La tienda de las cosas feas

Todo es muy feo en la tienda de las cosas feas.

Hay cajitas feas con tapas en forma de horrorosa flor, estatuillas chinescas que emiten siniestros brillos, un frutero que imita a un enorme fresón, lamparillas que se retuercen sobre sí mismas como si les doliera su propia fealdad, un abrecartas con el mango de un dios azteca enfurruñado, columnas corintias de hace cinco minutos, una familia entera de perritos de porcelana ladrando a la mesita de patas con filigranas.

Y un pato que me recuerda a alguien, incrustado en una peana, las alas abiertas, queriendo volar.

(Cuaderno de DM)

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51 comentarios en “La tienda de las cosas feas

  1. Hay miles de esas tiendas, parece como si un mundo como este, no mereciera tiendas de cosas bonitas. Pero hay algunas, de las bonitas digo. Son pocas pero resisten.
    Luego están las personas como Doña Marga, que pueden comprarse cuadernos en las tiendas feas y llenarlos de cosas preciosas. Y eso vale más que todo lo anterior.
    Besos.

      1. Ay si yo te contara… Cada vez que me oye decir que voy a comprar algo, me suelta : uy, espera que creo que tengo. Y si, es cierto que tiene de todo lo que imagines y lo que no también, pero es que es todo más viejo y feo que pegar a un padre.

  2. El otro día me llegó un anuncio de liquidación de una tienda así. No sabía si quedarme con unos huevos Fabergé de imitación o con un centro de mesa con angelotes de bronce. Precioso, todo.

    Besotes!!!

  3. Una vez, me paré ante uno de estos locales, que dicho sea de paso cada vez abundan más, y me quedé embobada mirando las “cositas” que allí había pensando: “¿De verdad se puede tener tan mal gusto o ponen a la venta todo esto para embrutecernos?” Estaba cavilando sobre tan honda cuestión, cuando se paró justo a mi lado una pareja que rondaría la cuarentena (quizá tenían 30 o 50, soy mala para calcular edades), y él le dice a ella señalando un engendro colorido que bien podría haber pasado por bacín medieval: “Mira ese jarrón qué bonito, ¿no andabas buscando uno pá’ meter dentro el potzus” volví la cara medio sonriendo, segura de que lo que había oído era cachondeo y veo que la mujer, emocionadísima , contesta “¡Vamos a entrar! Es precioso…”
    Desde entonces, cada vez que veo una de estas tiendas, me permito ser cruel y pienso: “¡Qué narices! la gente sin el más mínimo gusto también tiene derecho a tener tiendas de decoración”

  4. Sin embargo, me gusta conservar algunas cosas feas, auténticas macarradas, que me recuerdan a personas muy bonitas que un día conocí. Esas cosas feas, si un día fueran a parar a una de esas tiendas de falsos anticuarios, maravillarían al observador por su fealdad, pero nadie podrá imaginar nunca los bellos recuerdos que una vez evocaron.

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