El remedio

En un armario de la cocina, al lado de un frasco con hojas de laurel y de la caja del pimentón, había un bote de jarabe. No tenía nombre que lo identificara, el bote era de un marrón opaco con un tapón de rosca siempre pringoso que costaba mucho abrir y dentro un líquido viscoso y dulce de color rosa. Lo llamábamos el remedio.

Ese jarabe valía para todo y curaba cualquier tipo de mal. Si alguno se ponía malo, ya fuera con dolor de tripa o con fiebre, mi madre decía: una cucharada del jarabe y como nuevo. Está muy bueno, sabe a fresa. Nos administraba el pringue mágico con un empujón rápido de cuchara y volvía corriendo a sus tareas porque siempre estaba muy ocupada.

Cuando crecimos un poco, los hermanos mayores se encargaban de darnos el jarabe a los pequeños y de tomárselo ellos mismos cuando se encontraban mal, sin consultar a nadie. Bastantes veces, sin necesidad, íbamos furtivamente hasta el armario y tomábamos una cucharada. Como preventivo. O por que sí. Porque estaba bueno y servía para problemas sin determinar.

Nunca fuimos al médico hasta que mi madre perdió la fe en el remedio y eso ocurrió cuando la abuela flaca, que era su madre, empezó a morirse. Por mucho mejunje que le hizo tomar no mejoraba y un día del mes de abril se dio media vuelta en la cama, dijo que se iba por un camino verde y se murió con el bote pegajoso dejando un cerco en la mesilla.

A partir de ese momento empezaron a llevarnos al médico cuando nos dolía algo o enfermábamos. El médico vivía en la casa de al lado y allí también pasaba consulta. Se llamaba don Santiago, nos escuchaba por dentro con el estetoscopio, estaba muy frío cuando nos lo apoyaba en el pecho o en la espalda, nos empujaba la lengua con palos de polo sin polo para mirarnos la garganta y nos recetaba medicinas con nombre, de espantoso sabor. Mi madre, contradiciéndose a sí misma, decía que si sabían mal era porque curaban más y mejor.

Una tarde, aburrida de que no me salieran los problemas de matemáticas, fui a tomarme una cucharada de jarabe con la esperanza de que después me brotaran las soluciones sin tener que pensar,yo aún creía en los poderes del remedio, pero el bote ya no estaba.

Durante mucho tiempo, y no solo para las matemáticas, lamenté no tener a mano ese mágico líquidito rosa de origen desconocido.

(Cuaderno de DM)

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38 comentarios en “El remedio

  1. Sencillamente divino: “dijo que se iba por un camino verde y se murió con el bote pegajoso dejando un cerco en la mesilla”… “palo de polo sin polo”, qué bien se describen las cosas cuando se es niñ@. No hay remedio para la muerte porque forma parte de la vida en un ciclo sin fin, aunque venga en tarros preciosos con sabor a fresa.

  2. Me parece fascinante este relato. Refleja a las mil maravillas la mentalidad de un niño ante lo que lo rodea.

    Hace algún tiempo que te leo, hoy me decidí a comentarte. Si lo permites me quedo.

  3. Para qué querer un nombre en un bote y un prospecto lleno de efectos secundarios. Seguro que por sugestión y pura hipocondría acabas sufriendo todos los de la lista. Yo también me quedo con los brebajes mágicos rosas.

  4. Yo recuerdo casi todos los q habéis nombrado por aquí, mi madre me dio muchos: pranzo, calcio 20, ceregumil… Porque no le comía jajaj existía en nuestra época los jarabe milagro, doy fe, aunque que hicieran efecto eso era otra historia.

    Besos.

  5. A ver si el jarabe ese era Cocacola?, empezó como remedio para todos los males y mira ahora, lo toman chicas guapas con cara de deseo (lo digo por el último anuncio). Yo estaba deseando que me doliera la barriga para tomarme un almax, me gustaba su sabor.

  6. Pues yo de niña tenía alergias respiratorias y me parecía una suerte porque el remedio que me daban (se llamaba Elixir Dimetapp) sabía a zumo de uva y estaba riquísimo, nunca se me ocurrió que aquello era una enfermedad o un problema. Con los años la alergia se me quitó sola.
    Que lástima me dan los niños actuales que apenas descubren que tienen alergia los aíslan de un montón de cosas y los tratan como enfermos.

      1. En Estados Unidos lo siguen comercializando y es de los medicamentos más vendidos para la alergia, lo venden sin receta y es muy barato. En España no se encuentra. Aquí sólo venden productos muy caros y que hacen menos efecto. La “magia” de la Industria Farmacéutica que hace lo que puede para ganar más dinero.

  7. Pues oye, ya quisiera yo un frasquito de esa maravilla… aunque sólo sea porque confío ciegamente en el efecto placebo. Seguro que en realidad era eficaz, ¿no? A fin de cuentas, las abuelas saben mucho.

  8. Los tiempos se han complicado tanto que ahora no tenemos un jarabe que nos cure la vida, tenemos un montón de remedios que sirven para llenar una estantería y hacernos sentir seguros, aunque en realidad no resuelvan nada. Eso si, para las matemáticas son buenos, restan espacio en el estante y suman cosas para las que no valen.
    Besos 🙂

  9. Este remedio me recuerda al Bálsamo de Fierabrás 😉
    Precioso relato, Eva, me ha gustado especialmente el desencanto de la madre y su cambio de actitud, como si de repente hubiera descubierto al verdaero Ratoncito Pérez 😉

    1. Sí que se parece un poco al bálsamo de Fierabrás. Yo no sé si la madre dejó de creer en el remedio o que, mientras cuidaba a la abuela enferma, no tenía tiempo para llevar a los hijos al médico y creía por obligación.

  10. Me has hecho emocionar D. M , me has recordado a mi hijo Maxi , hasta sus 9 años cure todos sus males con una pildora magica muy pequeñita redonda y blanca , en la que creia ciegamente Despues crecio, y hasta sus 20 le di una piedrita verde – como a Jacobin- la apretaba en su bolsillo y …la magia sucedia…Despues …

  11. Además de ese frasco de jarabe, representación médica existente en todas las casas, estaba la mercromina. Cualquier herida curada con el rojo producto te hacía sentirte como un héroe salido de las trincheras. Ahora la hacen sin color y eso ya no te convierte en un aparatoso herido que se salvó por un tris de que le amputaran una pierna. Cada vez perdemos más cosas molonas.

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