Día: 30 diciembre, 2015

El mundo sin Martina

El mundo va a ser igual sin Martina, que acaba de morirse justo ahora que acaba el año. Parece que hubiera dicho, otro año más, no, basta, he tenido suficiente, me voy antes de que empiece de nuevo el lío. Pero no lo creo. A Martina le gustaba vivir. Le gustaba su patio con el castaño en medio y los gorriones alborotadores anunciando el fin del día y el principio del otro.

Le gustaba su cocina, sus cazuelas viejas, el plato de duralex con las rebanadas de pan tostado, le gustaba su diminuta virgen del Carmen incrustada en la pared y cubierta con un cristalito. Y su cama hundida por el centro con las sábanas de puntillas y en las almohadas las iniciales bordadas: M y P. Le gustaba P y cómo la miraba con amor después de sesenta años.

Le gustaba barrer, tender en la cuerda con vistas al monte y que vinieran los nietos con las novias y los bisnietos y sacarles la caja de los mantecados y mirar las fotos antiguas. Sentarse en la silla de plástico, debajo del geranio, con las manos sobre el delantal. Pensando. Pensando en todo lo que había vivido, en todo lo que había visto y en lo que vería todavía.

Y con ese aliciente, el de todavía ver un poco más, se fue a la cama: la televisión encendida, un partido de fútbol sonando de fondo, los comentarios de P. en voz alta, su tos, la osa mayor en una esquina del cielo, la helada empezando a caer. Se tapó hasta arriba y dulcemente, murió.

El mundo, indiferente, sigue igual sin Martina, pelo de algodón, ojos azules de muñeca, sigue con sus afanes de mundo avanzando hacia otro año como si no se hubiera dejado por el camino a alguien muy puro y bueno que contribuía, de forma tan humilde y sencilla, a mejorarlo desde su pequeño patio.

(Cuaderno de DM)