Día: 17 diciembre, 2015

Monólogo de la Esme

Antaño, pero que muy antaño, por estas fechas caía nieve de los cielos. Me acuerdo unas navidades en casa de mi abuela en el pueblo, todos los niños pegados a la ventana mirando alucinados la avalancha de copos giratorios que se iban haciendo más y más grandes. Parecía que estábamos metidos en una bola de cristal.

Ahora sólo veo nevar en las películas americanas de la sobremesa mientras me quedo dormida en el sofá y en esas mismas bolas en los estantes de un chino mientras el chino me vigila con mirada aviesa. No sabe que estoy padeciendo un ataque de nostalgia y que necesito aplacarlo aunque sea con un asqueroso sucedáneo de plástico malo. Que no me voy a llevar nada de su tienda, esaborío, tampoco sabe lo que significa esaborío y así no hay quién establezca comunicación.

Llevábamos bufandas y guantes y gorros. Bueno, yo gorro no que siempre me han molestado, cabeza loca no quiere de eso. Hacíamos muñecos de nieve, con unos cartones nos tirábamos por la cuesta porque los trineos eran de niños ricos y nosotros éramos bastante paupérrimos, pero nos divertíamos mucho. Mi primo Chema le tiró una bola a mi hermana Rubi que casi la descalabra. Juegos inocentes, chica. Ese mismo primo, después de la cena de Nochebuena, se cogió una cogorza a base de beberse los culines que los mayores habían dejado en las copas, todo un clásico popular. Vomitó a los pies del árbol. Ahora es un abstemio que odia la Navidad, natural.

Los villancicos, cantados por los del pueblo con sus panderetas y sus botellas de anís el mono rascadas con un tenedor, resonaban por las esquinas. Qué coñazo daban las criaturas,pero aún así lo prefiero a los que oigo enlatados en el supermercado donde hago la compra. Olía a hoguera, a leña quemada, a invierno. Ahora solo huelo a tubo de escape.

Antaño, pero que bastante antaño, podías ponerte melancólica mirando caer la lluvia por la ventana y las gotas arrastrándose, escucharla desde la cama, qué placer, oler a tierra mojada. Paraguas, había paraguas y capuchas y charcos. El paraguas es muy útil como arma disuasoria en el transporte público, ahora, o me lío a bolsazos o tiro de codos, todo muy básico y nada elegante. Dónde esté una certera hincada de paraguas… Incluso podías poner a la lluvia de excusa para no hacer determinadas cosas. Hoy no, que llueve. La lluvia es una gran eximidora de obligaciones. Y un fenómeno exótico, a este paso.

Pero no sé a qué viene este ataque de remembranzas meteorológicas, parezco la abuela cebolleta y eso sí que no, creo que son estas fechas tan propicias a los recuerdos del ayer y a los aromas del hogar, eso era de un anuncio de jabón también bastante atávico, pero, hablando de fechas, todavía no he decidido el voto.

A ver, a ver, me he traído al quiosco las fotos de los candidatos y un rotulador rojo para ir tachando. Este no, tú tampoco, te tacho, toma tachón también para ti y para ti y…Anda, leches, si los he tachado a todos. Vuelvo a empezar, segunda vuelta: tú no, eso seguro, tú, tampoco, tú, hummm, no sé, venga a este no lo retacho. El caso es que le he oído decir “todos y todas”, se merece un retachón solo por eso. Claro, que si me pongo así de exigente me quedo descompuesta y sin novio.

Antaño, pero que muy antaño, me quedaba siempre sin novio porque a todos les encontraba defectos. Ahora me conformo con menos, ya sé que la perfección no existe. Debe de ser esa la clave del voto como la clave del amor maduro: elige al menos malo, Esme, y tira millas.