Día: 13 marzo, 2016

Mejor amiga

Ella me dijo que de todos los nombres de la lista de clase había elegido el mío. Que era el que más le gustaba de todos, con sus dos apellidos también. Luego me miró esperando una reacción. A lo mejor quería que yo eligiera el suyo pero es que yo no quería llamarme María del Mar y por eso no dije nada. El caso es que me había elegido a mí de entre una lista de treinta nombres y eso tenía que tener alguna consecuencia.

Y la tuvo: me agobié. Sonreí un poco para disimular y cambié de tema, lo cual era muy fácil porque siempre estábamos hablando. Hablábamos desde que nos encontrábamos por la mañana hasta que nos separábamos por la tarde, hablábamos en clase y el recreo, en el comedor y en el camino de vuelta. Cuando llegábamos a mi casa, que estaba la primera, aún no habíamos terminado de hablar y por eso yo la acompañaba hasta la suya, para poder seguir hablanddo, pero al llegar a la suya aún teníamos cosas que decirnos y ella me acompañaba otra vez a mí, desandando el camino y así varias veces hasta que preguntábamos la hora y había que correr. Si no hablábamos, corríamos.

Al día siguiente me lo volvió a decir. Había escogido mi nombre porque todo lo mío le gustaba: mi pelo, mi ropa, mis ojos, mi letra, mi voz y los dibujos que hacía en los márgenes de los libros. Yo era su mejor amiga y siempre lo sería. Me entraron ganas de de echar a correr hasta que me doliesesn los músculos y me faltara la respiración. Para que no sospechara grité: ¡corre! Y corrimos gritando y riendo por toda la calle hasta el puesto de la ciega donde comprábamos regaliz enrollado con una bola amarilla en el centro.

Seguimos siendo durante dos cursos más las supuestas mejores amigas, siempre juntas, siempre hablando, siempre castigadas en el pasillo por hablar tanto, siempre con la risa floja y ella admirando todo lo que yo decía o hacía, feliz creyendo que era correspondida, sin saber que yo era un ser traidor y poco fiel. En realidad yo tampoco lo sabía del todo.

Cuando mi familia se mudó a otro barrio también nos cambiaron de colegio, hice amigos nuevos pero seguíamos llamándonos por teléfono para hablar y un día quedamos en una plaza a medio camino entre los dos barrios, una plaza con muchas paradas de autobús.

Llegué antes que ella y desde que llegué ya tenía ganas de irme. La vi bajarse de uno de los autobuses, mirar hacia los lados buscándome. Apareció otra vez ese agobio que solo se curaba huyendo y me escabullí por una de las calles laterales, subí corriendo la cuesta, llegué hasta otra plaza y ya libre del peligro de su amistad me quedé un rato sentada en un banco sin saber por qué había hecho eso.

Sentí un poco de pena, algo de arrepintimiento, una cierta extrañeza de mí misma y la seguridad de que volvería a comportarme de manera parecida en el futuro , sin poderlo remediar.

(Cuaderno de DM)