Fumar y besar

Mariela no era española y era mayor. Mariela tenía un novio y sabía besar con lengua, también sabía fumar. Mariela nos llamaba de usted. Ustedes son unas panolis, muchachas, ustedes tienen que espabilar, la Mariela ya les va a mostrar cómo. Mariela hablaba de sí misma en tercera persona y eso, sumado a sus otras admirables características, era muy impresionante.

Como aula escogió el parquecillo donde algunas tardes íbamos a hablar y a reírnos. Se sentó en un columpio y nosotras debajo, en la arena y empezó la clase teórica. Cuando besen a un muchacho hagan así, nos dijo. Abrió la boca y sacó la lengua. ¿Vieron?, se besa haciendo esto.Y movió la lengua para los lados, hacia arriba y hacia abajo, en círculos. Hicimos lo mismo, no parecía tan difícil pero no podía saberse sin otra boca para probar. De momento, no teníamos ninguna disponible y las que sí lo estaban nos daban asco y eso era un problema porque Mariela acababa de decirnos que hasta que no hubiéramos besado seguiríamos siendo unas panolis.

Tal vez podíamos serlo un poco menos si nos enseñaba a fumar. Sacó del bolso -llevaba bolso y eso era otro rasgo inequívoco de superioridad-  un paquete de tabaco rubio y un mechero y se encendió un pitillo. Expulsó el humo hacia el cielo con gran profesionalidad, dio unas cuantas caladas más, seguidas de elegantes expulsiones, y, tras esa demostración, nos explicó cómo teníamos que tragarnos el humo.

Fumar era más divertido que besar al aire, pese a las toses y a lo malo que sabía. No es que nos gustara especialmente pero si fumábamos tendríamos más bocas disponibles, eso era así, Mariela lo afirmaba. Fumen, chicas, fumen y verán, nos dijo sacudiéndose los pantalones y levantándose para marcharse. Se fue como muy digna maestra lanzándonos la dádiva de dos cigarros  y el columpio se quedó vacío, moviéndose solo.

Nos fumamos otros dos por acelerar el proceso. Esta vez tosimos menos, un poco con el primero y casi nada con el segundo. Nos miramos contentas y empezamos a mover las lenguas en el aire, muy aplicadas, no se nos fuera a olvidar el mecanismo. Teníamos que dejar de ser panolis.

(Cuaderno de doña Marga)

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44 comentarios en “Fumar y besar

  1. Yo tenía una “Mariela ” en mi clase. Qué será de ella??? A mí me da tanto asco el tabaco que no he provado uno en mi vida. Y lo de los besos…en fin….yo aprendí con modelos auténticos. (y no me refiero a modelos por lo guapos….que ha ahbido de todo en la viña del Señor) jajajajja

  2. Dulcisimo , candor, inocencia y fe en la iniciadora
    A mi nunca me gusto fumar pero me insistieron tanto que fume y fume y fume y fume..yo si lo hago, lo hago
    Un buen dia lo deje.Por suerte sigo besando

  3. A mí la tal Mariela no me acaba de gustar, pero… yo fumé y fumé y luego dejé de hacerlo. Besar pues ya es otra cosa, me refiero a dejarlo ¡Claro! 😉 😉
    Besetes cariñosos, Eva y otros para Doña Marga.

      1. Ahora, mi amiguita no estaba tan lejos de la verdad… Si te has chupado un hueso de chuleta bien sabrosito, seguro que es como dar un beso de lenguetazo…

  4. ¿Por qué creeremos que fumar es algo que te hacer parecer menos panoli?. Pensándolo bien, es justo al contrario. Quemas algo asqueroso, lo chupas, tragas el humo, huele mal y encima cuesta dinero. Parece más una penitencia que una exhibición de poderío. Siempre hubo amigas que quisieron convencerme, pero preferí seguir siendo una panoli. Ser panoli no está mal.

  5. Yo aún recuerdo el sabor asqueroso de mi primer cigarrillo 😀 😀 😀 Y también recuerdo el sabor del primer beso y las mariposas aleteando en la barriga y aunque no tomé clases con Mariela, fue una experiencia religiosa 😀 😀 Lo primero lo abandoné no hace demasiado. Lo segundo espero no abandonarlo jamás 😉

  6. Las Marielas que tuve en mi vida me retocaban los besos, los readaptaban, al final no sé cómo son. Ahora ya solo doy besos serenos, sosegados. En cuanto al tabaco, lo he vencido, creo que definitivamente, agg.

  7. No sé por qué tu relato, que me ha gustado, me ha recordado un ansia similar siendo yo un quinceañero.
    Fuimos los tres amigos a Salamanca, Allí nos nos conocía nadie. Buscamos la zona de las prostitutas y entramos en un bar. Estaba lleno de mujeres. Nos cortamos al instante.
    Manolo, el más solvente, se dirigió al camarero.
    -¿Oye, a cómo está la carne? -dijo con un aire chulesco de entendido.
    El camarero hizo un gesto hosco y un macarra se aproximó a nosotros.
    -Largaros de aquí que sois menores.
    Ninguno nos atrevimos a rechistar.
    Al salir por la puerta una de las mujeres, de opulento pecho, que estaba junto a ella, a mí que era el último en salir en fila, me dio suavemente con las tetas al pasar y dijo con mucho cachondeo:
    -Adiós, cachorrillos.

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