Día: 3 mayo, 2016

Pepe

En verano el campillo se llenaba de espigas. Al arrancarlas se transformaban en flechas que se clavaban en la ropa y en el pelo. Por la tarde llegaba Pepe subido en una bicicleta roja, derrapaba levantando polvo y se reía. Hubiera querido que me lanzara a mí todas las espigas, a nadie más.

Pero Pepe más que nada era un guerrero y repartía los espigazos entre todos, sin hacer distinciones, con la única intención de ganar. Casi siempre vencía porque era el más rápido corriendo y agachándose, el de la mejor puntería y los más hábiles saltos.

¿Y a mí qué su victoria? Yo me iba quitando a manotazos las espigas clavadas que pinchaban y picaban a la vez y hacía como que me interesaba el juego, corriendo de un lado a otro, fingiendo esquivar ataques, participando a medias.

Mi atención no estaba puesta en la batalla ni mis fuerzas dedicadas a la lucha en equipo, sólo me importaba uno de los soldados, para colmo enemigo: Pepe el de la bici roja, el de las rodillas costrosas, el que una noche en el hueco de la mano llevaba una luciérnaga.

(Cuaderno de DM)