Día: 21 febrero, 2016

El tío Juan

El tío Juan se vino a vivir a nuestra casa, al cuarto de la plancha. Como éramos muchos no importaba, apenas notábamos una presencia más en medio del jaleo que había siempre. Distinto hubiera sido de haber tenido amplitud y silencio, tal vez en ese caso no le hubiéramos acogido. Pero se vino porque estaba solo, porque tenía lo que mis padres llamaban “una depresión de caballo” y porque uno más, uno menos, lo mismo nos daba ya.

Se adpató muy bien al cuarto de la plancha y el cuarto de la plancha también se adaptó a él, igual que si se hubieran estado esperando y al fin se hubieran encontrado. Ese cuarto era la funda perfecta para el tío Juan y su depresión de caballo: pequeño, oscuro, con muchos trastos por los rincones. Nunca salía de ese caparazón excepto para ir al baño o para sentarse a la mesa a la hora de comer.

Ocupaba su sitio muy silenciosamente porque la depresión de caballo le quitaba las ganas de hablar, comía dos bocados porque tampoco tenía hambre, y luego hacia dibujitos con la comida en el plato. Dibujitos simétricos, pequeños mundos ordenados a la perfección que nos encantaba mirar.

A ver que dibuja hoy, nos decíamos unos a otros muy interesados. Esa atención creo que le gustaba porque cada día se esmeraba más y su arte se iba perfeccionando.

Después regresaba a su cuarto-funda y se tumbaba en la cama, estrecha y siempre llena de un lío de ropa para planchar que él colocaba cuidadosamente en la esquina inferior derecha.

Cuando entrábamos a planchar, lo que hacíamos por turnos porque éramos muchos y todos teníamos que colaborar, él se sentaba en la cama, derecho y con las piernas muy juntas y suspiraba al ritmo del vapor. Muy bien, muy bien, decía cuando ya habíamos terminado. Se ve que le gustaba el efecto de ropa planchada puesta en montones, el orden, la organización.

Se ve que le gustaba que el mundo estuviera bien trazado, que fuera simétrico, que todo conjugara, que no hubiera nada fuera de lugar, dispar o anómalo. Por devolverle el cumplido, empezamos a decirle también nosotros “muy bien, muy bien” cuando terminaba sus cuadros del plato.

Todos menos mi madre que lo que quería era que comiera porque pensaba que alimentándose saldría de la depresión de caballo y con un poco de suerte, del cuarto de la plancha. Como si todo en esta vida fuera comer y el arte no tuviera ninguna importancia.

(Cuaderno de DM)