Vero, el gato y yo

Al empezar septiembre nos mudamos a un barrio muy feo. A mi familia le gustaba. Veníamos de otro barrio peor, mal comunicado, lejos del centro, sucio. En comparación habíamos mejorado y por eso el barrio feo nos tenía que gustar. A mí no y lo dije.

A ésta no le gusta nunca nada, dijeron  mis padres señalándome con la barbilla y se pusieron a hablar de las ventajas del nuevo barrio. Das una patada y salen diez supermercados, dijo mi madre. Y la de bares, dijo mi padre. Tú siempre pensando en beber, dijo ella. Y mira qué vistas, dijeron los dos y nos empujaron a mi hermano y a mí hacia la ventana.

No se ve nada, nada interesante, dije yo. Era verdad, sólo se veía  enfrente una casa como la nuestra, una gasolinera y abajo, muy al fondo, un arbolito fuera de lugar.

No os asoméis, idiotas, ¿queréis acabar como el primo Linito? Siempre nos hablaban de ese primo, muerto a los tres años al caerse por una ventana. Pero si yo ya tenía catorce y estaba harta de esa historia. A mi hermano todavía le asustaba y retrocedió.

Lo que ellos llamaban vistas no me interesaba pero así, asomada a la ventana, conocí a Vero y nos  hicimos amigas. Ella también estaba asomada a su ventana, justo encima de la gasolinera y debajo del cartel donde estaba escrito “Detectives”, sin que fuera nada misterioso, allí nada lo era.

A ella tampoco le gustaba el barrio. De mayores no viviríamos ahí, eso fijo.  Mientras tanto, deambulábamos por sus calles y nos reíamos. La mayor parte del día era eso lo que hacíamos: andar, mirar y reírnos. A veces, nos reíamos tanto que nos dolía la risa.

Vero era muy guapa, tenía una madre también muy guapa que nos observaba como si le diéramos pena o le pareciéramos tontas o las dos cosas a la vez, un gato llamado Pipas y un padre que había desaparecido.

Ojalá desapareciera también el mío y mi madre y las palomas grises y la tienda horrorosa llamada el Palacio de las Camisas y los supermercados y los bares con sus  bocadillos de calamares pegados al cristal y el pasadizo de los mendigos, dije yo de repente. Ojalá desaparezca todo y solo quedemos tú, Pipas y yo. Y alrededor, nada.

Entonces nos dio la risa, un ataque tan fuerte que parecía que nos íbamos a ahogar, un ataque de los buenos. Hasta que se nos pasó y seguimos dando vueltas por las calles del barrio como si sólo estuviéramos allí de paso. Y así era.

Hace poco volví al barrio, seguía más o menos igual de feo,  hasta el cartel que anunciaba detectives estaba en la ventana, solo que más sucio y sin la ese final. De los bares salía olor a calamares fritos, estaban las palomas , el pasadizo de los mendigos,  la gasolinera y  encima la ventana de Vero, sin Vero. En el escaparate del “Palacio de  las camisas” habían escrito con pintura blanca, “liquidación por cierre”. Me entró nostalgia.

(Cuaderno de doña Marga)

22 comentarios en “Vero, el gato y yo

  1. ¡Aings!, los recuerdos que te asaltan y te golpean allí donde más duele. No hace mucho pasé por el barrio de mi infancia y me sentí un poco como en tu relato. El tiempo había dejado cicatrices en todos los rincones y me sentí muy extranjera en medio de lo que una vez fuera tan familiar.
    Esta doña Marga tiene la especialidad de remover el guiso de mis recuerdos 😉

      1. 🙂 Y con su sal y sus especias únicas. Aromas de otros tiempos que se elevan de la cocina del alma.

  2. A pesar de que a veces queremos salir huyendo de un lugar, siempre dejará una huella en nosotros. Nuestras vidas no hubieran sido lo mismo sin ese lugar que en su momento detestamos, y el lugar (que tal vez también nos detestase a nosotros) tampoco hubiera sido el mismo sin nuestra presencia.

    Besotes!!!

  3. Lo que más me extraña -e inquieta- cuando nos dejamos caer -de manera bastante irresponsable- por los lugares en los que nos hemos criado, es volver a ver a la gente que se quedó en el barrio.
    No quedan muchos, y son como fantasmas -bastante deteriorados- del pasado. No corremos a saludarlos. Preferimos pasar de largo y hacer como si no los hubiéramos visto.
    No sé si ellos nos habrán reconocido.

  4. Ay, a los 14, no quisieramos que nadie quede vivo, mas que nuestra amiga y nosotros
    Nuestra tonta, torpe, maniaca risa adolescente nos sale de lo ms profundo,nos revuelca Recuerdo a mi amiga orinandose de risa, epoca de polleras amplias a la rodillas , suplicandome,- basta, no digas mas no sigas._.y yo continuando implacable, como solo se puede ser a esa desdichada edad.,que sin embargo añoramos
    Doña Marga te nombro La Poderosa, tienes el don de devolverme al pasado…Al pasado que crei tan tan atras, tan terminado
    Eres como un perfume Doña Marga

    1. Edda, tú siempre entiendes muy bien a doña Marga y además le añades algo propio a lo que ella cuenta. Por eso le gustan tanto tus comentarios y tenerte como lectora. El poder es compartido.

  5. Este relato me ha recordado a una peli que se llama “Medianeras”. Es maravilloso cómo las miradas pueden reconstruir un barrio caduco.

  6. He ido perdiendo muchos recuerdos con el paso de los años, pero no los del barrio y en concreto a algunos personajes que entonces me atormentaban, veo todos sus gestos y escucho sus frases. Era como un microuniverso mafioso dominado por un “padrino”, sensaciones que nunca tuve de mayor (gracias a quien proceda)

    1. Todo impresiona más con pocos años y se queda más grabado. Supongo que es por la novedad, la inexperiencia y la falta de defensas propia de la edad. Por suerte nos vamos inmunizando.

  7. Una vez oí una canción que decía algo así como: “… y en los sitios donde solía encontrar placer, sólo encontré dolor…”
    Puede que fuera de Leonard Cohen aunque no sé, porque era un copión de García Lorca.

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