Dos locas

En el barrio viven dos locas, una sabe que lo está, la otra creo que no. La primera, que se llama Cecilia, trata de vestirse sin llamar la atención, de normalizarse a través de sus ropas. Lleva anodinos pantalones grises o un vaquero, una chaqueta azul por arriba, unos zapatos discretos, ni feos ni bonitos. La mezcla podría dar un resultado normal pero da un resultado raro, de loca que intenta disimular. Puede que sea por su manera de moverse, esquiva, huidiza, o por esa bolsa que siempre lleva al hombro donde guarda cosas, tesoros que rescata de los contenedores, colillas que luego se fuma sentada en un banco. Ya nadie se sienta en los bancos, hay pocos y no parecen puestos para sentarse sino como un adorno o vestigio de una calle de otros tiempos.

Es de locos sentarse a pasar el rato, pero ella no lo sabe, si lo supiera no lo haría, no le gusta hacer cosas de loca ni que le vean hacerlas,  cree que es normal sentarse durante horas a mirar sus guarrerías del interior de la bolsa, a fumar sus colillas, a reírse sola de la gente que pasa. A veces suelta un insulto pero lo hace en voz baja, con recato de loca que se oculta. También lee un periódico, siempre el mismo, un periódico amarillento que luego dobla y guarda en la bolsa de los tesoros. Está loquísima y como no quiere que nadie lo sepa, se relaciona poco, casi nada. Algún saludo breve de medio lado y se esconde rápido tras su flequillo, poco más.

La otra loca, la que ignora que lo está,  se llama Cristina y es muy sociable. A todas horas se pasea por las calles con su trepador moño pelirrojo  cuajado de horquillas y pasadores, con sus pañuelos de colores, con sus vestidos de estampados imposibles y su tintineo de pulseras, pendientes y collares. Todo lo que lleva encima es grande, llamativo y sonoro porque no sólo no se averguenza de su locura si no que la  exhibe. Le gusta sentarse en las terrazas a hacer cosas atípicas como bordar en un bastidor ayudada de una lupa enorme, leer en voz alta poesías dementes, levantarse las faldas y poner al sol las pellejosas piernas rematadas por calcetines de lunares o hacer extraños ejercicios gimnásticos.

Constantemente agita los brazos saludando a todos, a los que conoce y a los que no, se mete sin permiso en las conversaciones ajenas, discute, polemiza, se enfada hasta la indignación de cosas que solo ella comprende y después se carcajea. Probablemente está tan loca que ni siquiera sospecha que lo está y si lo sabe, disfruta de su condición.

Cecilia la odia. Si la otra le saluda y, siempre lo hace,  ella se cambia de acera, horrorizada de que alguien las pueda relacionar, menea la cabeza con pena y llevándose un dedo a la sién indica a quién mire lo que opina al respecto.

(Cuaderno de doña Marga)

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30 comentarios en “Dos locas

  1. Yo conozco a un muchacho, él estaba un poquito loco. No era una locura peligrosa, era más bien ese tipo de locura incomoda que tenemos todos pero nos ayuda a ser diferentes los unos de los otros. Un día esa locura avergonzó a su madre, la mujer (que también estaba un poquito loca) lloró durante días (síntoma de su pequeña locura).
    Así que el muchacho decidió suprimir su propia demencia, no es como tu Cecilia que se esconde y trata de ser normal, nuestro joven se comporta promedio, de esa forma que solo se puede obtener después de un análisis meticuloso de la normalidad, el tipo es tan promedio que la gente sospecha locura, pues nadie en sus sano juicio puede ser tan simple.
    Pero esa locura sigue creciendo, acumulada cual tumor oculto debajo de un diente, ocasionalmente el muchacho purga un poco de locura, lo hace en lugar donde nadie lo conoce y no pueden identificarlo.
    Pero un día sucede algo horrible, la locura ya no está, ha desaparecido de su organismo. El joven ahora se sabe un loco, pues ha extraviado su locura original y la ha remplazado por el miedo a una creatura que proviene de los desvaríos de su propia mente.
    Me siento mal por él. Pero me siento peor por la locura huérfana que busca un lugar donde vivir.

    1. Me ha encantado tu comentario/relato. Por la locura huérfana no te preocupes, encontrará otro lugar donde acomodarse, hay muchos rincones vacíos que ocupar. Por el muchacho un poco más, nunca hay que esconder lo que nos es propio por mucho que las madres, los padres, los maridos o las suegras lloren. Además, ¿quién no está loco? Y, ¿qué es la normalidad?

    1. Es que las dos están locas solo que una lo sabe o lo intuye y no quiere que se le note y la otra no tiene ni idea de lo loca que está. Por eso la primera la rehúye porque se ve reflejada y no le gusta. Un poco lío, ¿no?

  2. Mi padre, cuando yo era pequeña, me decía: “Hija mía, debes saber que el mundo se divide en dos clases de personas: los chalaos y los chalaos perdíos.” Cuando era pequeña me hacía reír mucho cuando me lo decía; con el tiempo he descubierto la gran sabiduría que escondían sus palabras.

      1. También me decía: “no están todos los que son, ni son todos los que están” Me juraba y perjuraba que era obligación poner esta frase a la entrada de todos los manicomios y yo lo creí a pie juntillas durante mucho tiempo 😀 😀 😀

  3. Pues yo soy más como Cristina, menos en lo de los collares y las pulseras. Pero vamos, que tampoco sé si estoy loca o no. ¿Dónde está el baremo? A la inteligencia le llaman locura, al diferente le llaman loco….Dejemos que la locura sea sólo un concepto médico, al que hay que respetar.
    Por lo demás……que cada uno haga y deshaga sin molestar al resto. A mí la gente correcta y cuerda hasta el extremo me aburre sobremanera.

    1. Si la que me haces pensar eres tú a mí. Cecilia odiaba a Cristina porque se veía reflejada y eso la asustaba. Y para las otras preguntas no tengo respuesta. Gracias por el comentario, Henar.

  4. Si uno es consciente de que está loco, no puede estar tan loco.
    Pero si uno está loco y no es consciente de ello, eso no le exime de estar loco.
    Como la mayoría de las personas no nos tenemos por locas, eso no es garantía ninguna de que no lo estemos. Nunca podremos estar seguros.

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