Día: 15 mayo, 2016

El primo Cándido

Al primo Cándido le pusieron ese nombre sin saber que se plegaría a él y viviría siempre siendo lo que el nombre le había dicho que fuera. Era mucho mayor que nosotros, para mí un viejo caduco de veinte años o más, pero seguía yendo al colegio y pegando cromos de fútbol en un álbum.

Cuando estaba en casa se arrimaba a la ventana y retransmitía la realidad con todo el detalle y la minuciosidad de la que era capaz, que era bastante. Decía: viene el señor del perro negro, lleva una bolsa, los tres niños rubios corren, se encienden las farolas, llueve, llueve, llueve, se mueve una hoja, se mueve otra hoja, están haciendo una obra, pum, pum, pum, con las herramientas. Pájaros, nubes, el camión del pan, sacan el pan. Y así iba narrando,más bien para nadie, lo cotidiano de la vida.

Como vivíamos en la casa de enfrente, una tarde a la semana nos obligaban a ir a visitarlo. Cuando estábamos cruzando la calle sabíamos que nos estaría mirando por la ventana y anunciando nuestra llegada, lo cual era un poco inquietante. Supongo que para compensarnos por lo pesado y aburrido que era estar con él, su madre nos servía unas meriendas buenísimas y así, de paso, conseguía retirar a Cándido de la ventana y que se callara un rato.

Lo pasaba mal porque no podía comer a nuestra velocidad y cuando iba a coger algo que le gustaba con sus manos lentas, ya había desaparecido del plato. Pero no se enfadaba, sólo decía mirando a la lámpara y levantando los brazos: dame paciencia, dame paciencia, frase que seguramente oía con frecuencia a su madre porque ella se ponía un poco nerviosa y colorada cuando él la pronunciaba. Y así seguía durante bastante tiempo, le costaba mucho salir de una situación y entrar en otra.

Después de merendar, para que no se notara que sólo íbamos a comer, mirábamos un rato con él por la ventana. Una de las veces que estábamos mirando y deseando irnos a la vez, se cayó una señora y aunque todos nos reímos, a él ese incidente le produjo tal emoción y risa que pensamos que se iba a morir. Daba alaridos, hipaba y se daba palmadas en la cabeza, todos ellos síntomas clarísimos de muerte inminente. Se salvó gracias a que uno de mis hermanos le dio un golpe seco en la espalda y detuvo el ataque.

Una tarde, por el camino de vuelta a casa, mi hermana Elena, la mayor de las chicas, dijo que ella no pensaba volver a esa casa porque el primo Cándido, como quién no quiere la cosa, le había tocado el culo. De todas formas, ninguno tuvimos que volver porque Cándido se murió de golpe cuatro días después. No supimos si de risa, porque alguien más se había caído por la calle y no había nadie en ese momento para darle el golpe salvador en la espalda, o de cualquier otra cosa de las que, tonta e inesperadamente, provocan la muerte.

(Cuaderno de DM)