Día: 26 marzo, 2016

Vida de guía

El guía odia a sus guiados, a todos ellos. Para él no tienen caras individuales ni personalidades definidas. El guía los odia en conjunto como podría odiar el calor, el café o las tardes de domingo.

El guía odia también el recorrido, los montes negros a los que por su propio pie jamás iría pues le parece la parte más fea de su tierra, las grutas interiores, húmedas y oscuras, sin vegetación. Odia las leyendas asociadas a los mismos. Odia al ermitaño Hilario que plantó una higuera, odia contar esa historia. Pedir todos los días, varias veces, que no hagan fotos con flash y que no le obedezcan. Siempre hay unos cuantos díscolos en la masa de guiados. Unos cuantos que se retrasan, otros tantos que hablan, niños que lloran, tan aburridos, tan desesperados por salir de ahí como él.

El guía odia sus propios chistes, dichos siempre en los tres mismos lugares y las risas que siempre provocan. Al parecer tiene cierta gracia. El guía, mientras guía maquinalmente, con fingido entusiasmo, piensa en otras cosas, en su hijo que va mal en el colegio y si no se endereza a tiempo acabará también de guía, en que tienen que comprar un sofá nuevo, en la operación de su madre o en los lugares que le gustaría visitar cuando tenga vacaciones.

El guía desea ser guíado, formar parte de un odioso grupo, hacer fotos prohibidas, llevar un plátano en la mochila por si le entra el hambre, pantalones cortos y una gorra, reír las bromas de otro, nuevas para él, dejarse llevar, que le cuenten bonitas leyendas jamás escuchadas.

Se dice que aquí vivió un ermitaño llamado Hilario, narra con disimulada desgana. Una parte del grupo escucha o lo parece, otra se pierde en sus propios pensamientos, unos cuantos atienden con burlón escepticismo y algún observador se fija en que el guía tiene un diente torcido que despunta brillante en la oscuridad de la cueva.

(Cuaderno de DM)