Día: 3 diciembre, 2015

Grandes hazañas te esperan

Mira, qué mañana de llorar la Morganina. Ni para arriba ni para abajo ni de un lado ni del otro ni mamando ni después de haber mamado ni con el pañal limpio ni envuelta en una manta ni sin envolver ni en brazos ni sin ellos. Nada. Sin remedio.

Le hemos puesto la aspiradora, la lavadora, el secador de pelo. Es que la Salus ha leído no se dónde que a los bebés llorones les tranquilizan los sonidos blancos y esos son sonidos blancos, ya ves tú. Peor, más llantina. No le va el blanco. También le hemos puesto a Mozart, a los tertulianos de la radio, la músiquita del móvil de los planetas que tiene sobre la cuna, al Romeo Santos con Enrique Iglesias cantando Loco, el Hello de Adele. Ni por esas ni por ninguna.

La Salus, desesperada, la ha cogido en brazos en contra de sus principios educativos y la ha paseado por el pasillo, la hemos tumbado sobre el corazón de su madre para que escuche lo mismo que oía en el útero. Tampoco. Ella seguía llorando hasta amoratarse. Qué niña más apasionada, más volcánica, más tumultuosa.

Les he propuesto llevármela a la calle en su cochecito, bien abrigada, a ver si el paseo la calmaba. Creía que me iban a decir que no porque no les gusta que interfiera en la crianza, pero estaban tan hartas de oír ese llanto que han dicho sí, bueno, un ratito, prueba.

He probado, al principio muy mal, seguía llorando y la gente me miraba como si yo fuera una maltratadora infantil en serie, algunas señoras me daban consejos o hacían sus apuestas: tendrá hambre, tendrá sueño, tendrá fiebre, tendrá gases. Una, más tecnológica que las otras, me ha sugerido que me bajara una app que traduce el llanto y te dice, en menos de un clic, qué le pasa al infante berreón.

Hasta yo que soy más bien templada y no me altero con facilidad me estaba poniendo nerviosa, pero un bache ha venido a salvarme. Sí, un bache de la acera, había un adoquín un poco levantado y el carrito ha pegado un bote. Al instante la Morganina se ha callado. Hemos vuelto al terreno liso: ha vuelto a llorar. He visto más desniveles, por allí que la he metido, cuanto más brusco llevaba el carrito más se relajaba ella.

He llegado hasta el parque, hay un camino sin asfaltar, lleno de pedruscos y otros obstáculos. Al tercer meneo violento del carro ha cerrado suavemente los ojos y se ha dormido. Está claro, es una niña de emociones fuertes, necesitada de sus dosis de adrenalina diaria. Mientras la llevaba de regreso a su hogar me la he imaginado de mayor  haciendo todo tipo de actividades intrépidas: puentig, descenso de ríos bravos, espeleología científica, reporterismo de guerra…creo que le esperan grandes hazañas. Sí, estoy segura.