Día: 1 mayo, 2016

Señora de los huevos

Había una señora, antes de llegar al cruce, que vendía huevos en su casa porque tenía un patio con gallinas. Como no había que atravesar la calle ancha nos mandaban a las dos más pequeñas a comprar huevos allí, sin acompañamiento. La mujer se llamaba Consuelo pero era conocida como la señora de los huevos y su apodo siempre iba seguido de risas. No importaba que el chiste estuviera muy visto, había que reírse y todos nos reíamos una y otra vez sin importar la repetición.

La señora de los huevos tenía un marido al que nadie llamaba por su nombre porque era simplemente el marido de la señora de los huevos. Y dos hijos a los que le pasaba lo mismo. Los tres estaban siempre dentro de la casa, en una esquina del comedor, sentados de medio lado como esperando algo que no se sabía qué era. El marido era tan pequeño que parecía de juguete pero los hijos eran muy grandes y muy feos. Mi padre decía que los chavales eran un poco obtusos.

La señora de los huevos tambien era grandota y fea, con un boquete en la frente. Mis hermanos, a los que les gustaba bastante asustar, nos contaron que era una herida de bala hecha por los hijos, aunque en realidad era la cicatriz de una operación cerebral. De todas formas, que le hubieran tenido que trepanar el cráneo era casi más terrorífico que la historia inventada del disparo. Se ponía muy contenta cuando nos veía llegar con las hueveras de cartón en la mano y salía al patio por una puerta trasera, hecha de tiras colgantes de tela, para recoger los huevos.

El marido de juguete y los hijos feos se nos quedaban mirando sin decir nada. El marido se reía con cara de tonto intentando ser amable, los hijos no. En ese momento la mentira de mis hermanos se volvía verdad, iban a sacar la escopeta y nos iban a llenar la frente de boquetes o sólo nos harían uno, justo en el centro, redondo y profundo, como el de su madre.

Pero ella regresaba enseguida, anticipándose a nuestra imaginada masacre, con la huevera llena y hacía un gesto a los hijos para que alargaran la mano y sacaran unas gomas del cajón de un mueble que tenían detrás. Los obtusos obedecían lentamente sin dejar de mirarnos y luego ella las colocaba alrededor de la huevera haciendo la onomatopeya de goma: un chasquido con la lengua al poner la primera goma y otro al colocar la segunda. El marido seguía riéndose, pequeño y esquinado.

Qué ganas de salir de esa casa, de alejarnos de la mirada densa de los obtusos, de llegar a la nuestra y anunciar que ya volvíamos de la misión, que habíamos ido a casa de la señora de los huevos y que todos se riéran con el chiste repetido disolviendo así la tensión, uno de esos chistes a los que el uso, en vez de gastarlo, da fuerza.

(Cuaderno de DM)