Día: 28 febrero, 2016

El remedio

En un armario de la cocina, al lado de un frasco con hojas de laurel y de la caja del pimentón, había un bote de jarabe. No tenía nombre que lo identificara, el bote era de un marrón opaco con un tapón de rosca siempre pringoso que costaba mucho abrir y dentro un líquido viscoso y dulce de color rosa. Lo llamábamos el remedio.

Ese jarabe valía para todo y curaba cualquier tipo de mal. Si alguno se ponía malo, ya fuera con dolor de tripa o con fiebre, mi madre decía: una cucharada del jarabe y como nuevo. Está muy bueno, sabe a fresa. Nos administraba el pringue mágico con un empujón rápido de cuchara y volvía corriendo a sus tareas porque siempre estaba muy ocupada.

Cuando crecimos un poco, los hermanos mayores se encargaban de darnos el jarabe a los pequeños y de tomárselo ellos mismos cuando se encontraban mal, sin consultar a nadie. Bastantes veces, sin necesidad, íbamos furtivamente hasta el armario y tomábamos una cucharada. Como preventivo. O por que sí. Porque estaba bueno y servía para problemas sin determinar.

Nunca fuimos al médico hasta que mi madre perdió la fe en el remedio y eso ocurrió cuando la abuela flaca, que era su madre, empezó a morirse. Por mucho mejunje que le hizo tomar no mejoraba y un día del mes de abril se dio media vuelta en la cama, dijo que se iba por un camino verde y se murió con el bote pegajoso dejando un cerco en la mesilla.

A partir de ese momento empezaron a llevarnos al médico cuando nos dolía algo o enfermábamos. El médico vivía en la casa de al lado y allí también pasaba consulta. Se llamaba don Santiago, nos escuchaba por dentro con el estetoscopio, estaba muy frío cuando nos lo apoyaba en el pecho o en la espalda, nos empujaba la lengua con palos de polo sin polo para mirarnos la garganta y nos recetaba medicinas con nombre, de espantoso sabor. Mi madre, contradiciéndose a sí misma, decía que si sabían mal era porque curaban más y mejor.

Una tarde, aburrida de que no me salieran los problemas de matemáticas, fui a tomarme una cucharada de jarabe con la esperanza de que después me brotaran las soluciones sin tener que pensar,yo aún creía en los poderes del remedio, pero el bote ya no estaba.

Durante mucho tiempo, y no solo para las matemáticas, lamenté no tener a mano ese mágico líquidito rosa de origen desconocido.

(Cuaderno de DM)