Día: 28 abril, 2016

Colaboracionista

Me he sentido tan mal como si le estuviera poniendo a la doña Marga la estrella judía para mandarla derecha al guetto de Varsovia. Es que su sobrina la doña Repolluda me enjaretó ayer la plancha nada más llegar y me pidió que marcara la ropa con unas etiquetas que llevan su nombre impreso. Como vio mi cara de disgusto me llamó vaga. Ni me molesté en explicarle que no era por el trabajo si no porque esa tarea me da mala espina y me huele a residencia inminente.

La doña Marga no dijo nada mientras yo aplastaba con rabia las etiquetas en la ropa, se puso a mirar por la ventana para ver a los vencejos que andaban muy alborotados por el cielo. O no lo sabe, que lo dudo, o ya se ha resignado a su suerte. Cuando terminé de marcarle toda la ropa me pidió que le preparara un té con un chorro de whisky, según ella para la tensión que la tiene baja y mientras se lo tomaba lanzó un par de suspiros y después se fumó un cigarro de los que tiene escondidos en un cajón, pero nada más.

No estaba yo para muchas tonterías cuando llegué a casa. Ni caso hice a la Noe que quería enseñarme un conjunto que dice que le da un aire clavado, clavado a la Khaleesi de Juego de Tronos, ni al Toni que desde el sofá me declamó: “Sereno aguarda el fin que poco tarda ¿Qué es cualquier vida? Breve sois y sueño”, ni al guasap de la Esme preguntándome si había leído su epístola de ayer y que qué me parecía.

Soy una colaboracionista y con mi ayuda la doña Marga va a ser enviada al apartheid.