Día: 9 mayo, 2016

Las tías fluviales

Teníamos unas tías que vivían en una ciudad con río, un río de verdad, no como el de Madrid, un río caudaloso y vivo. Esas tías venían todos los meses de mayo a pasar unos días a nuestra casa, con gran susto de mi madre, que ya antes de que llegaran se ponía nerviosa y empezaba a decir, “a ver cuándo se van, a ver cuándo se van, son muy buenas pero muy pesadas y no saben irse”.

Una de ellas era muy ancha y pechugona con unas piernas muy finas que le salían de los costados. Se llamaba Leonor pero mis padres le llamaban el Armario cuatro cuerpos y luego, para abreviar, la Cuatro. A la otra, Mercedes, le pusieron de apodo la Sota de bastos porque era alta, tiesa y de gesto serio.

La Cuatro y la Sota nos traían de regalo unos caramelos llamados adoquines y una caja de galletas surtidas pero a cambio teníamos que dejar que nos llenaran las mejillas de manchas de carmín y que nos asfixiaran con abrazos muy largos y apretados como si fuéramos niños objeto.

La mayor parte del día se lo pasaban sentadas en el sofá haciendo lo que ellas llamaban “sus cosas”, que no era nada visible, y hablándonos del río como si fuera un hijo ya crecido al que hubieran dejado solo y del que no se fiaban lo más mínimo. Esperemos que no haga nada, decía la Sota. Esperemos que se comporte, le contestaba con cara de disgusto anticipado la Cuatro.

Y a continuación pasaban a relatarnos sucesos relacionados con el río que siempre acababan en alguna muerte truculenta, pues según ellas era un río furioso al que había que temer. En esos sucesos casi siempre aparecía una de las dos como protagonista estelar desafiando y venciendo con misteriosos poderes al río mítico y evitando así muchas más muertes y desgracias.

Era un poco extraño que la Cuatro y la Sota, con sus sombras azules sobre los párpados, su olor a perfume mareante y sus labios pintados de lo que ellas llamaban “coralino” fuesen la especie de heroínas fluviales que aseguraban ser pero tal vez tenían poderes ocultos y se transformaban cerca de su río en intrépidas supermujeres.

Para confirmar si lo que nos contaban era cierto le preguntábamos a mi madre pero ella sólo repetía, “son buenas pero muy pesadas, no saben irse, no saben irse”, frase que no respondía en absoluto a lo que queríamos saber sobre las misteriosas tías que hacían cosas invisibles, tal vez almacenar fuerzas para enfrentarse al río, sentadas en el sofá.

(Cuaderno de DM)