Día: 12 mayo, 2016

Mila

Una de las dos abuelas, la flaca, Mila, era muy joven. Era tan joven que perfectamente habría podido ser nuestra madre. No le gustaba ser abuela ni que le llamáramos abuela, teníamos que decir Mila. Si nos llevaba a algún sitio y alguien nos preguntaba, estaba completamente prohibido, bajo terribles amenazas, revelar nuestro parentesco. Si detectaba que se nos iba a escapar o incluso antes de detectarlo, como preventivo, nos daba unos pisotones que nos clavaba al suelo y mientras nos retorcíamos, ella sonreía coquetamente sin levantar el tacón silenciador.

Un día nos llevó a una de mis hermanas y a mí al Corte Inglés, lugar que le apasionaba. Mientras ella mareaba a los dependendientes pidiendo que le sacaran cosas que luego no compraba, esa era otra de sus aficiones, nosotras levantábamos la falda a las maniquís para ver si alguna llevaba bragas. Con ese entretenimiento nos fuimos alejando de Mila hasta que nos perdimos.

Mi hermana se puso muy contenta porque uno de sus deseos era quedarse toda una noche encerrada allí y campar a sus anchas por los distintos departamentos, pero a mí me entró miedo de no poder regresar a casa nunca más y me eché a llorar. Nos llevaron a un mostrador y cada cierto tiempo decían nuestros nombres por megafonía, anunciando que nos habíamos perdido. Entre la emoción de oír mi nombre por un micrófono y los caramelos que nos regalaron se me pasó bastante la angustia, aunque de vez en cuando lloraba un poco, para recordar que estaba viviendo una tragedia y no desaprovecharla del todo con placeres menores.

Al rato vimos llegar a Mila, muy sofocada, por las escaleras mecánicas. Por primera vez en su vida admitió públicamente que era la abuela, pero, al verla tan joven, no la terminaban de creer. Nos preguntaron a nosotras que, siguiendo sus mil veces repetidas indicaciones, dijimos que no, que nuestra abuela estaba gorda, se llamaba Martina y era vieja. Y era verdad, esa era la otra.

Inexplicablemente, nos dió otro de sus tremendos pisotones clavándonos con furia el tacón con poderes, hasta hacernos confesar.

(Cuaderno de DM)