Mila

Una de las dos abuelas, la flaca, Mila, era muy joven. Era tan joven que perfectamente habría podido ser nuestra madre. No le gustaba ser abuela ni que le llamáramos abuela, teníamos que decir Mila. Si nos llevaba a algún sitio y alguien nos preguntaba, estaba completamente prohibido, bajo terribles amenazas, revelar nuestro parentesco. Si detectaba que se nos iba a escapar o incluso antes de detectarlo, como preventivo, nos daba unos pisotones que nos clavaba al suelo y mientras nos retorcíamos, ella sonreía coquetamente sin levantar el tacón silenciador.

Un día nos llevó a una de mis hermanas y a mí al Corte Inglés, lugar que le apasionaba. Mientras ella mareaba a los dependendientes pidiendo que le sacaran cosas que luego no compraba, esa era otra de sus aficiones, nosotras levantábamos la falda a las maniquís para ver si alguna llevaba bragas. Con ese entretenimiento nos fuimos alejando de Mila hasta que nos perdimos.

Mi hermana se puso muy contenta porque uno de sus deseos era quedarse toda una noche encerrada allí y campar a sus anchas por los distintos departamentos, pero a mí me entró miedo de no poder regresar a casa nunca más y me eché a llorar. Nos llevaron a un mostrador y cada cierto tiempo decían nuestros nombres por megafonía, anunciando que nos habíamos perdido. Entre la emoción de oír mi nombre por un micrófono y los caramelos que nos regalaron se me pasó bastante la angustia, aunque de vez en cuando lloraba un poco, para recordar que estaba viviendo una tragedia y no desaprovecharla del todo con placeres menores.

Al rato vimos llegar a Mila, muy sofocada, por las escaleras mecánicas. Por primera vez en su vida admitió públicamente que era la abuela, pero, al verla tan joven, no la terminaban de creer. Nos preguntaron a nosotras que, siguiendo sus mil veces repetidas indicaciones, dijimos que no, que nuestra abuela estaba gorda, se llamaba Martina y era vieja. Y era verdad, esa era la otra.

Inexplicablemente, nos dió otro de sus tremendos pisotones clavándonos con furia el tacón con poderes, hasta hacernos confesar.

(Cuaderno de DM)

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60 comentarios en “Mila

  1. Bonito relato, se ve que cuando se juntaban las hermanas se armaba y como se armaba. Cosas de crios, ahora si nos haces eso a nosotros nuestros hijos….
    Un saludo

  2. Muy bueno y muy gracioso, para variar me has hecho reír. ¿Qué edad tendría Mila? ¿Puedes precisar? Realmente hay mujeres que se convierten en abuelas muy pronto, a edades algo alucinantes, como también mujeres que paren super jóvenes. A mí es que no me van estas etiquetas convencionales o sociales. Por ejemplo, a título personal, cuando estuve casado un tiempo, odiaba llamarla a ella mi mujer o esposa, hasta me parecía ridículo. La cosa acabó en divorcio, es obvio. Era como desnaturalizar nuestra relación. Ya bastante desnaturalizada quedó teniendo que firmar unos putos papeles. Muchos críos hemos tenido el sueño de quedarnos de noche en unos grandes almacenes, todo para nosotros. Yo jamás he ido levantando las faldas de los maniquíes para ver si llevaban bragas, habrase visto semejante depravación. Aunque siempre he sido un salido del copón, jamás. Si alguna maniquí me enseñaba el chochito era generosamente, porque se me presentaba como el fabricante la trajo al mundo. Me miraba y me sonreía, diciéndome mentalmente lo guapo que era y que estaba loca por mí, que la poseyera allí mismo. Y claro, no es plan, pese a haber visto a maniquíes que eran despampanantes. Siempre chochitos rasurados, siento sonar vulgar pero me gusta ser fiel a los detalles.

  3. No te digo la edad de Mila porque puede levantarse de su tumba y pegarme un pisotón. Siento decepcionarte, pero las maniquís no llevaban bragas porque ahí no había nada que “embragar”, eran seres asexuados. Bueno, sincero sí que eres.

    1. Me sigues contestando en la dimensión desconocida, debe ser para putearme, y después de insufribles horas de espera debo volver al post a ver si has respirado. ¿Levantarse de su tumba? Pero si Mila era muy joven…¿ya está muerta? No me cuadra. ¿Los maniquíes seres asexuados, nada que embragar? Pues a mí me pareció que había algo semejante a…ya sabes, por lo menos cierto signo vertical de exclamación, juraría. Claro que ya te digo, menudo salido -medio en coña-. Que te gusten hasta los maniquíes demuestra que adoro al sexo femenino, deberías darme dos besitos y decirme que soy muy mono y buena persona. No pude evitar pensar en Milla Jokovich, yo a la Milà me la paso por el forro, a la ucraniana no, tremendo bellezón.

      1. Es que hubo una Eva que me dio un me gusta y pensé que habías sido tu. Bueno, quedas avisada para cuando lo tengas 🙂

  4. Tus relatos ” infantiles”, a mi me parece, son los que mejor te salen. Al leerlos siempre tengo la tentanción escribir algo de la infancia mia. Todos tenemos las historias nuestras. Muy bonito.

    1. Me alegro de que te gusten. Pensaba que me estaba poniendo un poco pesada con la infancia, pero cuanto más escribo de esa época de más cosas me acuerdo y me dan ganas de escribirlas. Total, que tenéis infancia para rato. Anímate a escribir las tuyas, me encantará leerte.

  5. Y con la tontería esa tarde se llevaron dos hematomas en los pies… Si es que no te puedes despistar de los niños ni un segundo… Me he reído con la historia, eres genial. Besitos

      1. Cuánta razón tienes. Escribí una entrada sobre eso el verano pasado si no recuerdo mal. Tiene que ser duro vivirlo… Besitos

  6. Un relato exquisito, Eva. Conozco a muchas Milas y ese relato es tan cierto como lo es esa inexplicable defensa de los cuarenta, es decir, nadie quiere tener más de cuarenta, cosa que por otra parte no hace más que confirmar mi creencia de que esa, los cuarenta, es la mejor edad de la vida aunque eso sí, ahora a mis casi sesenta y siete, prefiero decirles a mis nietos que no me llamen abuelo, que me llamen avi.
    Un abrazo, Eva y feliz fin de semana.

      1. 😀 😀 Coquetería, que eso de envejecer se lleva mal en general, pero si eres coqueto, peor 😉 Entre maldecir a Newton e intentar disimular los códigos de barras, a muchos se les pasa la edad madura 😀 😀

  7. Me encantan estos recuerdos de DM cuando era una niña. Me gustan por lo que cuenta y como lo cuenta, porque me hace creer que los niños siempre fueron, son y serán niños, con los mismos sueños e idénticos miedos aunque sus contextos temporales sean muy diferentes.
    Cuando nos habla de cosas cualquiera, DM suele ser pura ternura, sin embargo, cuando nos habla sobre su infancia, la ternura es lo que nos cuenta.
    Un beso.

    1. Lo exterior cambia, pero creo que los sentimientos básicos de los niños y de los mayores también, siguen siendo los mismos o se mantienen con muy pocas diferencias.
      Muchos besos, Eme.

  8. Magnifico, inspirador! tremendo.Yo soy de perderme y me angustia mucho…aun
    Para mi la de los 40 es la decada infame, De los 40 a los 50 trabajas como una bueya, se enferman los padres, crecen los hijos, salen las canas…y otras calamidades que mejor callo
    , Pobre Mila que debia andar por los 54! aunque debia confesar 45!

  9. Lo de perderse es muy propio de críos. Una vez me perdí en un pueblo que se llama Villena, al que había ido con mi padre, y estuve muy asustado, tan asustado que tuve valor para acercarme a un guardia de la porra y contárselo. El guardia me salvó. Y sólo lloré cuando apareció mi padre, bastante cabreado, para inducirle a la compasión y que no me diera un soplamocos.
    Otra vez me perdí aposta ( o apostamente) en la playa de Zaraut y me dediqué, escondido bajo una barca puesta boca abajo, a observar como mis padres y mis hermanas me buscaban con desesperación y a gritos. ¡Qué pulmones tenía mi madre!
    Para salir del paso, hice que me encontrara una turista francesa muy guapa. Lloré y ella me estrechó contra sus mullidos senos y tras una búsqueda, que a mi se me hizo corta, tuve que desprenderme de sus brazos, esta vez llorando a moco tendido, para ser recibido en el seno más familiar de mi madre. No coló y mi madre me dio unos azotazos y me dijo: “Ya sabes tú por qué”. No sé a qué se referiría. Las madres lo ven todo.

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