El tío Juan

El tío Juan se vino a vivir a nuestra casa, al cuarto de la plancha. Como éramos muchos no importaba, apenas notábamos una presencia más en medio del jaleo que había siempre. Distinto hubiera sido de haber tenido amplitud y silencio, tal vez en ese caso no le hubiéramos acogido. Pero se vino porque estaba solo, porque tenía lo que mis padres llamaban “una depresión de caballo” y porque uno más, uno menos, lo mismo nos daba ya.

Se adpató muy bien al cuarto de la plancha y el cuarto de la plancha también se adaptó a él, igual que si se hubieran estado esperando y al fin se hubieran encontrado. Ese cuarto era la funda perfecta para el tío Juan y su depresión de caballo: pequeño, oscuro, con muchos trastos por los rincones. Nunca salía de ese caparazón excepto para ir al baño o para sentarse a la mesa a la hora de comer.

Ocupaba su sitio muy silenciosamente porque la depresión de caballo le quitaba las ganas de hablar, comía dos bocados porque tampoco tenía hambre, y luego hacia dibujitos con la comida en el plato. Dibujitos simétricos, pequeños mundos ordenados a la perfección que nos encantaba mirar.

A ver que dibuja hoy, nos decíamos unos a otros muy interesados. Esa atención creo que le gustaba porque cada día se esmeraba más y su arte se iba perfeccionando.

Después regresaba a su cuarto-funda y se tumbaba en la cama, estrecha y siempre llena de un lío de ropa para planchar que él colocaba cuidadosamente en la esquina inferior derecha.

Cuando entrábamos a planchar, lo que hacíamos por turnos porque éramos muchos y todos teníamos que colaborar, él se sentaba en la cama, derecho y con las piernas muy juntas y suspiraba al ritmo del vapor. Muy bien, muy bien, decía cuando ya habíamos terminado. Se ve que le gustaba el efecto de ropa planchada puesta en montones, el orden, la organización.

Se ve que le gustaba que el mundo estuviera bien trazado, que fuera simétrico, que todo conjugara, que no hubiera nada fuera de lugar, dispar o anómalo. Por devolverle el cumplido, empezamos a decirle también nosotros “muy bien, muy bien” cuando terminaba sus cuadros del plato.

Todos menos mi madre que lo que quería era que comiera porque pensaba que alimentándose saldría de la depresión de caballo y con un poco de suerte, del cuarto de la plancha. Como si todo en esta vida fuera comer y el arte no tuviera ninguna importancia.

(Cuaderno de DM)

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39 comentarios en “El tío Juan

  1. Ay qué penita me ha producido este relato…..La depresión es una de las enfermedades más duras y me has transmitido tanta tristeza a través del tío Juan….esa desidia de vivir…ese cuarto de la plancha. Un besito y feliz domingo!!

      1. Es un relato fantástico. Si me hubiese dejado indiferente…..pero me ha hecho pensar y reflexionar, y me ha llegado con una realidad atroz…¿cómo va a ser una mierda? Todo lo contrario!!!! Es inmenso!

  2. Es que hay pocas que jodan más en esta vida que un turista en el cuarto de la plancha, porque te obliga a planchar en el comedor, lo que te lleva a ver la tele en la cocina y eso a comer en la mesa del ordenador. Y claro, así se termina llegando al lado oscuro.

    Una preciosidad de post, me han dado ganas de colgar un auténtico ‘tío Juan’ en una de mis ahora vacías paredes.

    1. Como una especie de efecto mariposa o de efecto pariente, mejor dicho, está muy bien esa interpretación al estilo Holden. Muchos besos y cuelga algo en las paredes, pero no al tío Juan.

  3. Qué penita me ha dado el tío Juan!
    Pero seguro que con la comida de la madre de Doña Marga, “el arte en plato” y los vapores de la plancha, llegaría a salir del cuarto oscuro, no?
    Besetes de domingo fresquito y comodón.

  4. ¡Qué cosas tiene la depresión de caballo!, orden, pulcritud, arte…cuantos locos no habrá habido detrás de auténticas obras, aparte de los ya conocidos. Me encantan los cuartos de la plancha, aunque no esté deprimido. Triste y bonito, la tristeza es poliédrica.

  5. Yo creo que al tío Juan le encantaba vivir en el cuarto de la plancha, escuchando el bullicio tras las puertas, saliendo solo a inundarse en el cuando le era necesario… Creo que le curó la depresión sentirse útil con sus cuadritos, el tener que superarse a si mismo en cada comida organizando más y mejor los pedacitos de alimentos. Creo que DM se vistió de poeta en ese cuarto, con la poesía recién planchada, con las obras de arte que el tío Juan hacía para todos. Creo que es una historia triste con un final feliz.
    Besos.

  6. Pues a mi el tío Juan no me da pena 😉 No todo el mundo, en una situación como la que él pasa, con esa depresión de caballo, tiene la suerte de ser acogido con tanto cariño y paciencia y encontrar un cuarto tan a su medida para poder superar sus penas a base de ánimos, comida y arte 😉

  7. Pobre hombre, deprimido y rodeado de caos, no se pegó un tiro porque le dejaron la oportunidad de ver cómo ponían las cosas en orden. Si no , no hubiera podido ni dibujar en el plato. Un poco de orden sin fanatismo es necesario para la salud mental, Yo creo que era lo que trataba de decir a gritos con sus dibujitos.
    Besos

  8. Es curioso lo de la “depresión de caballo”, deben de ser espectaculares aunque no veo diferencia entre la depresión de un caballo y la de una vaca (con las cabras sí) o más bien no he visto ningún caballo ni ninguna vaca deprimidos. Saludos de caballo no deprimido.

  9. He estado buscando el origen de “depresión de caballo” y bueno… no está muy claro…dicen que los caballos son muy sensibles… quizá si.

    El tío Juan debía ser muy sensible.
    Y muy paciente…

    Besos.

    1. Por la sensibilidad de los caballos, podría ser una explicación. Él era sensible, es verdad. Paciente no sé por qué lo dices, si el cuarto de la plancha era un remanso de paz.

  10. Me gusta como escribes D.M. y me gusta esta comunidad que somos, los que te seguimos
    Todos conocimos un tio Juan, viviendo en el cuarto de planchar
    Le he leido tu historia a mi marido en voz alta y se me ha quebrado dos veces la voz. Gracias Eva

  11. Si llega a venir a mi cuarto de la plancha…se hunde más aún. Lo habría puesto a planchar fijo, y el cuarto es un zulo.
    pobre..no quiero ser mala, que me ha caído bien y me parece entrañable.

  12. Creo que a la mayoría de los niños nos gustaba jugar con la comida. Casi nunca teníamos hambre de pequeños, pero las madres nos obligaban a comer. Las artes plásticas incipientes quedaban prohibidas y, a fuerza de comer, terminábamos por generar hambres y, así alejándonos de lo espiritual y lo artística, poco a poco, abrazábamos la concreción de las cosas materiales. Puede que la depresión se cure intentando volver a esa vida frustrada. Cosas más raras se descubren cada día.

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