Mes: diciembre 2015

Mi madre por teléfono (18)

Eva, contesta de una vez que sé que estás ahí. Ya te he llamado tres veces, no te hagas la sorda.

No me hago la sorda, es que estoy trabajando.

Anda ésta, pues como todos, el mundo no se va a parar porque dejes un rato la aspiradora o a la niña llorona esa. Tu sobrina, la Ariadne Manuela, es que no llora nada, nada, nada, es buenísima, buenísima, como yo. Pero a lo que te iba: ya la tenemos aquí.

¿A quién?

Pues a la Navidad, lógicamente, ya se nos ha echado encima como aquel que dice. Le estoy escribiendo un crhistma a tu tía Chelines. Le he puesto: querida Chelines, te deseo que pases unas felices fiestas en compañía de los tuyos. Pero luego he pensado que como está más sola que la una igual le puede sentar mal, ¿lo cambio?

Ay, y yo que sé, me haces unas preguntas a estas horas…

Bah, nunca me queréis ayudar en nada. Tu hermana igual, y ya nadie escribe crhistmas, qué mal, con lo bonitos que son. Te mandan una mierda de felicitación por el teléfono y arreando que vienen dando. Yo no, yo escribo como está mandao. A ti y a la Noemi también os he enviado uno precioso con unos pastores con panderetas, ¿te ha llegado?

No, todavía, no. Y te tengo que dejar que me va a ver la jefa.

Pues le dices que soy tu madre y que me estoy muriendo, eso no falla, todos se conmueven. Me gusta mucho la Navidad pero también le tengo manía, no se por qué. Ahora, para bonito, el crhistma de las niñas, qué preciosidad, virgen santa.

¿Pero de qué niñas hablas?

De las niñas de la Letizia, pazguata, más rehermosas no pueden estar. Me hubiera gustado hacer una felicitación así, con la foto de mis nietas abrazadas pero como solo tengo una porque tú vas con retraso pues a mandar pastores y árboles con bolas como todo el mundo. Bueno, como todo el mundo no que ya nadie manda.

Tú sí.

La Navidad es lo más bonito que hay pero cansa. A mí me cansa, casi que antes de que haya empezado y ya me noto yo derrengá. Pero me gusta, me da ilusión, vamos a hacer un belén viviente en el hogar. Adivina quién voy a ser…

¿La Vírgen?

Más quisiera, se la ha llevado la Elisa, es más acaparadora…voy a ser la estrella, no te creas que me hace mucha gracia porque es la única que ni habla, ni canta. Hay que joderse, con perdón. Bueno, hija, trabaja, trabaja, he visto al Toni, a ese también le voy a mandar un crhistma pero de los que explotan en la cara cuando los abres. Será alpargato, dejarte plantada…

No fue asi, él quiere que vuelva.

Pues vuelve, pero no con él. Encimita la tenemos ya y todavía no he ido al mercado a por la pata de cordero ni a por la purpurina para el traje de estrella. Te digo que ya estoy machacá, con lo que me gustan los festejos. Adiós, guapa y contesta a la primera cuando te llame, coñe, que es Navidad y paz en la tierra a los buena voluntad. ,

Anuncios

Días losa

Hay días en los que lo único que quieres es esconderte del propio día, que no te vea, que te ignore y, con suerte, se olvide de ti. Pero si es un día losa, estás perdido. Esos días vienen dispuestos a aplastarte, ese es su cometido y lo cumplen a la perfección.

Si por algo se caracteriza un día losa es por no olvidar, por no despistarse, por no irse por las ramas. Los días losa son plomíferos y como casi todo lo plomífero no conocen la evasión.

Escapar de un día losa es imposible, siempre te acaba encontrando y se te echa encima, agobiante, o se apoya en tu espalda y desde ahí, bien aposentado, haciendo descansar todo su peso, que es mucho, sobre tu cuerpo, se dedica a disfrutar de la liviandad, a hacer pasar sus horas, con calma de día losa, silbando tranquilamente o entonando aburridas cancioncillas, mientras tú cargas con él.

Cuesta atravesar el día losa con el propio día losa encima. Querrías tirarte sobre la acera, con lo sucia que está, abandonar la lucha y que te barran como a las hojas.  Te sacudes, te estiras, te mueves para ver si se desprende. El día losa es tozudo y cabezón, más que tú.

Admítelo, te puede. Lo vas a llevar a cuestas todo lo que dura. Parece que te han puesto pesas en las piernas, es denso, difícil de cruzar. Y sin embargo, cruzas, llegas ni sabes cómo al día siguiente, pones con miedo el pie en el suelo por si fuera un hijo del anterior. Los días losa son muy fecundos y se reproducen con facilidad.

Parece que no,  se ha ido y el nuevo no es su descendiente, en nada se le parece,  pero lo estrenas con todo el cuerpo dolorido, recuerdo del otro, como si te estuviera diciendo malicioso: volveré.

(Cuaderno de doña Marga)

Las 10 sombras de la Esme

Que no, que no voy a contaros mi afición al sado maso de pacotilla porque, entre otras cosas, no me va ese rollo. Es que he visto que por los blogs circula una lista de cosas que le molestan a uno, o que odia o que le irritan y le he pedido a Eva que me deje hacerla. Solo voy a poner diez, no por falta de odios, si no porque me da la gana. No van en orden de importancia, ni alfabético, ni de mayor a menor. Van según se me han ido ocurriendo. No he puesto las importantes como las injusticias, la desigualdad, la violencia de género, las guerras o los pelotas rastreros porque eso se da por hecho.

  1. Los que han llegado los últimos a la parada del autobús y entran los primeros. A ver, besugo, que lo de los últimos serán los primeros era en el reino de los cielos, no confundamos conceptos.
  2. Los informativos de la 1 y sus cada día más estúpidas noticias: ayer abrieron con Rajoy comprando una ensaimada. Se habían ahogado unos cuantos intentando llegar a nuestras costas pero pelillos a la mar.
  3. La proliferación de programas de chefs y los propios chefs. Y ya si juntas a los chefs en la casa de Bertín siento ganas de morir.
  4. Las frasecitas cursis en los estados del guasap y las frasecitas cursis en general. Si encima están escritas sobre una rosa con gotas de rocío, siento naúseas.
  5. Los políticos que se  auto aplauden en los mítines o en las convenciones de sus propios partidos. Y esos extras que colocan detrás del líder para que den cabezazos de asentimiento.
  6. Que mi vecina tienda la ropa a la una de la madrugada ignorando el tres en uno. Que le chirría la cuerda, ¡señora!
  7. Al tío que toca al acordeón al lado de mi quiosco, antes era Cielito Lindo, ahora se ha pasado a Feliz Navidad para acabarlo de fastidiar.
  8. Las entrevistas a la gente por la calle para preguntarles si hace frío o si hace calor y cómo lo llevan, si ya se han puesto el gorro o van por la sombra con la botellita de agua.
  9. Los que dicen nosotros y nostras o ciudadanos y ciudadanas o todos y todas.
  10. Los drones. Sí, porque estoy convencida de que dentro de no mucho el cielo va a estar tan atascado como la tierra por culpa de esos artefactos.

 

 

Con un paseo debajo del brazo

Con un pan no sé si ha venido la Morganina y si es así me temo que no voy a ser yo quién se lo coma, pero lo que sí me ha traído, y con eso me conformo, es un paseo diario. Qué felicidad, majos, poder escapar media horita de las limpiezas y salir al aire libre, a la calle, a ver gente y hojas cayendo, cielo, autobuses, escaparates, semáforos, a la Esme.

¿Y qué hace la Salus mientras tanto? Pues hablar con la Patricia. La tiene muy abducida con sus encantos porque no hace más que decirme, qué guapa es tu jefa, ¿verdad? Y qué buen tipo tiene, cualquiera diría que acaba de parir, es impresionante, y qué casa más bonita, me encanta como está decorada. Sí, sí, todo muy precioso si no lo tuviera que limpiar y la Patricia claro que es muy guapa y muy bien plantá pero es un poco siesa también, está siempre arremustiá.

¿Cómo dices?

Arremustiá, que no se la ve muy contenta.

Es que tiene las hormonas recolocándose y tendrá una ligera depresión post parto, además la niña es muy difícil y el niño está insoportable con esos celos, son muchos factores, se pone ella toda comprensiva con su ídola. Voy a hablar con ella para que comprenda que todo lo que le está pasando es totalmente normal. ¿Y en qué trabaja?

Menuda cotilla la Salus, le faltaba ese dato. En sus creaciones, le he dicho yo. Escribe cosas. Lo que le faltaba para el pasmo, eso de que sea escritora le ha impresionado muchísimo, no entiendo por qué si es un trabajo poquísimo interesante, y se ha ido corriendo a hablar con ella. Pues que hablen que yo me largo.

Pero antes de irme, mientras abrigaba a la Morganina y ella lloraba reclamando  su dosis de baches, he oído que la Patricia se estaba confesando con su admiradora: es que a mí esto de estar todo el día dando el pecho…me siento demasiado mamífera. Lógico, le ha contestado la otra, tú eres una creadora.

A lo mejor hubiera preferido incubar un huevo o reproducirse por partición, qué cosas. Pero ya en la calle se me han olvidado las cuitas de la demasiado mamífera y de su asesora idolatriz. A mí es que en la calle se me olvida todo y se me quitan todas las penas. La variedad del mundo y sus habitantes me entretiene muchísimo. Y si encima la Morganina se duerme y veo un rato a la Esme pues para qué quiero más.

Aunque hoy la Esme estaba un poco rara, no hacía más que mirar hacia arriba, dice que tiene miedo de los drones, que ha tenido una visión apocalíptica de un cielo poblado de cacharros voladores y en continua alerta roja como en Pekín. Otra que tal baila.

Fumar y besar

Mariela no era española y era mayor. Mariela tenía un novio y sabía besar con lengua, también sabía fumar. Mariela nos llamaba de usted. Ustedes son unas panolis, muchachas, ustedes tienen que espabilar, la Mariela ya les va a mostrar cómo. Mariela hablaba de sí misma en tercera persona y eso, sumado a sus otras admirables características, era muy impresionante.

Como aula escogió el parquecillo donde algunas tardes íbamos a hablar y a reírnos. Se sentó en un columpio y nosotras debajo, en la arena y empezó la clase teórica. Cuando besen a un muchacho hagan así, nos dijo. Abrió la boca y sacó la lengua. ¿Vieron?, se besa haciendo esto.Y movió la lengua para los lados, hacia arriba y hacia abajo, en círculos. Hicimos lo mismo, no parecía tan difícil pero no podía saberse sin otra boca para probar. De momento, no teníamos ninguna disponible y las que sí lo estaban nos daban asco y eso era un problema porque Mariela acababa de decirnos que hasta que no hubiéramos besado seguiríamos siendo unas panolis.

Tal vez podíamos serlo un poco menos si nos enseñaba a fumar. Sacó del bolso -llevaba bolso y eso era otro rasgo inequívoco de superioridad-  un paquete de tabaco rubio y un mechero y se encendió un pitillo. Expulsó el humo hacia el cielo con gran profesionalidad, dio unas cuantas caladas más, seguidas de elegantes expulsiones, y, tras esa demostración, nos explicó cómo teníamos que tragarnos el humo.

Fumar era más divertido que besar al aire, pese a las toses y a lo malo que sabía. No es que nos gustara especialmente pero si fumábamos tendríamos más bocas disponibles, eso era así, Mariela lo afirmaba. Fumen, chicas, fumen y verán, nos dijo sacudiéndose los pantalones y levantándose para marcharse. Se fue como muy digna maestra lanzándonos la dádiva de dos cigarros  y el columpio se quedó vacío, moviéndose solo.

Nos fumamos otros dos por acelerar el proceso. Esta vez tosimos menos, un poco con el primero y casi nada con el segundo. Nos miramos contentas y empezamos a mover las lenguas en el aire, muy aplicadas, no se nos fuera a olvidar el mecanismo. Teníamos que dejar de ser panolis.

(Cuaderno de doña Marga)

Vero, el gato y yo

Al empezar septiembre nos mudamos a un barrio muy feo. A mi familia le gustaba. Veníamos de otro barrio peor, mal comunicado, lejos del centro, sucio. En comparación habíamos mejorado y por eso el barrio feo nos tenía que gustar. A mí no y lo dije.

A ésta no le gusta nunca nada, dijeron  mis padres señalándome con la barbilla y se pusieron a hablar de las ventajas del nuevo barrio. Das una patada y salen diez supermercados, dijo mi madre. Y la de bares, dijo mi padre. Tú siempre pensando en beber, dijo ella. Y mira qué vistas, dijeron los dos y nos empujaron a mi hermano y a mí hacia la ventana.

No se ve nada, nada interesante, dije yo. Era verdad, sólo se veía  enfrente una casa como la nuestra, una gasolinera y abajo, muy al fondo, un arbolito fuera de lugar.

No os asoméis, idiotas, ¿queréis acabar como el primo Linito? Siempre nos hablaban de ese primo, muerto a los tres años al caerse por una ventana. Pero si yo ya tenía catorce y estaba harta de esa historia. A mi hermano todavía le asustaba y retrocedió.

Lo que ellos llamaban vistas no me interesaba pero así, asomada a la ventana, conocí a Vero y nos  hicimos amigas. Ella también estaba asomada a su ventana, justo encima de la gasolinera y debajo del cartel donde estaba escrito “Detectives”, sin que fuera nada misterioso, allí nada lo era.

A ella tampoco le gustaba el barrio. De mayores no viviríamos ahí, eso fijo.  Mientras tanto, deambulábamos por sus calles y nos reíamos. La mayor parte del día era eso lo que hacíamos: andar, mirar y reírnos. A veces, nos reíamos tanto que nos dolía la risa.

Vero era muy guapa, tenía una madre también muy guapa que nos observaba como si le diéramos pena o le pareciéramos tontas o las dos cosas a la vez, un gato llamado Pipas y un padre que había desaparecido.

Ojalá desapareciera también el mío y mi madre y las palomas grises y la tienda horrorosa llamada el Palacio de las Camisas y los supermercados y los bares con sus  bocadillos de calamares pegados al cristal y el pasadizo de los mendigos, dije yo de repente. Ojalá desaparezca todo y solo quedemos tú, Pipas y yo. Y alrededor, nada.

Entonces nos dio la risa, un ataque tan fuerte que parecía que nos íbamos a ahogar, un ataque de los buenos. Hasta que se nos pasó y seguimos dando vueltas por las calles del barrio como si sólo estuviéramos allí de paso. Y así era.

Hace poco volví al barrio, seguía más o menos igual de feo,  hasta el cartel que anunciaba detectives estaba en la ventana, solo que más sucio y sin la ese final. De los bares salía olor a calamares fritos, estaban las palomas , el pasadizo de los mendigos,  la gasolinera y  encima la ventana de Vero, sin Vero. En el escaparate del “Palacio de  las camisas” habían escrito con pintura blanca, “liquidación por cierre”. Me entró nostalgia.

(Cuaderno de doña Marga)

Dos locas

En el barrio viven dos locas, una sabe que lo está, la otra creo que no. La primera, que se llama Cecilia, trata de vestirse sin llamar la atención, de normalizarse a través de sus ropas. Lleva anodinos pantalones grises o un vaquero, una chaqueta azul por arriba, unos zapatos discretos, ni feos ni bonitos. La mezcla podría dar un resultado normal pero da un resultado raro, de loca que intenta disimular. Puede que sea por su manera de moverse, esquiva, huidiza, o por esa bolsa que siempre lleva al hombro donde guarda cosas, tesoros que rescata de los contenedores, colillas que luego se fuma sentada en un banco. Ya nadie se sienta en los bancos, hay pocos y no parecen puestos para sentarse sino como un adorno o vestigio de una calle de otros tiempos.

Es de locos sentarse a pasar el rato, pero ella no lo sabe, si lo supiera no lo haría, no le gusta hacer cosas de loca ni que le vean hacerlas,  cree que es normal sentarse durante horas a mirar sus guarrerías del interior de la bolsa, a fumar sus colillas, a reírse sola de la gente que pasa. A veces suelta un insulto pero lo hace en voz baja, con recato de loca que se oculta. También lee un periódico, siempre el mismo, un periódico amarillento que luego dobla y guarda en la bolsa de los tesoros. Está loquísima y como no quiere que nadie lo sepa, se relaciona poco, casi nada. Algún saludo breve de medio lado y se esconde rápido tras su flequillo, poco más.

La otra loca, la que ignora que lo está,  se llama Cristina y es muy sociable. A todas horas se pasea por las calles con su trepador moño pelirrojo  cuajado de horquillas y pasadores, con sus pañuelos de colores, con sus vestidos de estampados imposibles y su tintineo de pulseras, pendientes y collares. Todo lo que lleva encima es grande, llamativo y sonoro porque no sólo no se averguenza de su locura si no que la  exhibe. Le gusta sentarse en las terrazas a hacer cosas atípicas como bordar en un bastidor ayudada de una lupa enorme, leer en voz alta poesías dementes, levantarse las faldas y poner al sol las pellejosas piernas rematadas por calcetines de lunares o hacer extraños ejercicios gimnásticos.

Constantemente agita los brazos saludando a todos, a los que conoce y a los que no, se mete sin permiso en las conversaciones ajenas, discute, polemiza, se enfada hasta la indignación de cosas que solo ella comprende y después se carcajea. Probablemente está tan loca que ni siquiera sospecha que lo está y si lo sabe, disfruta de su condición.

Cecilia la odia. Si la otra le saluda y, siempre lo hace,  ella se cambia de acera, horrorizada de que alguien las pueda relacionar, menea la cabeza con pena y llevándose un dedo a la sién indica a quién mire lo que opina al respecto.

(Cuaderno de doña Marga)