Día: 1 marzo, 2016

El día fatídico

En la vida de toda mujer (buenos días, soy Esmeralda) y en la de todo hombre, supóngome, hay un día fatídico, ese que marca el antes y el después. Pues bien, o, mejor dicho, pues mal, ese día ha llegado a mi vida esta mañana. Y ha tenido que ser en el metro, qué lugar tan feo para el desengaño. Por un lado, mejor. Ya que va una a desengañarse, que sea en un lugar feo y no en un jardín tropical o en una playa desierta, esos entornos de ensueño dejémoslos para vivir otro tipo de emociones.

Ya voy, ya entro en materia, no os vayáis al último párrafo para leerlo deprisita, haceros una composición aproximada de sobre qué va esto y dejar un comentario apresurado mascullando qué pesada es esta tía. Va de que hoy, por vez primera, un hombre, apuesto y joven para mayor humillación, me ha cedido el asiento.

He barajado tres posibilidades: la A es que al verme tan hermosa y jaquetona, tan afrodítica, haya decidido tener un gesto galante de los que ya no quedan con la intención de impresionarme y hasta tal vez enamorarme. Me gusta mucho la A pero mi mente, cruel como ella sola, le ha pegado un empujón de lo más grosero y me ha puesto delante a la B. La B dice que el apolíneo mozarrón ha visto en mí, no a su posible amante si no a su adorada madre y por eso, conmovido y con la esperanza de que le prepare albóndigas, me ha dejado sentarme. Odio la B y sin embargo y, dado que todo puede empeorar, es mejor que la C. En la C, el guaperas del suburbano, no es que haya visto en mí a su madre, es que ha visto en mí a su abuela y es por ello que se ha levantado y me ha hecho ese gesto reverencial cediéndome su plaza.

Buah, me he dicho, quédate con la A que para eso son tus propias opciones y puedes hacer con ellas lo que quieras y abre el quiosco con aplomo y seguridad en tus encantos. Eso he hecho cuando ha aparecido Eva a hablarme, qué inoportuna ella, de que el tiempo pasa y a su paso arrollador, cambia las cosas de sitio, transforma a las personas y a las cosas, levanta polvaredas, agita, remueve, descoloca, hace crecer a los niños, envejece a los padres, desaparece seres y no deja nada como estaba.

No contenta con terminar de amargarme la mañana ha querido leer el borrador de lo que tenía escrito para hoy. Censura previa, le llamo yo a eso. Bórralo, me dice tras echarle un vistazo creyéndose la redactora jefa de algo, y escribe de otra cosa. Hay problemas muy acuciantes en el mundo, yo no me meto en ellos porque no tengo los conocimientos suficientes pero tú, como mujer experimentada que eres, sí podrías hablar de la sesión de investidura, la fuga de capitales, el auge de Donald Trump, qué sé yo.

¿Mujer experimentada? La segunda en la frente. Pues no me da la gana, tertulianos ya hay bastantes y, además, cobran. No lo borro, se queda así, otro día me pongo profunda y hasta abisal si es preciso, pero hoy necesito desahogarme en este mi particular muro de las tontas lamentaciones. Que no sea la C, que no sea la C, que yo no quiero ser (todavía) la yaya de nadie.