Día: 5 abril, 2016

El pedido

Muy cerca de la casa de verano, detrás de una valla de piedras, había un vertedero. A mi prima le gustaba mucho ir a jugar ahí, a lo que ella llamaba el pedido. Yo la seguía porque mi prima era divertida y mandaba claramente sobre mí.

Una vez dentro de aquella tienda de maravillas, inventábamos juegos, o más bien los inventaba ella. Uno de los que más nos gustaba era el de los accidentes, la accidentada era casi siempre yo. Me tumbaba sobre una carretilla oxidada, ella me ponía por las piernas y los brazos papeles o trapos rotos como si fueran vendas y me empujaba a toda velocidad por entre las basuras llevándome al hospital imaginario.

A mí me gustaba ir tumbada viendo pasar el cielo a toda velocidad y a ella le gustaba empujar. Casi siempre me salvaba después de momentos de gran tensión en los que tenía que fingir que me ahogaba o que me dolía algo por dentro horriblemente, pero alguna vez, pese a sus reanimaciones y operaciones escabrosas, morí, poco rato porque una compañera de juegos muerta ofrece escasa diversión.

Después, olvidado el accidente, hacíamos la compra, como nuestras madres. Llenábamos la carretilla de todo lo que nos parecía útil y eso era el pedido. Mi prima siempre se llevaba algo, un día fue un tenedor. Por culpa de ese tenedor con el que se empeñó en comer descubrieron dónde íbamos a jugar todas las mañanas y pusieron a la abuela sentada en una silla en mitad del jardín para que nos vigilara.

Al tercer día de vigilancia se quedó dormida con las piernas al sol y la boca abierta y nos escapamos muy contentas pero, al llegar al vertedero, la carretilla oxidada ya no estaba y sin carretilla no era posible la operación de salvamento ni mucho menos hacer el pedido.

(Cuaderno de DM)