no ves que esto es una tontería?

Pues eso a lo mejor sí pero lo de la Morganina, no , yo ya lo había pensado, ¿no ves que fue morirse uno y nacer la otra?, me argumenta con mucho convencimiento.

Qué tonta es, pero si eso pasa en el mundo a cada minuto. Y encima la página web de las reencarnaciones nos ha lanzado una amenaza o maldición: que si no mandamos a todos nuestros amigos a visitarla, cosas terribles nos sucederán. La Noemi está asustadísima y ya se ha puesto a llamar a todas las del pueblo para que entren y hagan el test.

Digo, Noe, no mandes a tantas, a ver si resulta que ahora a otra también le sale que ha sido Shakhespeare, porque tantos personajes no pueden tener en la base de datos, que somos muchas amigas en el pueblo, y qué desilusión, me gustaba tener la exclusividad, mira por dónde.