Mes: mayo 2016

Muñeca Mila

Yo también tengo derecho, dijo una mañana la abuela Mila, la de los pisotones, mientras se fumigaba el pelo con la laca y de paso nos fumigaba a nosotras. También tengo derecho.

¿A qué?, le preguntamos frotándonos los ojos y tosiendo a causa de la onda expansiva

A lo que a vosotras no os importa, entrometidas.

Y así estuvo varios días proclamando su derecho a algo que resultó ser alguien: se había echado un novio. El tal novio le estaba esperando abajo, en la calle donde jugábamos. Era un señor viejo vestido con traje, pero el pantalón le quedaba corto y se le asomaban las canillas. Me dio pena ese detalle. Por los detalles entra la pena, igual que el amor o el odio también suelen colarse por esos huecos mínimos. El señor se llamaba Rufino, eso también era un poco triste, parecía más nombre de peluche que de hombre.

Se fueron del brazo hacia el autobús que llevaba al centro para dar un paseo. Mi hermana se empezó a reír como una loca y hasta se tiró al suelo para poder disfrutar mejor de la risa, levantando las piernas en el aire como una cucaracha boca arriba, ¡Que la abuela tiene novio!, decía medio ahogada en carcajadas. Como yo siempre la imitaba, hice lo mismo , pero desde el suelo y con mi risa falsa seguía pensando en esas espinillas del novio viejo.

Estuvieron un tiempo saliendo juntos y siempre que los veíamos del brazo en dirección al autobús nos reíamos, más que nada por costumbre. Mila nos miraba con un poco de odio y soltaba lo de que ella también tenía derecho. Después de dos o tres meses, otro día que se estaba laqueando, cambió de frase. Esta vez dijo: no tengo por qué aguantar tonterías a mi edad.

¿El qué, Mila, qué tonterías no tienes que aguantar?

Nada que os interese, cotillas.

Era a Rufino, claro, el señor con nombre de peluche. Qué pena me dio otra vez imaginar las canillas solitarias en busca de otra novia más comprensiva. Pero cuando mi hermana dijo tirándose al suelo,¡ que la abuela ha dejado a Rufi!, me volví a reír porque era gracioso y porque si no hacía lo mismo que ella me parecía que algo malo podía pasar. Tenía esas tontas supersticiones.

Pero pese a imitarla no evité el mal. Mila, después de pasar unos meses muy nerviosa y de mal humor, se puso a hacer cosas raras, a olvidar palabras, a confundirnos a unos con otros y a creer que mi madre, que en realidad era su nuera, era la suya. Después también creyó que nosotras éramos sus madres o sus hermanas o secuestradoras malvadas que le impedían salir del cuarto.

La adoptamos como muñeca, era divertido hacerle peinados, ponerle lazos, laca y colonia, darle la merienda. Siempre que no le mirase las piernas, delgadísimas, porque por esos palos flacos entraba la pena.

Ejército indisciplinado

Los vecinos de la puerta A, la nuestra era la B, se arrancaban por menos de nada a cantar el Cara al Sol. También eran familia numerosa y en cuanto celebraban un cumpleaños, ganaba su equipo, el Madrid, o porque sí, formaban filas y entonaban el cántico. Lo de que formaban filas es un decir porque no los veíamos, pero sí los oíamos y perfectamente a través de los tabiques finísimos de las casas mal construídas de nuestro barrio.

Si mi padre no estaba en casa no pasaba nada, sólo nos reíamos o mi madre comentaba que ya les había dado el ataque facha a los Carapeto. Se apellidaban así por lo que tenían que aguantar constantes bromas con su nombre. Pero si mi padre estaba en casa se ponía tan furioso que daba miedo. Esto no hay quien lo aguante, cantan para provocar, hay que hacer algo, decía abandonando su esquina del sofá y levantándose a dar vueltas nerviosas por la casa.

Pues ya sé, yo a estos les voy a enseñar la Internacional y a ver quién grita más fuerte. Será fascistoide el Caraputo. A ver, venid todos, se canta así: “arriba parias de la tierra, en pie los esclavos sin pan”. Venga, lo repetís bien fuerte.
No es así, le corregía mi madre que a veces era un poco repelente, es famélica legión. Y se ponían a debatir sobre las versiones y cuál era mejor.

Estaba claro que en la puerta B no teníamos tanta organización como en la A y la Internacional se quedaba en un inicio mal cantado, mi madre nerviosa porque era amiga de la Carapeto, se intercambiaban entre otras cosas patrones de jerseis, y unas cuántas preguntas nuestras.

Por ejemplo qué era un paria, a lo que nos respondía que nosotros y que también lo era el Carapeto y toda su familia aunque no lo supieran. Si no fueran parias no vivirían aquí, explicaba señalando con el brazo el descampado que se veía tras la ventana.

Ser paria no estaba tan mal, en ese barrio éramos felices y podíamos jugar en la calle con todos los otros parias que también parecían bastante felices. Y lo de esclavos sin pan era una clara exageración, o bien de mi padre o de la canción. No éramos esclavos, teníamos pan todos los días, también galletas y hasta rosquillas que hacía mi abuela.

Como veía que la Internacional, con tantas pegas, no estaba teniendo mucho éxito, probaba a contraatacar con otra. Pues el Gernikako Arbola, esa les va a joder y sí os la sabéis porque os la he puesto en el coche a punta pala. Eso de “a punta pala” era una expresión muy suya. Pero no nos la sabíamos, ni él tampoco porque, aunque había nacido en Bilbao y vivido allí hasta los veinte años, no sabía hablar el esukera. Solo nos sabíamos las dos primeras frases y mal. Mis hermanos, aburridos de que los tuviera ahí parados, empezaban ya a hacerse pases con la pelota que siempre llevaban adherida a los pies o a iniciar sus juegos de apuestas.

Cuánto nos das si vamos a la puerta del Carapeto, se la escupimos y le tiramos un mejunje en el felpudo. Gamberradas no, decía mi madre sin soltar su punto, los niños son vuestros amigos.

¿Que sois amigos de esos fascistillas?, se indignaba él.

¿Por cuánto os beberíais el pis de su perro?, seguía otro de mis hermanos empezando otro de sus juegos, el “por cuánto”, consistente en proponer algo muy asqueroso que estaríamos dispuestos a hacer a cambio de un precio. No se podía decir que por nada, eso era no saber jugar.

Mira, ya se han callado, ya no cantan, decía de pronto alguno, deseoso ya de abandonar el ataque musical al enemigo. No cantan ahora pero volverán y nosotros a callarnos, como siempre, toda la vida callándome, refunfuñaba mi padre volviendo al sofá, toda la vida trabajando como un idiota y callándome. Pues no entiendo cómo todavía no os habéis aprendido el gernikako arbola, es un himno precioso, a un simple árbol, lo mejor de este mundo.

Y se ponía él solo con una voz muy grave que tenía y con la que quería sonar como el Orfeón donostiarra en pleno, a cantar las dos primeras frases mientras los demás nos íbamos dispersando como el ejército chapucero e indisciplinado que éramos. Parias con rosquillas para merendar.

El jaspeado

Mi madre tenía el vicio del punto. Por mucho que ella lo disfrazara de obligación la verdad es que era más una obsesión. Un vicio, claramente. En cuanto tenía un rato libre, sacaba de un cesto las agujas y las lanas y se ponía a tejer. Hasta de pie y paseándose de un lado a otro podía hacerlo. De paso, le servía de aislamiento porque un gran drama vital era que se le saliera un punto o que perdiera la cuenta de las vueltas y eso pasaba si la distraímos.

Mientras tejía hablaba consigo misma de lo que iba haciendo, dándose instrucciones. Una palabra que decía a menudo y que a mí me gustaba oír porque me sonaba a lunas era menguar. Menguaba mucho. El de tejer puede parecer un vicio bastante inofensivo pero, como todos, tenía sus efectos secundarios: no paraba de traer jerseys al mundo.

Una clara superpoblación de jerseys de lana nos estaba invadiendo. Todos teníamos el nuestro exclusivo y único y a veces hasta más de uno. Aunque se daba mucha importancia desplegando patrones y haciendo como que innovaba, todos eran prácticamente iguales. Picaban, eran feos, llevaban ochos por delante y nos uniformaban dándonos el aspecto de unos niños de Sonrisas y Lágrimas todavía más pensosos que los originales.

Abrigan muchísimo, con esto no váis a pasar frio, nos decía con gran satisfacción. Cuando le quedaban restos de lanas hacía uno que ya era el colmo de la fealdad y que se llamaba el jaspeado. Si te tocaba ese ya te podías ir preparando para las burlas de tus hermanos y para llevar todo el invierno una prenda horripilante puesta encima. Si protestabamos porque era feo, ella ya lo sabía, nos decía que abrigaba igual que los otros y se quedaba tan ancha. Al parecer la estética no era importante en su vida. Si mi padre le regalaba un bolso nunca decía qué bonito sino que lo sopesaba y se alegraba si cabían muchas cosas dentro.

Llevaba ya dos temporadas librándome del jaspeado cuando me cayó en suerte. Justo acababa de enamorarme de uno de los chicos de los bloques de enfrente que tenía los ojos azules. De los de nuestra hilera de bloques casi nunca nos enamorábamos, estaban demasiado vistos, pero los de enfrente aún poseían un halo de misterio. Además nos amenazaban con piedras y palos, lo que contribuye bastante al amor. Mi hermana enseguida se dio cuenta, a ella no le parecía guapo: te gusta el besugo, idiota.

Pues sí, me gustaba el besugo y mucho y, para colmo tenía que llevar el jaspeado a la vista porque todavía no hacía frío para taparlo con un abrigo. Había que librarse de ese jersey como fuera. Así que, siguiendo una máxima de mi padre que decía que a un niño, si le das tiempo, puede tirarte con una uña una pared, fui lentamente horadando en su centro con el dedo hasta que en tres días conseguí hacerle un buen boquete. No dije nada porque enseguida lo vería y lo tiraría a la basura, el lugar que le correspondía. Odiaba que fuéramos rotos, sucios o sin peinar. Lo vio: qué raro, se te ha roto, te lo habras enganchado con algo. Trae que te lo coso.

Ahora no sólo tenía que llevar el jaspeado sino que además tenía un zurcido de lo más tosco justo en el centro. Aún con esa desventaja, en una de nuestras peleas de amor odio con los de enfrente, el de los ojos azules me retorció un brazo apretándome muy fuerte. Seguramente yo también le gustaba un poco y si no hubiera llevado puesto el jaspeado y mi hermana no le hubiera gritado ¡cara de besugo, suéltala!, quién sabe si el retorcimiento de extremidad con fuerte apretón no podría haber acabado en la primera pasión de mi infancia.

Las frívolas

Teníamos una tía, Isabel, la hermana pequeña de mi madre, que no se había casado. Y lo mejor: no se había casado porque no le había dado la gana. Vivía sola y, según habíamos oído decir a mis padres, era frívola. Pensábamos que frívola podía ser una profesión pero no estábamos muy seguras.

En el verano, cuando nos juntábamos varias familias en la casa del pueblo en lo que mi madre llamaba “la tortura de las vacaciones”, Isabel también venía unos días, muy pocos, una breve aparición para saludar, y luego se iba.

Llevaba pintadas las uñas de las manos y de los pies, se ponía unos turbantes de colores en la cabeza y se pasaba el día sentada en el porche estirando primero una pierna, luego la otra, y mirándoselas como si las estuviera comparando a ver con cuál de las dos se quedaba. También se pintaba los labios y luego hacía eso de doblar el de arriba con el de abajo para extender la pintura. Ese gesto nos gustaba mucho y lo imitábamos siempre que podíamos con una barra de cacao.

De vez en cuando se levantaba y se daba un paseo por el jardín con cara de distraída, nos miraba jugar pero sin vernos de verdad o se acercaba a la cocina donde estaban las tontas que sí se habían casado, afanadas en los guisos diarios, y con un cigarro en la mano, decía desde la puerta, sin entrar: “es una cosa…” ¿Qué cosa sería esa cosa a la que se refería? Era muy misteriosa esa frase, la decía bastante, pero para diferentes situaciones, con lo cual no podías encontrar la conexión entre la situación y la cosa.

Ya la admirábamos mucho por lo distinta, elegante y sofisticada que nos parecía pero nuestra admiración subió de grado el día que vino a verla un novio. En moto. El novio se quedó fuera, detrás de la puerta, subido en la moto. Ella se reía echando la cabeza hacia atrás y de su cigarro se elevaban volutas de humo. Cada vez que echaba la cabeza hacia atrás veíamos su cuello que era largo y como decía mi hermana tocándose el suyo, “perfectamente conformado”.

Cuando se fue el novio de la moto fuimos corriendo a preguntarle si se iba a casar con él. Isabel se rió pero no nos contestó. Se fue por el jardín echando el humo a las flores y dando pataditas a las piedras. Por la tarde vino otro novio, éste andando, y la escena se repitió más o menos igual. También le preguntamos si se iba a casar con ese, aunque nos gustaba más el de la moto, pero solo nos contestó con su frase extraña “es una cosa….” Creo que estaba eligiendo, como con las piernas.

Les vuelve locos, qué frívola es, decían las otras tías. Ese verano jugamos mucho a las frívolas, apoyadas en la puerta de la entrada con un palo entre los dedos haciendo de cigarro y los novios imaginarios del otro lado volviéndose loquísimos por nuestros cuellos ¿Qué habría que hacer para ser así? Era lo que queríamos ya para toda la vida en ese momento. En otros quisimos cosas distintas y hasta opuestas, sobre todo yo, que mucho tiempo quise ser mi madre, no una madre sino ella, la mía, exacta.

Pero nada más irse la tía Isabel nuestro mayor y fugaz deseo era un cuello largo para echarlo hacia atrás y dejar salir la risa y el humo en seductoras volutas.

¿Qué está pasando aquí?

Voy a entrar, me cuelo. Uf, qué alivio, he llegado antes, todavía no están ellos, los extraños, menos mal. Me refiero a esa familia de okupas que se nos ha colado en el blog, ¿pero quiénes son esos y qué hacen aquí? Que yo sepa no se han presentado. Una niñita, muy mona ella, empezó a contar su vida y, chúpate el perro, nos ha metido al padre, a la madre, a dos tías aragonesas,a las dos abuelas, a los cinco hermanos, a un primo tonto y, por si fuera poco, a las vecinas de arriba y de abajo.

Pero, ¿qué es esto?, si ni siquiera se han presentado, que digan su nombre al menos y así sabremos a quién dirigirnos. Para mí que se apellidan Fernández. Me estoy agobiando, os lo digo de verdad, y llamo a Eva para pedirle explicaciones y me manda por toda respuests el icono cara sonriente y la berenjena. Ayer a última hora también el calabacín. ¿Qué hago?, ¿pisto?

Porque digo yo, alguien que entre nuevo aquí, vaya al “sobre mí” y lea “me llamo Eva y me he puesto de empleada doméstica porque bla, bla, bla” y diga, ah, mira, el blog de una chacha, qué gracioso, me quedo. Y se quede y lea y vea que la que narra es una niña o, mejor dicho, una mujer que recuerda su infancia ¿qué pensará, que la que escribe es una niña chacha, lo cual es ilegal, o una chacha que recuerda cuando era niña? Me estoy liando.

Si la familia se va a quedar definitivamente, que la persona que administra el grupo, que ya empiezo a pensar que no es Eva, lo diga claramente y le cambie el nombre al blog. Así en el “sobre mi” que escriba, por ejemplo: ” soy una pesada y os voy a contar mi infancia hasta que me canse, lo deje a medias y luego os cuente otra cosa que me divierta más.” Porque eso es exactamente lo que está haciendo con nosotros, dejarnos tirados, qué perfidia.

Tengo pena. Pena por Eva, tan maja ella y acallada de golpe por la maligna en la sombra. Pena del Toni al que ha dejado filosofando en un sofá, de la Patricia llorando tras la puerta sin que nadie sepa por qué, del Jacobín haciéndose preguntas sin respuesta, de mí, Esmeralda y de los de Alpha Centauri. Bueno, de esos no, que dejan las cartas a medias.

Y la culpa de todo, ¿quién la tiene, acaso doña Marga la centenaria? Creo que ni siquiera ella es culpable. Porque también sospecho que estas historias no proceden de sus cuadernos, por mucho que debajo ponga el DM de marras para disimular. No termina de ser su estilo. Sí, pero no. Y no me cuadran las fechas, pero si esto nuevo parece “yo también fui a EGB” pero en cansino, no me digas.

Me gustaría saber qué va a pasar y creo que lo sé: nada. La familia okupa seguirá campando a sus anchas y nos sepultarán y nadie hablará de nosotros cuando hayamos muerto. Sí, ya, es el título de una peli, lo sé. Odio a los Fernández o como se llamen. Pero a mí no me desalojan tan fácilmente, ni a mí ni a los demás. No nos moverán. Que nos manden a los anti-disturbios, si se atreven. Me voy que oigo pasos. Seguiremos en contacto, estamos aquí, debajo de el familión. Adiós.

Alicita libre

En nuestro edificio, llamado bloque, vivían muchos niños. Casi tras cada puerta habitaba una familia parecida a la nuestra y lo mismo en los otros bloques que se extendían en hilera por toda la calle. Pero había excepciones. Peti era una y Alicita, otra.

Alicita tenía la edad de mi hermana inseparable y no tenía hermanos. La primera vez que entramos en su cuarto casi morimos de la emoción. No sólo tenía un cuarto enorme para ella sola, en el nuestro dormíamos tres y cuatro cuando estaba la abuela Mila, sino que ese espacio grandioso y decorado en tonos pastel, estaba lleno hasta el techo de riquezas materiales.

En nuestra vida habíamos visto en un cuarto humano tantas muñecas de todos los tipos y formas, algunas hasta sin sacar de sus cajas, observándonos desde detrás del papel celofán. También tenía muchísimos cuentos y hasta un tocadiscos, en el colmo de la modernidad, para escuchar algunos de los cuentos. Cuando tenías que pasar la hoja el disco te avisaba con un sonido de campanilla. Y lo que más me gustaba: una casita de muñecas gigantesca y amueblada. En la puerta de aquel aposento de reina, unas letras de colores con su nombre indicaban a quién pertenecía ese mundo de maravillas.

Pero a ella todo aquello no le interesaba demasiado y cuando manifestamos asombro ante tantas muñecas, se encogió de hombros con indiferencia y dijo: están muertas. Mi hermana, hábil como nadie para detectar debilidades ajenas, enseguida vio la ocasión de enriquecer su magro patrimonio a costa de Alicita y empezó a ir muchas tardes a jugar a su casa. A la vuelta siempre traía debajo del brazo algún botín como una caja de rotuladores de veinticuatro colores, un cuento, preferiblemente grande y de tapas duras, o alguna muñeca muerta. Muy viva para nosotras.

Hasta que se descubrió que Alicita estaba siendo sometida a chantaje y extorsión y que aquellos juguetes que mi hermana decía que nos había prestado generosamente no eran más que un impuesto revolucionario. Si Alicita no le daba lo que pedía, y cada día, impulsada por su propio éxito, pedía más, no volvería nunca a jugar con ella y se quedaría sola, rodeada de sus cadáveres de plástico.

Fue la madre de Alicita, siempre muy pendiente de su hija, la que destapó la trama corrupta y le puso fin. Mi hermana tuvo que devolverle los juguetes expoliados y, a partir de ese día, fue la niña sin hermanos la que venía a jugar a nuestro hogar masivo. Se lo pasaba tan bien perdida en la maraña, su individualidad diluída al fin en la masa, que muchas veces perdía el control de esfínteres y se hacía pis.

Una de esas veces, la abuela Mila vio un charquito amarillo en el suelo del pasillo y creyendo que le habíamos tirado el bote de la laca se puso histérica. Amaba su laca Nelly más que nada en el mundo, por lo que nos dio una colleja a cada uno, Alicita incluida.

Pero a ella no le importó el pescozón, al contrario. Y es que lo que quería Alicita no era ser una, eso ya lo era y demasiado, ella quería formar parte del todo, disgregarse, perder sus contornos, que nadie la mirara de forma especial y continua ni la llamara por su nombre. No tener nombre, no tener nada, difuminarse para ser, por fin, una niña anónima y libre.

Peti

En el piso de abajo vivía una señora viuda. Se llamaba Peti, tenía la cabeza llena de ricitos blancos y hablaba como si balara, haciendo temblar las sílabas, sobre todo la última de cada palabra. A causa de algún problema en las piernas, a veces las llevaba vendadas, apenas salía. Según mi madre, Peti tenía muy mala suerte porque nos tenía que aguantar a todos nosotros saltando sobre su cabeza.

Pero ella no se quejaba nunca, si acaso decía riéndose “ayer parecía que se me iba a caer el techo encima, tunantes”. A Peti las tardes se le hacían muy largas y por eso nos pedía que bajáramos de vez en cuando a su casa.

Gracias a ella, mi hermana y yo consideramos seriamente la posibilidad de dedicarnos al mundo de la farándula. Éramos las típicas pesadas que se pasan el día bailando y pidiendo a alguien que las mire. Uno no baila para nadie, baila para recibir aplausos y hasta ovaciones. Pero en nuestra casa no teníamos público.

Estábamos muy frustadas y a punto de abandonar el cante y el baile hasta que descubrimos a nuestra más fiel admiradora en el piso de abajo. No solo le parecíamos guapísimas, de una belleza racial, decía, sacándonos así, aunque solo fuera por un rato, del informe montón de la normalidad. Además consideraba que nuestro arte, que en nuestra casa solo provocaba bostezos contenidos y algún que otro empujón, era inigualable y único y nunca se cansaba de mirarnos y de aplaudir al final con entusiasmo de fan entregada. Una vez hasta se levantó de la silla y gritó tres veces bravo.

Ante tal éxito empezamos a perfeccionar las coreografías y a añadirles números más complejos que incluían saltos gimnásticos, pinos puente, recitado de poemas, furiosos taconeados con los zapatos de flamenca y mucho agitado de melenas y revoleo de faldas para terminar. Peti hasta lloraba. Ahora pienso que de risa pero entonces me parecía que era de la emoción que le causaba la pureza de nuestro arte temperamental.

Fuimos muy felices aquellas tardes en casa de Peti y creo que ella también lo fue. Nos llamaba niñas divinas y artistas como la copa de un pino y para celebrar la actuación sacaba una botella de licor carmelitano y se atizaba un lingotazo. Nos contó que era una bebida muy digestiva que hacían unos monjes de Benicassim, su pueblo natal.

Un día nos dejó probar un poco y como nos gustó nos puso un culín en un vaso para las dos. Es muy reconstituyente, nos dijo balando. Y ya todas las tardes nos daba el culín después de bailar, para reponer fuerzas y reconstituirnos. Después le entraba nostalgia y nos hablaba de playas y palmeras mientras nosotras nos reíamos sin saber de qué.

Nuestra carrera se truncó cuando empezaron a mandarnos deberes en el colegio y tuvimos que sustituir los bailoteos apasionados, los aplausos y el licor carmelitano por las cuentas y las caligrafías. Las tardes se nos volvieron aburridas como a Peti. Y también largas.

(Cuaderno de DM)