Día: 13 diciembre, 2015

Días losa

Hay días en los que lo único que quieres es esconderte del propio día, que no te vea, que te ignore y, con suerte, se olvide de ti. Pero si es un día losa, estás perdido. Esos días vienen dispuestos a aplastarte, ese es su cometido y lo cumplen a la perfección.

Si por algo se caracteriza un día losa es por no olvidar, por no despistarse, por no irse por las ramas. Los días losa son plomíferos y como casi todo lo plomífero no conocen la evasión.

Escapar de un día losa es imposible, siempre te acaba encontrando y se te echa encima, agobiante, o se apoya en tu espalda y desde ahí, bien aposentado, haciendo descansar todo su peso, que es mucho, sobre tu cuerpo, se dedica a disfrutar de la liviandad, a hacer pasar sus horas, con calma de día losa, silbando tranquilamente o entonando aburridas cancioncillas, mientras tú cargas con él.

Cuesta atravesar el día losa con el propio día losa encima. Querrías tirarte sobre la acera, con lo sucia que está, abandonar la lucha y que te barran como a las hojas.  Te sacudes, te estiras, te mueves para ver si se desprende. El día losa es tozudo y cabezón, más que tú.

Admítelo, te puede. Lo vas a llevar a cuestas todo lo que dura. Parece que te han puesto pesas en las piernas, es denso, difícil de cruzar. Y sin embargo, cruzas, llegas ni sabes cómo al día siguiente, pones con miedo el pie en el suelo por si fuera un hijo del anterior. Los días losa son muy fecundos y se reproducen con facilidad.

Parece que no,  se ha ido y el nuevo no es su descendiente, en nada se le parece,  pero lo estrenas con todo el cuerpo dolorido, recuerdo del otro, como si te estuviera diciendo malicioso: volveré.

(Cuaderno de doña Marga)

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