Día: 27 marzo, 2016

Restos en un cajón

En el cajón de la mesita de noche de la abuela quedaron durante mucho tiempo algunos restos: horquillas negras para el pelo, una cosa horrorosa que se llamaba redecilla y que la abuela se ponía en la cabeza para dormir y amanecer peinada, dos caramelos de piñones que olían a rancio, un librito de oraciones con una estampa de una santa dentro que daba mucho miedo, un monedero rojo de piel pelado por el borde y un papel doblado en cuatro con un esbozo de poesía tachada varias veces y luego dejada por imposible.

La poesía la había tratado de escribir el abuelo cuando nació el primer nieto. Niño que vienes de las estrellas, decía el primer intento de verso. Niño que no sé de dónde vienes, decía el segundo, más sincero. ¿De dónde vienes, niño misterioso?, se preguntaba el tercero, ya con un tachón encima. Y debajo, esa misma mano, resignada ante su falta de pericia poética, había escrito simplemente el nombre del niño recién venido de no se sabía dónde: Manuel, Manuel, Manuel, Manuel. Así, concentrando en un nombre su emoción y su extrañeza, hasta el final del papel.

(Cuaderno de DM)