Día: 7 diciembre, 2015

Vero, el gato y yo

Al empezar septiembre nos mudamos a un barrio muy feo. A mi familia le gustaba. Veníamos de otro barrio peor, mal comunicado, lejos del centro, sucio. En comparación habíamos mejorado y por eso el barrio feo nos tenía que gustar. A mí no y lo dije.

A ésta no le gusta nunca nada, dijeron  mis padres señalándome con la barbilla y se pusieron a hablar de las ventajas del nuevo barrio. Das una patada y salen diez supermercados, dijo mi madre. Y la de bares, dijo mi padre. Tú siempre pensando en beber, dijo ella. Y mira qué vistas, dijeron los dos y nos empujaron a mi hermano y a mí hacia la ventana.

No se ve nada, nada interesante, dije yo. Era verdad, sólo se veía  enfrente una casa como la nuestra, una gasolinera y abajo, muy al fondo, un arbolito fuera de lugar.

No os asoméis, idiotas, ¿queréis acabar como el primo Linito? Siempre nos hablaban de ese primo, muerto a los tres años al caerse por una ventana. Pero si yo ya tenía catorce y estaba harta de esa historia. A mi hermano todavía le asustaba y retrocedió.

Lo que ellos llamaban vistas no me interesaba pero así, asomada a la ventana, conocí a Vero y nos  hicimos amigas. Ella también estaba asomada a su ventana, justo encima de la gasolinera y debajo del cartel donde estaba escrito “Detectives”, sin que fuera nada misterioso, allí nada lo era.

A ella tampoco le gustaba el barrio. De mayores no viviríamos ahí, eso fijo.  Mientras tanto, deambulábamos por sus calles y nos reíamos. La mayor parte del día era eso lo que hacíamos: andar, mirar y reírnos. A veces, nos reíamos tanto que nos dolía la risa.

Vero era muy guapa, tenía una madre también muy guapa que nos observaba como si le diéramos pena o le pareciéramos tontas o las dos cosas a la vez, un gato llamado Pipas y un padre que había desaparecido.

Ojalá desapareciera también el mío y mi madre y las palomas grises y la tienda horrorosa llamada el Palacio de las Camisas y los supermercados y los bares con sus  bocadillos de calamares pegados al cristal y el pasadizo de los mendigos, dije yo de repente. Ojalá desaparezca todo y solo quedemos tú, Pipas y yo. Y alrededor, nada.

Entonces nos dio la risa, un ataque tan fuerte que parecía que nos íbamos a ahogar, un ataque de los buenos. Hasta que se nos pasó y seguimos dando vueltas por las calles del barrio como si sólo estuviéramos allí de paso. Y así era.

Hace poco volví al barrio, seguía más o menos igual de feo,  hasta el cartel que anunciaba detectives estaba en la ventana, solo que más sucio y sin la ese final. De los bares salía olor a calamares fritos, estaban las palomas , el pasadizo de los mendigos,  la gasolinera y  encima la ventana de Vero, sin Vero. En el escaparate del “Palacio de  las camisas” habían escrito con pintura blanca, “liquidación por cierre”. Me entró nostalgia.

(Cuaderno de doña Marga)