Mes: febrero 2016

Desembocadura

Bajando por esa calle en cuesta, al final, detrás del tejado rojo, siempre creo que voy a llegar al mar.

Lo creo más si es un día ventoso con nubes como barcos. O si llueve y me parece percibir un cierto aroma marino.

En realidad también lo creo los días de sol cuando, al pasar junto al colegio, cierro los ojos y oigo los gritos y risas de los niños jugando en el patio como si fueran los sonidos de una playa alborotada.

Lo creo, lo creo y qué contenta bajo apartando edificios con las manos, abriéndome paso hacia el azul. Ya llego, he dejado atrás el tejado rojo, estoy llegando a la desembocadura de la calle río.

Mi mar es la plaza seca con los cuatro bancos, la boca de metro, la frutería Rosa Mari y el chico de la guitarra que canta, siempre canta “no, woman no cry”. Solo esa.

Se me olvida el verdadero porque no es bueno pasar el día buscando lo que no está, pero cuando mañana baje otra vez la calle volveré a pensar que ya llego, que estoy llegando, que me lo voy a encontrar justo detrás del tejado rojo.

( Cuaderno de DM)

Muerte entre los calcetines

Un mujer muere sepultada bajo una montaña de calcetines azules, negros y grises.

El cadáver pasó tres días sobre la cama, bajo los calcetines recién lavados, hasta que uno de los hijos, rebuscando en el montón al grito desesperado de “alucino, no tengo calcetines en el cajón”, lo encontró.

Su pérdida ha sido muy lamentada ya que han sido incapaces de emparejar los calcetines.

Parecía tarea fácil, pero no. Se trata de un trabajo delicado y minucioso, según han manifestado,  ya que existen diferentes tonalidades de gris entre los grises, de azul entre los azules y de negro entre los negros.

Los forenses tratan de averiguar si la muerte se produjo por sepultamiento, como se pensó en un primer momento, o por aburrimiento, hipótesis que no descartan.

( Cuaderno de Esme)

Envidia o envidieja

Ayer, sin ir más lejos: (Eva, cansada de sus faenas, siente envidia de la vidorra que se pega su jefa. No le gusta la sensación y la compara con una reacción alérgica.)

Hoy mismo: (aprenderás a distinguir, gracias a la sabiduría de la Esme, entre envidia y envidieja).

 

Esta mañana, después de dejar al Jacobín en el colegio y comprar el pan y los chupetes nuestros de cada día, me he ido a ver a la Esme a su quiosco. Necesitaba contarle lo de mi reciente e inesperado brote de envidia. Como ella también padece frecuentemente de ese mal estaba segura de que me iba a comprender, pero no sé yo.

Me la he encontrado muy concentrada haciendo dibujos raros y feos en unos papeles, ella los llama sus inventos. Mira, me dice mostrándome unos garabatos más propios de un niño de preescolar que de una mujerona como ella, ojito al dato, el futuro está en el grafeno, ¿sabes lo que es? Seguro que no, te lo voy a explicar. Es un material…

Ya, Esme, le interrumpo muy a mi pesar, mejor me lo explicas otro día porque tengo poco tiempo y te quería contar una cosa.

Sí ya lo sé,me contesta sin dejar de garabatear y poniendo cara de profesora bacteria, lo de tu envidia. Si es que no eres más tonta porque no te entrenas. Hundes tú sola tu entrañable imagen de chacha bonachona, ahora todos van a pensar que eres una más de las tantas resentidas que tienen manía a sus jefas. Jamás de los jamases hay que confesar los propios pecados capitales, ¿o es que te crees que el blog es una de esas terapias americanas donde sale uno al centro y canta sus miserias en público?

Oye, Esme, me he defendido, que tampoco es envidia rastrera de desearle algún mal a la Patricia, eso no, sólo que le entre algún virus pequeñito en el ordenador y tenga que dejar una mañana de escribir, algo así, de poca monta.

¿No estarás pensando en inocularle el Zika? Hablando de Zika, se me acaba de ocurrir un atrapa mosquitos elaborado con…con grafeno, claro, que ahora sí que sí, me forro.  Y de paso hago un bien a la humanidad, pues no soy yo poco altruista y solidaria y…¿ves?, eso es lo que hay que hacer, hablar bien de una misma que para hablar mal ya están los otros.

Sí, Esme, pero la envidia, ¿dura mucho?, es que no me gusta, me raspa en la garaganta, me siento mal. Como tú eres un poco envidiosa a veces con la doña Marga pues lo sabrás.

¿Yo envidia de una centenaria en silla de ruedas? Amos, vete. Ni de ella ni de nadie, bueno, un poco del cuerpo de la Beyoncé pero tampoco te creas. No hay que tener envidia de nadie porque en el fondo todos sufrimos a nuestra manera, hasta el más aparentemente afortunado. Qué frase más buena, y se me ha ocurrido a mí sola, como el cazamosquitos de grafeno. La envidia se pasa sola, en cuanto dejes de compararte con otros y te quieras y te aceptes y yo qué sé, que esto no es el quiosco de la autoayuda, leches.

O sea que se pasa sola, menos mal.

Claro, so mema, porque lo que tú tienes no es envidia propiamente dicha, es envidieja, otra categoría inferior y mucho menos grave. Nada, nada, en un par de días estás como nueva y ya no quieres ser guapa, alta, flaca, rubia, rica y con mucho tiempo para ti. Que me está dando envidia a mí también, no te digo…mejor vete que tengo que solucionar un defecto que le acabo de ver al cazamosquitos.

Y ahí la he dejado con sus garabatos demenciales y las nubes pasándole a toda máquina por encima de la cabeza. Hace un día muy ventoso, a lo mejor se lleva mi envidieja con tanta ventilación.

 

 

Plancha, maldita

 

En el capítulo anterior: (la Poncho practica desde un sofá lo que ella llama “el crecimiento interior” porque pretende dar clases de semejante disciplina)

En la entrada de hoy:( la Poncho, otra vez, da su primera clase, el Jacobín no quiere quitarse el disfraz de dinosaurio, los chupetes siguen desapareciendo, Patricia escribe sin cesar, Eva tiene envidia y la bolsa se desploma.)

Resulta que esta mañana nada más llegar a mi puesto de trabajo me encuentro la siguiente escena: el sofá lleno de mujeres con los ojos entrecerrados y en el centro la Poncho dirigiendo el aquelarre o lo que fuera aquello, al Jacobín mirándome desafiante con un disfraz de dinosaurio por encima del uniforme, a la Morganina llorando en brazos de la Salus porque su chupete ha vuelto a perderse y a la Patricia asomando la cabeza, solo la cabeza, desde su cuarto creatorio para darme muy deprisa las órdenes del día.

Llevas al niño al colegio, que se quite el disfraz, por favor, a la vuelta compras el pan y chupetes, tienes ropa para planchar en el armario de la entrada, preparas un puré de verdura, pasas la aspiradora, menos por el salón ,que están en clase. Bueno, lo de siempre. Y la cabeza mandante con su rubia melena ha desaparecido tras la puerta.

En esos momentos he sentido, por primera vez en mi vida, una sensación muy mala, como rasposa en la garganta, que creo que es envidia o faringitis. Sí, porque he querido ser la Patricia, tener un cuarto de creación, encerrarme en él con una melena rubia como la suya, cayéndome en cascada por la espalda, ya puestos, y pasarme toda la mañana escribiendo mis cositas ajena a los problemas mundanos.

Esto de la envidia es como la alergia, de pronto un día te brota un sarpullido al comerte un kiwi, si tú llevabas toda la vida comiendo kiwis y nunca te había pasado nada, ¿por qué ahora? Porque el cuerpo es así, se va sensibilizando poco a poco y un buen día no lo resiste más. Pues esto  es parecido, día tras día de observar la vida de otra y de hacerle de mayordoma sin que me siente mal y hoy me ha dado una mala reacción.

He llevado al Jacobín al colegio vestido de dinosaurio y rugiendo a las farolas porque no he conseguido que se lo quitara y no tenía ganas de conflictos con un niño que padece de lo mismo que yo, ahora entiendo mejor sus sufrires, y he pasado una mañana muy envidiosa sorteando a las mujeres en cuarto creciente y planchando malamente.

Clic, clac, clic, cloc, parecían burlarse de mí las teclas de la Patricia. Hasta creo que las he oído decir: tú nunca nos pulsarás con tanto garbo, so advenediza, escritorzuela de pacotilla. Plancha, maldita, plancha. O plancha, pardilla, algo así creo que me han dicho. Y los mercados acumulan fuertes pérdidas, baja la bolsa, sube la prima de riesgo. Es que para no escuchar el mensaje de las teclas he puesto la radio, en buena hora.

Madre mía, qué cosas.

 

 

Por el desagüe

El martes estaba lavándose la cara cuando la belleza, plas, se cayó al lavabo y  se fue  por el desagüe.

Desmontó el bote sifónico pero sólo encontró pelos, un poco de tierra, agua más bien turbia.

El jueves la vio en otra cara haciéndose la eterna y el sábado en unos brazos largos, se deslizaba por ellos como en un tobogán, riendo.

El domingo muy temprano estaba puesta en el amanecer, suave película que se fue diluyendo hasta desaparecer. Por la tarde la escuchó en una canción y de nuevo se esfumó. La esperó al atardecer y se presentó, sí,  pero pavoneándose con un vestido rojo y morado que luego se volvió negro, como si se burlara.

Si lo llega a saber no se queda tanto tiempo  mirando el gracioso remolino y pone rápido el tapón.

(Cuaderno de DM)

 

El hombre que me da pena

Bastantes días, casi a la misma hora y en el mismo punto de la calle, me cruzo por la acera con un hombre que me da pena. Lleva unos zapatos marrones, de cordones, con láminas de pena pegada en las suelas. Un pantalón gris que se le arruga por detrás de las rodillas, eso se llama hueco poplíteo, donde cabe un montón de pena triturada. Una chaqueta torcida con motitas de pena en las solapas.

Parece buen hombre, un hombre bueno y afligido.  Me gustaría hacerle una sopa con pollo picado pero puede que sea un plato muy penoso y no sólo no le alegre si no que se quiera ahogar en ella. Podría cantarle una canción de esas que incitan al baile, pero canto mal, desafinando mucho, ¿y si en vez de bailar se pone a llorar?

Me da tanta pena la cartera que lleva en la mano, con esos papeles dentro que imagino tristísimos, la propia mano que sujeta el asa, tensa,  el puño de la camisa que asoma por debajo, un poco desgastado,  que tengo que cruzarme de acera y no mirar.

Y justo ayer cuando iba a cruzarme de acera, fue él el que me miró de reojo con toda su pena y cruzó rápidamente al otro lado.

Ahora creo que soy la mujer que da pena.

Yo sí quiero la sopa y una canción para bailar.

(Cuaderno de DM)

 

El crecimiento interior

 

En la anterior entrada: (Esme habla, por no estar callada, de su aversión al metro y a los viajeros del mismo.)

En la entrada de hoy: (la Poncho se pasa toda la santa mañana sentada en el sofá con aspecto de vegetal. No está cadáver, sólo practica el crecimiento interior. Eva, que no pierde ocasión de marear la perdiz, también se sienta con ella pero crecer, crecer, lo que se dice crecer…crece poco, solo le entra sueño.)

 

Llevaba toda la mañana viendo a la Poncho sentada en el sofá y ya me estaba intrigando. Diréis que me entra la intriga con bien poca cosa pero es que la Poncho no estaba leyendo ni viendo una película ni trajinando por las redes sociales ni escuchando música ni practicando ninguna de esas actividades tan queridas por nosotros los humanos para distraernos de nuestra mortal condición. No, ella ahí, a palo seco mirando al frente, pero como sin verlo.

Por un momento pensé que estaba muerta, un claro caso de sobredosis de cuencos tibetanos y exceso de namastés, pero noté que respiraba. Entonces me acerqué a indagar, no fuera aquello la antesala de la defunción.

Digo, señora Poncho, ¿se encuentra bien que la noto muy pétrea y como obnubilá? Carcajada más bien loca  y la siguiente explicación: estoy practicando el crecimiento interior, tengo que intentar estar quieta, sentada, sin hacer nada. Parece fácil, pero no, ¿quieres probar conmigo?

Con lo derrengada que ando a media mañana, la idea de aparcar el mocho y aposentarme en un sofá a verlas venir me pareció mejor que buena. Pues a su lado me senté sin mas preámbulos, suspiré hondo porque es lo que hay que hacer en estos casos y me dispuse a descansar tan ricamente.

Abandónate, relájate y no te exijas nada, se me pone ella con una voz así como la de la serpiente Ka del Libro de la Selva. Qué sueño, majos, me estaba gustando el crecimiento.

Deja que fluyan tus sentimientos, emociones, fobias, alegrías, recuerdos, deseos, miedos, amores..sigue ella.

Eso ya no me gustaba tanto, qué trabajera ponerme a sacar todo eso, peor que hacer el cambio de ropa de armarios. Pero para que me dejara tranquila le dije que sí, que ya.

De toda esa mochila-sigue con su voz de entre muermo y persuasión- elige sólo lo que te agrade y al resto le das tu bendición porque te ha ayudado a llegar hasta aquí y a ser lo que eres. A continuación, lo envías al infinito para que se disuelva en la nada.

Madre mía, qué de pamplinas, ¿y eso cómo se hace?

Que te quedes sólo con lo positivo, pero si es muy fácil, ¿notas tu crecimiento interior?

Noto que la Patricia acaba de salir del cuarto de la creación literaria, vulgarmente llamado despacho, y como vea la fregona tirada en una esquina y a mí despatarrrada en el sofá, la que voy a ir al infinito voy a ser yo. Infinito rima además con finiquito, me levanto. Adiós y gracias, señora Poncho.

¿Pero crees que soy buena maestra de crecimiento interior?, me grita ella sin abandonar su postura sedente ni dejar de mirar al frente. Se ve que el infinito y la nada se hallan justo ahí aunque yo sólo vea una pared.

Es que voy a empezar a dar clases, mañana vienen las alumnas.

Y ahí la he dejado, creciendo y mandando lotes de desgracias a la nada. Pues buena va a poner la nada con tanto envío.

 

La tienda de las cosas feas

Todo es muy feo en la tienda de las cosas feas.

Hay cajitas feas con tapas en forma de horrorosa flor, estatuillas chinescas que emiten siniestros brillos, un frutero que imita a un enorme fresón, lamparillas que se retuercen sobre sí mismas como si les doliera su propia fealdad, un abrecartas con el mango de un dios azteca enfurruñado, columnas corintias de hace cinco minutos, una familia entera de perritos de porcelana ladrando a la mesita de patas con filigranas.

Y un pato que me recuerda a alguien, incrustado en una peana, las alas abiertas, queriendo volar.

(Cuaderno de DM)

Descenso a los infiernos

En el episodio anterior: Eva y doña Marga pasan la tarde en un andén del metro (ya son ganas) viendo a la gente pasar (eso tampoco lo entiendo). Doña Marga se quiere empantallar como todos los demás.

En la entrada de hoy: leéla y lo sabrás, leches.

Si me dieran a elegir un sitio donde pasar la tarde creo que el último lugar donde querría ir es al metro, qué quieres que te diga. Puede que porque  ya desciendo a los infiernos, si se me permite el dramatismo, todos los días hasta cuatro veces. No le veo la gracia a ese lugar, más bien le veo la desgracia.

Que se ve gente, pues claro que se ve gente, es lo único que se ve y eso es, precisamente, lo que hace del metro un lugar desagradable. Y no sólo ves gente aunque no quieras, también la oyes. Por ejemplo, ayer, me enteré en un mismo trayecto de las siguientes informaciones no solicitadas:  a la chica de negro el jefe la explota, ella ya no puede más, hace tantas horas en el trabajo que tiene la nevera vacía y cuando llega a casa no hay ni azúcar ni azúcar ni azúcar (lo dijo tres veces, no es cosa mía).  Al chico del jersey de lana la novia le ha puesto los cuernos con su mejor amigo, (qué novia más tópica), y la señora de enfrente se va de vacaciones a un cámping y espera que no le llueva.

Pues mira qué bien, sabiendo todo esto, me puedo ir tranquila a trabajar. La gente, esa que tanto le gusta ver a doña Marga, no tiene pudor y vocea sus historias a través del móvil como si estuviera en soledad. Luego, para amenizarnos debidamente el trayecto, se subió en el mismo vagón un hombre con una flauta dulce que ni mis hijos la tocaban tan mal y mira que eran poco duchos, y nos deleitó con un engendro chirriante del que todavía me estoy acordando.

Cuando se bajó el del flautín, se subió una mujer a narrar penurias, no quiero parecer desalmada ni desconfiada pero vivir debajo de un puente con diez niños, varios de ellos en silla de ruedas y necesitados de comida especial me parece un historia poco verídica. Diez niños son muchos niños. Aún así, le di dinero, por si fuera cierto, y por qué nos lanzó una especie de amenaza maldición con la que logró intimidarme.

En fin , que un viajecito de lo mas entretenido. Añádele sus aromas humanos primigenios y sus túneles sucios, sus escaleras interminables con toda ese gentío empujándote y tendrás la descripción del infierno en la tierra. Bueno, tal vez se me ha ido un poco la mano pero solo un poco, como a la del puente.

Y para colmo, me han vuelto a robar. Un invento, la cartera todavía no. El invento era una aspiradora de basura espacial que se retroalimenta con la propia basura que aspira y así no necesita combustible ¿A qué es buenísimo? Pues ya existe, esta vez han sido unos chinos, pa matarlos. De la universidad de Tsinghua mismamente, por si  algún día os pasáis por  allí y os queréis vengar en mi nombre.

Y ya está, deseando que vuelva Eva o doña Marga, ¿verdad? Pues no me importa, los visionarios somos así, incomprendidos en el momento presente, pero de nosotros se hablará en los libros de historia. Dadme tiempo.