Día: 14 abril, 2016

Sofá, lectura y otro mensaje

Resulta que la Patricia, esa jefa mía que se pasa la vida encerrada escribiendo una novela que no termina nunca, llevaba ya unos días desapareciendo a media mañana junto a su amiga la Poncho. Andaba yo muy intrigada con estas excursiones tan atípicas. Como veréis me intrigo con bien poca cosa. Pues hoy he resuelto esta intriga y además, otra que ya daba por perdida.

Ha sido la Poncho, que es más bien bocazas, la que me ha revelado lo que hacen cuando salen por ahí. Venga, Patricia, corre que llegamos tarde a clase. Es que, me aclara soltando la primicia ante la cara de disgusto de la otra, estamos tomando lecciones de meditación avanzada con un maestro venido de la India.

Así que era eso, se van con el mismísimo gurú. Lo que no entiendo es por qué vuelven siempre a la hora de comer cargadas de bolsas. Será que el indiano ha montado tienda o que, después de tanta mente en blanco, precisan de tocar tierra gastándose los dineros en traperíos.

No os creáis que son pijas al uso, más bien al desuso, se visten raras, la Patricia en estilo hada desfasada y la Poncho, la Poncho no lo sé, es inclasificable, pero el caso es que su desenfadada vestimenta no es tan al azar y al descuido como pudiera parecer de un primer vistazo. Lleva su tiempo y su inversión. Bueno, y a mí qué me importa.

Lo que sí me importa es lo agusto que me estoy quedando estas mañanas con la casa para mí sola. Pocos placeres son comparables a la desaparición del jefe aunque solo sea por unas horas. Tan contenta estaba hoy solazándome por las estancias de este macro hogar como si fuera mío y agitando el plumero a lo tonto y a lo loco, que hasta he decidido eliminar el paseo de la Morganina de mis actividades. Una mañana sin los desvaríos de la Esme me iba a venir muy bien para descansar.

He oteado desde abajo la librería para ver qué título elegía y justo el que me ha llamado la atención, (uno muy gordo, me va el caballo grande ande o no ande), estaba en la balda más alta, allí donde jamás limpio porque no me llega el brazo. Al subirme a la escalera para alcanzarlo he visto, además de polvo en abundancia, un montón de chupetes cubiertos de peluseríos. Segunda intriga resuelta ahora que ya no le importa a nadie (soy una maestra en el arte de crear tensión y luego no resolverla): ese era el lugar donde el Jacobín escondía su botín. Dada su pequeña estatura supongo que practicaba el noble arte del lanzamiento chupetil.

Los he tirado todos a la basura envueltos en un papel, tampoco es cosa de descubrir al ladrón ahora que parece rehabilitado. Todos menos uno que he depositado, tras desinfectarlo, en la boca de la niña cantora de arias. Al fin la paz completa, me he dicho, qué mañana de sofá y lectura más gloriosa. Esto sí que es paz en la tierra y déjate de gurús o guruses o como se diga, estaba yo pensando, cuando, al abrir el libro estas letras se me han echado encima:

“Algo acerca de los señores y criados y de si es posible que unos y otros se conviertan en hermanos espirtuales” y debajo de tan inquietante título, lo siguiente:
“También, ¡oh Dios!, hay pecado en el pueblo, ¿quién dice lo contario? La llama de la corrupción se multiplica a ojos vistas, aumenta de hora en hora”.

¡Qué susto, madre mía, ni que me estuviera mirando el Fiodor Dostoievski redivivo. Nada, que no, no he podido corromperme como quería después de tal frase y me he tenido que poner, muy a mi pesar, a pasar la aspiradora que para tal labor me pagan. Por no aburrirme mucho con la caza de pelusas díscolas he ido tarareando el Himno de Riego, digo yo que en algo se tiene que notar que hoy es 14 de abril.

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