Día: 4 febrero, 2016

El crecimiento interior

 

En la anterior entrada: (Esme habla, por no estar callada, de su aversión al metro y a los viajeros del mismo.)

En la entrada de hoy: (la Poncho se pasa toda la santa mañana sentada en el sofá con aspecto de vegetal. No está cadáver, sólo practica el crecimiento interior. Eva, que no pierde ocasión de marear la perdiz, también se sienta con ella pero crecer, crecer, lo que se dice crecer…crece poco, solo le entra sueño.)

 

Llevaba toda la mañana viendo a la Poncho sentada en el sofá y ya me estaba intrigando. Diréis que me entra la intriga con bien poca cosa pero es que la Poncho no estaba leyendo ni viendo una película ni trajinando por las redes sociales ni escuchando música ni practicando ninguna de esas actividades tan queridas por nosotros los humanos para distraernos de nuestra mortal condición. No, ella ahí, a palo seco mirando al frente, pero como sin verlo.

Por un momento pensé que estaba muerta, un claro caso de sobredosis de cuencos tibetanos y exceso de namastés, pero noté que respiraba. Entonces me acerqué a indagar, no fuera aquello la antesala de la defunción.

Digo, señora Poncho, ¿se encuentra bien que la noto muy pétrea y como obnubilá? Carcajada más bien loca  y la siguiente explicación: estoy practicando el crecimiento interior, tengo que intentar estar quieta, sentada, sin hacer nada. Parece fácil, pero no, ¿quieres probar conmigo?

Con lo derrengada que ando a media mañana, la idea de aparcar el mocho y aposentarme en un sofá a verlas venir me pareció mejor que buena. Pues a su lado me senté sin mas preámbulos, suspiré hondo porque es lo que hay que hacer en estos casos y me dispuse a descansar tan ricamente.

Abandónate, relájate y no te exijas nada, se me pone ella con una voz así como la de la serpiente Ka del Libro de la Selva. Qué sueño, majos, me estaba gustando el crecimiento.

Deja que fluyan tus sentimientos, emociones, fobias, alegrías, recuerdos, deseos, miedos, amores..sigue ella.

Eso ya no me gustaba tanto, qué trabajera ponerme a sacar todo eso, peor que hacer el cambio de ropa de armarios. Pero para que me dejara tranquila le dije que sí, que ya.

De toda esa mochila-sigue con su voz de entre muermo y persuasión- elige sólo lo que te agrade y al resto le das tu bendición porque te ha ayudado a llegar hasta aquí y a ser lo que eres. A continuación, lo envías al infinito para que se disuelva en la nada.

Madre mía, qué de pamplinas, ¿y eso cómo se hace?

Que te quedes sólo con lo positivo, pero si es muy fácil, ¿notas tu crecimiento interior?

Noto que la Patricia acaba de salir del cuarto de la creación literaria, vulgarmente llamado despacho, y como vea la fregona tirada en una esquina y a mí despatarrrada en el sofá, la que voy a ir al infinito voy a ser yo. Infinito rima además con finiquito, me levanto. Adiós y gracias, señora Poncho.

¿Pero crees que soy buena maestra de crecimiento interior?, me grita ella sin abandonar su postura sedente ni dejar de mirar al frente. Se ve que el infinito y la nada se hallan justo ahí aunque yo sólo vea una pared.

Es que voy a empezar a dar clases, mañana vienen las alumnas.

Y ahí la he dejado, creciendo y mandando lotes de desgracias a la nada. Pues buena va a poner la nada con tanto envío.