Día: 5 diciembre, 2015

Dos locas

En el barrio viven dos locas, una sabe que lo está, la otra creo que no. La primera, que se llama Cecilia, trata de vestirse sin llamar la atención, de normalizarse a través de sus ropas. Lleva anodinos pantalones grises o un vaquero, una chaqueta azul por arriba, unos zapatos discretos, ni feos ni bonitos. La mezcla podría dar un resultado normal pero da un resultado raro, de loca que intenta disimular. Puede que sea por su manera de moverse, esquiva, huidiza, o por esa bolsa que siempre lleva al hombro donde guarda cosas, tesoros que rescata de los contenedores, colillas que luego se fuma sentada en un banco. Ya nadie se sienta en los bancos, hay pocos y no parecen puestos para sentarse sino como un adorno o vestigio de una calle de otros tiempos.

Es de locos sentarse a pasar el rato, pero ella no lo sabe, si lo supiera no lo haría, no le gusta hacer cosas de loca ni que le vean hacerlas,  cree que es normal sentarse durante horas a mirar sus guarrerías del interior de la bolsa, a fumar sus colillas, a reírse sola de la gente que pasa. A veces suelta un insulto pero lo hace en voz baja, con recato de loca que se oculta. También lee un periódico, siempre el mismo, un periódico amarillento que luego dobla y guarda en la bolsa de los tesoros. Está loquísima y como no quiere que nadie lo sepa, se relaciona poco, casi nada. Algún saludo breve de medio lado y se esconde rápido tras su flequillo, poco más.

La otra loca, la que ignora que lo está,  se llama Cristina y es muy sociable. A todas horas se pasea por las calles con su trepador moño pelirrojo  cuajado de horquillas y pasadores, con sus pañuelos de colores, con sus vestidos de estampados imposibles y su tintineo de pulseras, pendientes y collares. Todo lo que lleva encima es grande, llamativo y sonoro porque no sólo no se averguenza de su locura si no que la  exhibe. Le gusta sentarse en las terrazas a hacer cosas atípicas como bordar en un bastidor ayudada de una lupa enorme, leer en voz alta poesías dementes, levantarse las faldas y poner al sol las pellejosas piernas rematadas por calcetines de lunares o hacer extraños ejercicios gimnásticos.

Constantemente agita los brazos saludando a todos, a los que conoce y a los que no, se mete sin permiso en las conversaciones ajenas, discute, polemiza, se enfada hasta la indignación de cosas que solo ella comprende y después se carcajea. Probablemente está tan loca que ni siquiera sospecha que lo está y si lo sabe, disfruta de su condición.

Cecilia la odia. Si la otra le saluda y, siempre lo hace,  ella se cambia de acera, horrorizada de que alguien las pueda relacionar, menea la cabeza con pena y llevándose un dedo a la sién indica a quién mire lo que opina al respecto.

(Cuaderno de doña Marga)